El vaciamiento de poder en los organismos públicos


Columna sobre Salud, poder, subjetividad y política. Diez principios para la conducción institucional. Voy a arrancar con una anécdota personal con el mero objetivo de “calentar motores”, de poner de relieve que ese momento inaugural del proceso que llamamos “Gestión”, tiende a ser fundante; a establecer una modelo de funcionalidad inaugural, que luego tiende a perpetuarse -al menos imaginariamente-, si bien no diríamos que será inmodificable. Pero su tendencia, por lo común es a configurar el campo de interacciones, a organizar las relaciones sociales y a encaminar el modo de conducción. Por Yago Di Nella

Va la anécdota. No tiene finalidad ejemplificadora, ni pretende transmitir un “deber hacer”. Es un muestrario, nada más, que aspira a que cada lector o lectora se haga ideas y escenarios propios en su mente, donde hubiera participado de nuevas gestiones en organismos de los que era o aún es parte.

Cuando fue designado como Director Nacional de Salud Mental y Adicciones, no lo sabía casi nadie. Un puñado de personas que cabrían en un ascensor. Fui a buscar mi Decreto Nacional de nombramiento a la Casa Rosada y me fui derecho a mi casa.

Lo leí sentado en un banco de la plaza de mayo, mirando hacia el cabildo, y pisando sobre un pañuelo blanco de las madres pintado, bajo mis pies.

El día estaba hecho. Eran las 9,30 horas del 5 de abril de 2010. Estuve todo el día con mis hijos. No recuerdo más de ese día. Lo decidí así la noche anterior. Recién al día siguiente saldría en el Boletín Oficial. Sabía dos cosas: 1) en adelante esos momentos familiares serían mínimos. 2) Debía pensar muy bien cómo presentarme ante un personal habituado a no ir a laburar, no laburar o no tener tarea, queriendo hacerlo. Llevaban meses así en una oficina degradada y hasta superflua, intrascendente. Y no había Dirección Nacional desde 1988.

Al amanecer del día siguiente busqué la ley laboral para citar el art. que establece “licencia por cargo de mayor jerarquía”, a ser presentada en mi cargo de planta transitoria (eterna) en la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación. Estaban muy enojados en la Dirección a la cual pertenecía con mi nombramiento y, sobre todo, con que no les hubiera pedido permiso para aceptarlo. Les retruqué que mi silencio al respecto era orden de Presidencia. En realidad, era una instrucción de Aníbal, y quién se atrevería a desoírle. Aún así, al tiempo me citó el subsecretario Luis Alem, un tipo recto, serio, prolijo y me dijo que no podía concederme eso, porque bla-bla-bla. Respeté su explicación, y no la contradije, pero sabía no provenía de ese razonamiento la negativa. Recuerdo que me dio buenos consejos y augurios, a pesar de no dejarme regresar nunca más. Tenía razón y se lo agradezco, visto desde el presente. Por otro lado sabía que aquello que iba a iniciar me dejaría en un lugar de no retorno, era como un soldado japonés de posguerra, digamos. Iba para “sacar” la Ley de SM, si lo lograba, no volvía ni a palos, y si perdía y no lo lograba, menos me iban a dar lugar. Era un salto al vacío y así lo decidimos familiarmente. Siempre valoré ese detalle de mi compañera de ruta por entonces: la de bancarme en mis patriadas.

Vuelvo al 6 de abril del 2010. Luego de entregar la nota, vía mail al mencionado, recordé como si pasara una estrella fugaz una anécdota con un amigo que es más bien un hermano de muchas batallas (casi todas perdidas), cuya defensa de mi persona me dejó en una paradojal encrucijada. Resulta ser que Darío se quedó un tiempo más que yo en Viedma, de la cual partí rumbo a Baires estudiar un posgrado en febrero de 2005. Eran épocas que estudiar significaba eso, ir hacia el lugar de su presencial dictado. Un día no sé cómo se entera que un tipo andaba diciendo que yo me había llevado dinero de una sociedad civil sin fines de lucro. No me llamó, ni me consultó. Fue y le dijo con escasa compostura algo que es motivo de estas líneas:

Yago será arrogante, engreído, obtuso; será narcisista, utópico, principista, soberbio; te acepto que digas de su persona lo que quieras, pero no roba, no engaña, ni traiciona. Así que retirás eso que decís sobre mi amigo, que no está acá en Viedma, ni puede defenderse, porque no sabe por poco ni que existís, o te recago a trompadas, aunque sea lo último que haga”.

Dicho lo cual mi amigo infló el pecho maradonianamente, y se retiró.

Muy pasado ese momento, años, me lo contó en tono jocoso. Al confesarlo, como quien cuenta algo bochornoso sobre su actuar, le pedí por favor que no me defienda más y que deje que digan lo que quieran, porque a pesar de su esfuerzo, no me estaba ayudando. Reímos mucho por horas.

Más allá del chiste en “dejá, no me defiendas, porque me enterrás”, me quedó algo circulando en esa anécdota. Algo inmanente. Insondable. Y eso fue lo que se precipitó el 6 de abril del 2010. Ese amanecer recordé a Darío, defendiendo un punto, uno solito, a costa de entregar todo lo demás. Me destrozó, para preservar un sólo rasgo que, para él, era el más esencial.

Llegué entonces al Ministerio de Salud, 8 en punto. Había tres personas de una planilla de 20, aproximadamente. Uno que era mi informante sobre el suceder institucional desde meses antes y sabía de mi horario de llegada: estaba firme, pero tenía a las demás sorprendidas con su presencia matutina y hasta tempranera. Y dos mujeres de rango administrativo. Una señora cursando el final de su carrera y una piba, estudiante de psicología, que necesitaba la tarde para cursar y/o estudiar.

Me pasaron la planilla de la planta de personal, como quien ofrece una prueba en un juicio. Con mi informante nos metimos en la oficina y comenzamos a despuntar el asunto. Uno por uno, me transmitió con mucho estilo, sin deschabarlos, pero sin venderme gato por liebre, el saber de cada quien y las aptitudes que les veía, si las podía exaltar.

A la piba le ofrecí llevar mi agenda y la mandé a comprar una a la librería más cercana. Se le incendiaron los ojos cuando se lo ofrecí. Marielis supo ser una excelente protectora de mi rol en esa función, a la cual la despedí de la misma cuando se recibió, porque quería que trabaje de psicóloga, y lo hizo también muy bien. Sólo necesitaba que confiaran en ella.

A la veterana, le pedí que registrara los ingresos de personal con una planilla que hice en el momento y para dejar asentado hora de llegada. “¿Nada más?” me preguntó, como quien espera le pase la guillotina. “Sólo eso por ahora, doña”. Y entonces insistió: “¿Hora de salida no?”. La miré con cara de vayamos despacio y bajando mis palmas sobre el escritorio: “Desde la semana que viene”, repliqué. Nunca más necesité pedirle nada. Estaba esperando por ese momento desde años, me supo decir meses después.

Desde ese día mis dos secretarias, personas de la planta del Ministerio, se convirtieron en mis perros de presa. No entraba nadie, ni dejaba de enterarme de nada. Y se fueron sumando otras personas de la oficina, de a poco. Pero faltaba algo. Me lo había enseñado ese viejo vizcacha de mis andanzas previas. El tipo me hizo leer en mis tiempos mozos el Arte de la Guerra. El disciplinamiento no se hace sobre el todo, ni cometiendo injusticias. Se produce en el ajusticiamiento de la manzana podrida, dice Tun Tsu.

Esa intervención es suficiente y, finalmente, opera sobre el todo.

Al viejo lo vi proceder así decenas de veces, pero luego de dar innumerables oportunidades de corrección o de enmienda, tanto que me exasperaba. Martín se quedó pelado, más ansioso que yo, esperando sus decisiones. El viejo ejercitaba una paciencia inconmensurable, pues dejaba que se repitieran los errores, y los marcaba, y los marcaba, y los marcaba. Cuando procedía, era acompañado como por un grito de tribuna: por fin!!!. No pagaba costo alguno. Y generaba mucha adhesión de la buena, la que hace pensar que es posible soñar. Acá está la clave del teorema de Tun Tsu. Ese viejo pillo me lo había enseñado, sin decírmelo. Sólo me dejó estar a su lado y me hizo leer el librito oriental.

Resulta ser que había un psiquiatra que iba a eso de las 7 a 7,15 y firmaba, para luego irse al laburo siguiente y así. Pedí información y recibí un dato (in)usual: por las mañanas trabajaba en tres lugares simultáneamente. La veterana, lo dejaba hacerlo, pero lo registraba. No se lo había pedido, pero entendía todo entre líneas. A las dos semanas, me le aparezco a las 7 y se encuentra con que esa planilla de firma del ingreso, estaba en mi oficina. Debía ingresar y verme si o si, o no firmar. Lo dejé a su elección. Luego de dudarlo unos diez minutos, se mandó.

Les ahorro la charla porque da mucha vergüenza ajena siquiera exponerla. El sustrato de su argumento era: “los psiquiatras no cumplimos horarios, porque somos especialistas, eso lo deben hacer las demás profesiones berretas”. El tipo se fue, renunció al día siguiente. Otra persona también lo acompañó, aunque era psicóloga, en el acto de conocer su derrotero. No había lugar para “gnoquismos”, decía la veterana. Se los enrostraba. Debían elegir. Y dejaba que se le escape una media sonrisa, como si estuviera hemipléjica. Pero no, era tanguera nomás.

No necesité nunca decir más nada.

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Para citar el trabajo: Di Nella, Y. (2021). El vaciamiento de poder en los organismos públicos. Diez principios para la conducción institucional; en Apostillas sobre Control Social y Derechos Humanos (ISSN 2718-6229) del 10/06/2021. Enlace: https://www.adalqui.org.ar/blog/2021/06/10/el-vaciamiento-de-poder-en-los-organismos-publicos/ (Recuperado el dd/mm/aa).

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