La importancia de la editoriales estatales y el acceso público al saber. Una historia latinoamericana


Quimantú, la editorial estatal chilena que vendía libros al precio de un atado de cigarros. Sol del Saber, fue el concepto que quisieron proyectar quienes crearon la editorial, uniendo las palabras del mapudungún: kimün (saber) y antü (sol).

La presencia de esta marca persiste gracias a los casi doce millones de libros que imprimió y distribuyó con mecanismos absolutamente inéditos hasta entonces y a quienes escondieron sus ejemplares de los esbirros de la dictadura, que apenas realizado el Golpe de Estado quemaron y convirtieron en papel picado las obras que aún no salían del taller, apunta la historiadora Viviana Bravo Vargas.

La misma investigadora, en su trabajo Quimantú: Palabras impresas para la Unidad Popular, consigna que “el 12 de febrero de 1971, el ministro de Economía y Comercio, Pedro Vuskovic; el director del Instituto de Economía de la Universidad de Chile, Jorge Arrate, y Sergio Mujica, presidente de la Empresa Zig-Zag, firmaron el acuerdo de compra/venta. Comenzaba su estatización. La Empresa, fue nacionalizada -no expropiada- y pasó a engrosar la llamada Área de Propiedad Social”.

En agosto de 1971 apareció el primer ejemplar y, en adelante, el trabajo fue incesante hasta su interrupción el 11 de septiembre de 1973. Es esta producción la que pretende ser coleccionada y visibilizada por el artista visual Carlos Montes de Oca, el diseñador Pedro Álvarez y la investigadora Karen Angulo Olea, quienes han trabajado en la recuperación del catálogo de Quimantú y la exhibición de las portadas de una multitud de publicaciones.

En el sitio de este proyecto se informa la existencia de tres áreas que conformaron la estructura del modelo editorial de Quimantú: la División Periodística, que se ocupó de las revistas para adultos y jóvenes; la División de Publicaciones Infantiles y Educativas, encargada de la producción de textos para escolares, además de la edición de las “Historietas Q”, manuales de aprendizaje y una línea de publicaciones que se denominó “Documentos Especiales” (para adultos y jóvenes), y la División Editorial, que se fraccionó en un “Departamento Editorial” y un “Departamento de Ediciones Especiales”, que se hizo cargo de las colecciones de libros propiamente tal.

Tales colecciones fueron: Cordillera, Cuncuna, Minilibros, Pintamonos, Quimantú para todos, Camino Abierto, Clásicos del Pensamiento Social, Cuaderno de Educación Popular, Figuras de América y Nosotros los chilenos. De acuerdo a los autores de la iniciativa, «”Quimantú para Todos”, serie integrada por 49 títulos, en su mayor parte de literatura chilena y universal, alcanzó los 2.040.000 de ejemplares entre 1971 y 1973. En el caso de los “Minilibros”, la otra colección de más largo alcance -y los de más bajo precio-, se editó un total de 3.660.000 libros entre 1972 y 1973 llegando a los 55 títulos, principalmente de origen europeo, luego estadounidense, de origen soviético, latinoamericano y chileno”». En general, indican que «dependiendo de la publicación, los tirajes de la editorial se iniciaban con 5.000 ejemplares, para luego oscilar entre 15.000, 25.000, 60.000, 80.000 y, más adelante, sobrepasar la barrera de los cien mil. Incluso, algunas ediciones alcanzaron cifras siderales, caso de los “Cuadernos de Educación Popular”, con tiradas mínimas de 100.000 y máximas de 250.000 ejemplares».

El trabajo editorial fue desarrollado por aproximadamente 1500 personas. Viviana Bravo Vargas informa que, incluso, la empresa creó un tercer turno para responder a la demanda. «La organización de los trabajadores fue orientada según las normas de la CUT, es decir, con sindicato único, asambleas generales y Comités de Producción. A través de ellos, los obreros destacaron con iniciativas para reducir costos, aumentar la producción o paliar la falta de materiales o piezas que no llegaban al país debido al bloqueo norteamericano. Tal fue el caso de piezas usadas para separar colores durante la impresión o para revelar los tirajes dentro de la sección de fotograbado. Según relata el periodista Tito Drago, quién participó en el departamento de publicidad, los Comités organizaron en 1973 una muestra de piezas fabricadas por ellos mismos, para reemplazar piezas rotas o gastadas en las máquinas de composición, fotografía, impresión y encuadernación», explica.

Para interpretar el problema de la distribución y venta de libros, la historiadora contextualiza que «a principio de 1970 existían en Chile alrededor de 108 librerías, el 75% de ellas ubicadas en Santiago y concentradas en los barrios acomodados, principalmente Providencia, Las Condes, ‘uñoa y La Reina. Otro problema objetivo eran los horarios, estaban cerradas cuando los ciudadanos de a pie salían del trabajo». En este escenario, en que además el público orientaba su interés por revistas, Quimantú decidió disponer de “una flotilla de camiones” con los cuales se concurría hasta distintas poblaciones para ofrecer las ediciones en los muestrarios de cada uno, también se acondicionaron buses con libros que recorrieron playas durante los meses veraniegos y se le solicitó a la Fuerza Área distribuir libros en zonas apartadas de la capital. Por otra parte, el precio de cada libro del catálogo editorial fue absolutamente accesible. Un ejemplar podía costar doce escudos, que era el valor de un paquete de cigarros Hilton, los más corrientes de la época, indica la investigadora, luego de citar lo expresado en el número 29 de revista Ahora, en noviembre 1971, respecto a la colección Nosotros los chilenos:

«Así como Juan Pérez acostumbra comprar todos los días su medio kilo de pan, la leche, la carne y los huevos, hoy día podrá incorporar a su pedido de rutina un libro. Un pedazo de cultura que descubrió en el quiosco de la esquina de su casa, por el valor de 12 escudos. Y lo mejor de todo, es que Juan Pérez -el mismo- es el protagonista de ese libro dedicado hoy a los organilleros, mañana quizás a los lustrabotas, camaroneros, garzones o ministros de Estado.»

Cabe señalar que la revista Ahora, junto con Estadio, Confidencias, Hechos Mundiales, La Quinta Rueda, Mayoría, Paloma, Telecran, Vivir Mejor y Vía Chilena eran publicaciones de Quimantú.

Viviana Bravo Vargas recoge el testimonio de Alfonso Calderón, uno de directivos del proyecto editorial quien habría aseverado:

«Doy fe: la antología de Gabriela Mistral, Todas íbamos a ser reinas, vendió más que todas las ediciones de todos los libros juntos de la Mistral, que aparecieron entre 1922 y 1971. Le oí al novelista Alberto Romero decir que la edición nuestra de La viuda del Conventillo, su más conocida novela, de la que se publicaron dos ediciones de 50 mil ejemplares cada una, le produjo ingresos por derechos de autor mucho más elevados que el total percibido por los trece libros que publicó».

«En buenas cuentas Quimantú llegó a producir en un mes lo que Zig-Zag en un año; y en doce meses, lo que producían todas las editoriales del país (privadas o semiestata­les) en casi 4 años. Todo esto, en un contexto en el cual existían problemas de escasez de papel (a veces -se sospechaba- generados intencionalmente por parte de empresas proveedoras del sector privado)», afirma el historiador Bernardo Subercaseaux en su trabajo Historia de las ideas y de la cultura en Chile.

Por su parte, Viviana Bravo Vargas consigna que en Dictadura, «Quimantú fue rebautizada como “Editora Nacional Gabriela Mistral”, bajo la dirección del General Diego Barros Ortíz. A pesar de contar con las mismas instalaciones nunca pudo recuperarse. En 1976 fue subastada y quedó en manos privadas. Siete años después se declararon en quiebra y sus máquinas fueron rematadas a muy bajos precios».

La destrucción de esta fuente de enriquecimiento cultural para un creciente segmento de la población fue perpetrada paralelamente a la imposición del terrorismo de Estado. En este sentido, la historiadora puntualiza que «el dirigente sindical Arturo San Martín fue asesinado el 12 de septiembre de 1973; el director de la revista Hechos Mundiales, Guillermo Gálvez Rivadeneira, el corrector de pruebas Eduardo Moisés Mujica Maturana, y la periodista de la revista Onda recién egresada de la Universidad Católica, y militante del MIR, Diana Arón Svigiliski, se encuentran en la lista de detenidos desaparecidos. Joaquín Gutiérrez regresó a Costa Rica, al igual que muchos que tuvieron que abandonar el país. La mayoría de los novísimos debieron buscar refugio en el extranjero. Nunca una generación literaria se había desterrado tan masivamente…»

Fuente: El Extremo Sur