La plata que le falta al pueblo está dentro de los bancos


La pandemia de coronavirus agudizó la crisis humanitaria del capitalismo global y se empezó a poner en discusión la necesidad de reformas estructurales para encontrar una salida. En ese sentido, surge la necesidad de tomar el control sobre el dinero de los que nunca perdieron y siempre ganaron a costas de todos: los bancos.(*)

“El dinero de los bancos no es de los bancos”, solía decir Arturo Jauretche. Con esta frase, el escritor que fue presidente del Banco de la Provincia de Buenos Aires durante el primer peronismo, hacía referencia a que el dinero es del Estado porque es quien lo emite. 

Ante esta evidencia, es necesario preguntarnos si debemos seguir dejando este dinero público en manos de banqueros. Los mismos que primero lo acaparan, luego obtienen de él magníficas ganancias y terminan por prestarlo a quien ellos quieren con intereses que fijan a su antojo. Y en todo este circuito de la plata que emite el Estado, como ya sabemos, los ricos se hacen más ricos y los pobres más pobres.

Vemos hoy que la cuarentena en Argentina está poniendo un freno visible al avance del coronavirus siendo ejemplo en el mundo por privilegiar un enfoque humanista por sobre las necesidades del mercado. Pero esta estrategia elogiada frente a la pandemia comienza a resquebrajarse ante la imposibilidad de pequeñas empresas y emprendimientos para pagar salarios, impuestos y cargas sociales. Una situación que las acerca cada día más a la quiebra y al cierre.

A su vez, el Estado dispone de sumas millonarias para ampliar y fortalecer el sistema de salud y llegar mediante el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE) a los sectores populares más vulnerables. La banca pública acompaña este esfuerzo utilizando hasta sus últimos recursos.

Pero al mismo tiempo, los grandes capitales, que no van a quebrar, empiezan a ponerse nerviosos porque deben pagar también salarios y cargas sociales, a pesar de que esto no les implique un gran riesgo a sus finanzas. Su verdadera preocupación, de seguir la cuarentena y no poder abrir sus empresas, es la posibilidad de un escenario donde podrían ver caer sus ganancias millonarias. 

Ante esta lectura, el grupo empresario multinacional Techint tomó la delantera y marcó la cancha al gobierno con despidos y suspensiones. En consecuencia, el capital concentrado y sus voceros políticos y mediáticos comenzaron a presionar con sus herramientas habituales para influir en el humor social contra algunas expresiones oficialistas y de las  organizaciones populares encaminadas a generar leyes o decretos para gravar esas grandes fortunas.

Falsas y verdaderas dicotomías

Las modalidades asumidas por Donald Trump en EE.UU. y Jair Bolsonaro en Brasil para enfrentar la pandemia, que causan indignación mundial por privilegiar la economía sobre la vida, tienen su réplica en Argentina. Lo vemos cuando economistas, periodistas y opinólogos acceden mágicamente a un micrófono y reclaman a viva voz que el Estado debe hacerse cargo de todo, aunque tenga que endeudarse aún más. Sino, la otra opción que esgrimen es comenzar a reabrir los lugares de trabajo sin explicar entonces para qué hicimos cuarentena tantos días.

Esta dicotomía es falsa. Porque no se trata de abrir los lugares de trabajo, levantar la cuarentena o de lo contrario que el Estado pague todo lo necesario para sostenerla. En ambos casos perdemos los trabajadores y trabajadoras, las pequeñas y medianas empresas (Pymes), las cooperativas y quienes trabajan la tierra en condiciones precarias como la agricultura familiar responsable de gran parte de los alimentos que comemos.

La verdadera dicotomía que no se plantea es: se permiten los despidos, la baja de salarios, la suspensiones fabriles, la reapertura de actividades no esenciales y desde la clase trabajadora asumimos los costos con nuestros salarios y nuestras vidas, que es lo que propone el capital. O, por el contrario, el Estado toma un férreo control del dinero acaparado por los bancos y realiza una redistribución de las fabulosas ganancias bancarias generadas a partir de administrar e intermediar el dinero del Estado argentino.

Con solo reorientar progresivamente esta cuantiosa masa de dinero podríamos sostener el poder adquisitivo de los trabajadores y trabajadoras y a la vez lograríamos mantener el aparato productivo en condiciones óptimas para cuando el pico del virus haya pasado.

Yo trabajo ¿y vos?

¿Cómo puede ser que en medio de una pandemia se cuestione el salario de los y las que trabajamos cuando los banqueros normalmente ganan fortunas por medio de la especulación con letras del tesoro y la fuga de capitales?

Estamos ante una crisis humanitaria de magnitudes todavía inciertas. Pero tenemos la certeza que debemos defender la vida sobre el dinero. Para avanzar en ese sentido, es necesario más que nunca nacionalizar la banca, para que el Estado, o sea todos nosotros, podamos tomar control del dinero que es público y que circunstancialmente está en manos de los bancos.

Sabemos que hay sindicalistas “re turbinas” que desde una vida de ocio, privilegios y negociados propios permiten despidos, suspensiones y rebajas de los salarios de los y las trabajadoras que se supone que representan. Pero, los trabajadores y trabajadoras debemos dar la espalda a estos personeros de las patronales empresarias y reclamar una correcta distribución de las ganancias de los bancos.

La plata para que los salarios no caigan, las pymes no cierren, los trabajadores de la tierra puedan seguir cultivando y paralelamente se pueda continuar la cuarentena, está en los bancos. Solo hay que tomarla y distribuirla correctamente. Poner las ganancias que generaron los banqueros sin trabajar al servicio de la vida humana es lo que indica la lógica de la calle.

Aunque proliferen apocalípticos ensayos de economistas que dan sustento a la arrasadora maquinaria de los banqueros e inculcan en las masas el falso concepto de que el dinero no es un bien común, lo cierto es que la moneda es del Estado, es tuya, mía, de todos y todas.

Los banqueros oportunistas viven a expensas de controlar el “crédito” y si es necesario, a partir de ese control de la moneda, también manejan gobiernos, políticos y sectores industriales. Como sociedad debemos decidir si quienes lo administran mal lo siguen usurpando o tomamos su control.

Como decía Jauretche: “Así, si crear moneda es una función del Estado, que éste debe vigilar cuidadosamente para adecuarlo a las condiciones del mercado, no es explicable que se pretenda que crear crédito, que es crear mucha más moneda, es actividad privada”. 

Entonces, ¿por qué los bancos siguen impidiendo el acceso de las Pymes a préstamos a tasa baja para el pago de salarios, cargas sociales, etc? ¿Deben los bancos privados seguir al margen del Estado imponiendo sus propias reglas? No, el Estado debe dictaminar a dónde va el dinero que emite y las ganancias que se generan. 

Por eso, debemos derogar la Ley de Entidades Financieras que ellos mismos impusieron junto a la Dictadura Cìvico Militar, nacionalizar la banca y el comercio exterior para poder reforzar las defensas ante el Covid-19 y también para que de una vez por todas mejore la vida de nuestro pueblo.

El movimiento obrero, los trabajadores y trabajadoras de la economía popular y el pueblo en su conjunto, tenemos que asumir que nuestras vidas no pueden seguir así. No podemos volver a la normalidad, debemos cambiar el paradigma que nos impusieron. Para avanzar en esto, debemos empezar a entender que el crédito es de los argentinos y argentinas, no es de quienes lo controlan hoy. 

Y, sobretodo, comprender que es fundamentalmente un producto directo del esfuerzo colectivo de quienes trabajamos, no de una maquinita que lo imprime en papel. Si los banqueros y monopolios siguen dictaminando la política crediticia, renovando nuevos caminos para la fuga de divisas, destruirán en pocos días la cuarentena que hemos sabido conquistar.

(*) Artículo escrito por Santiago Etchemendi – Secretario General de la Comisión Gremial Interna del Banco Provincia, Seccional Buenos Aires.

Fuente: Notas de Périodismo Popular