Perspectivas y desafíos de la agricultura nacional


El 8 de septiembre se instituyó en conmemoración de la fundación de la primera colonia agrícola del país. Las tensiones entre rentabilidad y degradación ambiental son la encrucijada a resolver de cara al futuro. Por Alejandro Cuellar.

En sus comienzos, la agricultura argentina fue un proceso subordinado a ensayos de prueba y error. Finalizando el siglo XIX, experimenta un período de expansión y acceso al mercado mundial. En la década del 80, la tecnología y el protagonismo de la soja cambiaron el modelo. Actualmente, uno de los mayores desafíos es lograr el equilibrio entre rentabilidad y cuidado del ambiente y del recurso natural.

En 1994, el gobierno argentino emitió el decreto N° 23.317 estableciendo el 8 de septiembre como el Día de la Agricultura y del Productor Agropecuario. La fecha se decidió en homenaje al día de la fundación de la primera colonia agrícola en Esperanza, provincia de Santa Fe, conformada por 1.162 colonos procedentes de Suiza, en 1856.

Puede decirse que allí se inicia un largo proceso de prueba y error, que los protagonistas enfrentaron sin contar con demasiada información ni datos precisos. Con la experiencia como herramienta fundamental hubo logros pero, también, pérdidas importantes a partir de fundar nuevas colonias en tierras que resultaban poco aptas, que luego fueron abandonadas. No había condiciones para un despegue de la producción agrícola especializada.

En el período 1880-1888, comienza la expansión y el acceso al mercado mundial. Es cuando Argentina deja atrás su modelo pastoril y criollo para convertirse en un país agropecuario y comienza a recibir capitales externos en el marco de un proceso inmigración masiva que aportó mano de obra importante para el sector.  Sin embargo, y pese a la dinámica vertiginosa que imponen los cambios, aún conservaba su impronta tradicionalista. 

“Hasta los años ´70, la característica principal era la experiencia del productor con su arado de rejas, heredada generacionalmente desde Europa. Se aplicaba una tecnología sustentada en la experiencia propia ya que no había conocimientos científicos sobre los procesos”, señala el ingeniero Eduardo Martelotto, especialista en temas de riego, referente del sector por su amplia experiencia en el Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA).

La nueva historia

Es a mediados de los ´70 y a comienzo de los ´80 cuando el impacto de la transformación de la matriz productiva comienza a reflejarse en la aparición de los híbridos de maíz y de soja. La combinación entre la evolución tecnológica de los agroquímicos y la irrupción de la soja, consolidaron el despegue.

“Se instaló un proceso tecnológico muy violento de la mano de la genética, la química y el manejo del suelo con la siembra directa. Los problemas que arrastraba la agricultura convencional como por ejemplo el desmalezamiento con la aplicación del roundup, se atenuaron dramáticamente. Durante toda la década del ‘80, podemos destacar la incidencia del agroquímico, el rol de la pulverizadora y el protagonismo de soja que cambió el modelo”, evalúa Martelotto.

A principios de los años ´90,  el desembarco de la siembra directa puso en el cuadro de los recuerdos a los antiguos sistemas de labranza que habían traído los primeros colonos de Europa. La nueva tecnología adaptada a las sembradoras cautivó a los productores por su performance en el manejo del agua en lotes con escasez y porque simplificó las labores en el campo. 

Dos instituciones muy importantes como el mencionado INTA y AAPRESID (Asociación Argentina de Productores de Siembra Directa) acompañaron a los chacareros con la información y el asesoramiento necesarios para generar confianza en torno al manejo de la nueva herramienta.

“Junto al Ingeniero Mario Bragachini, iniciamos los viajes de capacitación técnica en Estados Unidos para productores argentinos. La experiencia se desarrolló durante 25 años, buscando nuevas destrezas e información. Viajaron muchos industriales que luego diseñaron modelos de maquinaria agrícola de última generación,  conformando un polo industrial muy potente y competitivo”, recuerda Martelotto.

El GPS fue una tecnología que se disputaron los rusos y los norteamericanos en el marco de la guerra fría.  El rastreador establece la posición en coordenadas de latitud y longitud en cualquier lugar de la tierra y en la actualidad se utiliza en los campos para poder identificar un punto en el terreno y volver a ese punto las veces que sea necesario. “Antes, esto no se podía hacer, se realizaban muestreos por hectáreas. Con esta herramienta, las muestras hoy son por metro cuadrado. Así funciona la agricultura de precisión. En materia de riego, se incorporaron los pivotes centrales provocando el incremento geométrico del área sembrada. Recordemos que en su gran mayoría, el territorio cultivable de Argentina, es semiárido”, advierte el especialista.

Por otra parte, la Biotecnología irrumpía en el nuevo escenario, con el aporte de plantas resistentes a las plagas y herbicidas, lo cual benefició el cultivo de la soja en un contexto de precios muy favorable. Es en ese marco que se configura el fenómeno de la “sojización”, que llegó a cubrir hasta el 80% del mapa de siembra nacional.

Riesgos y desafíos

De cara al futuro, la nueva agenda no puede soslayar un proceso de cambio orientado a reparar los daños colaterales de un modo de producir que provocó severos impactos sobre el ambiente. 

“La soja es un cultivo que tiene muy poca materia orgánica, escasa cobertura, desata procesos erosivos y degrada los suelos. El advenimiento de las nuevas tecnologías debió ser acompañado por políticas públicas que garantizaran los equilibrios entre los intereses económicos y ambientales. Los famosos pooles de siembra generaron efectos perniciosos al sistema”, advierte Martelotto.

La importancia de la agricultura en la economía argentina, a través de las unidades de producción primaria, es fundamental para garantizar la seguridad alimentaria con alcance global, aplicando valor agregado. Pero hay una premisa importante en el camino: las nuevas generaciones deben comprender la necesidad de ir hacia unidades de negocios que atenúen la degradación ambiental en beneficio de los ecosistemas y no tan solo a favor de la rentabilidad.

Fuente: Redacción Mayo