Las olvidadas de la Revolución de Mayo

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La Semana de Mayo rebalsa de nombres de varones: los que repartieron las escarapelas, los que gestaron la Independencia, los que fueron parte de la Primera Junta. ¿Y las mujeres? ¿Sólo maternaban, prestaban sus casas y convidaban masitas? La otra historia comprueba que no.

Si vamos a cambiarlo todo, también es necesario hacer revisionismo histórico y apuntar adónde las mujeres fueron invisibilizadas o ninguneadas. Una buena oportunidad es el aniversario de la Revolución de Mayo, allí donde empezó a gestarse la independencia argentina.

Si bien hace algunos años esa lectura se viene haciendo, de manos y ojos de historiadoras e historiadores, todavía las mujeres no terminan de ser reconocidas en la historia de nuestra independencia. Algunas incluso son nombradas como meras facilitadoras de espacios y servidoras de masitas para las reuniones cumbre en las que los varones blancos y cis planeaban la revolución. O como madres y esposas.

Recordamos sólo algunas de las protagonistas de nuestra historia de revolución e independencia.

Mariquita Sánchez de Thompson

Durante demasiados años (más de 200), la figura de esta mujer nacida el 1 de noviembre de 1786 fue reducida a quien prestaba su mansión de mujer acomodada para que políticos e intelectuales varones discutieran los temas candentes del siglo XIX.

Una versión no confirmada dice que fue en una de esas tertulias donde se cantó por primera vez el Himno Nacional Argentino.

Lo que sí está confirmado es que en esas tertulias hombres como Juan Martín de Pueyrredón, Nicolás Rodríguez Peña, Bernardo de Monteagudo y Carlos María de Alvear, entre muchos otros, tejieron alianzas políticas en la formación de asociaciones públicas, como la Sociedad Patriótica, o secretas, como la Logia. Y Mariquita era parte de eso.

Pero la personalidad de Mariquita se había destacado mucho antes, cuando a los 14 años protagonizó uno de los juicios más famosos de la época. Mariquita estaba enamorada de un hombre 10 años mayor que ella y sus padres no aprobaban el matrimonio porque tenían reservado para ella a un comerciante rico. Mariquita pasó unos años encerrada en un convento y hasta le escribió una carta al Virrey Sobremonte para contarle su caso. El virrey autorizó el casamiento.

Partidaria de la independencia, se convirtió en una referenta de las mujeres de la elite rioplatense.

Por sus obvios privilegios -de los que nunca renegó-, tuvo acceso a una educación sin necesidad de ser monja, como sucedía con las mujeres en aquellas épocas.

En tiempos de Juan Manuel de Rosas, fue mentora de los representantes de la llamada Generación del 37 (Echeverría, Alberdi, los hermanos Juan María y Juan Antonio Gutiérrez, entre otros). Falleció a los 81 años, el 23 de octubre de 1868.

Juana Azurduy

Si bien la “flor del Alto Perú” tiene un reconocimiento en las páginas de la historia y hasta el historiador Félix Luna le dedicó una canción con música de Ariel Ramírez, tampoco podemos decir que se habla de ella como de otros próceres varones.

Nació el 12 de julio de 1780 en Toroca, una población ubicada en el norte de Potosí perteneciente al Virreinato del Río de la Plata (actualmente territorio de Bolivia).

En 1809, luego de que estallara la revolución independentista de Chuquisaca, un 25 de mayo, Juana y su esposo se unieron a los ejércitos populares y ayudaron a destituir al gobernador y a formar una junta de gobierno que duraría hasta 1810, cuando las tropas realistas vencieron a los revolucionarios.

A través de una organización conocida como “Los Leales”, combatieron contra el imperio español, pero Juana fue la que más se destacó por su valentía y su capacidad de mando. Fue nombrada teniente coronel en 1816.

Luego se unió a la guerrilla de Martín Miguel de Güemes, en el norte del Alto Perú.

En 1825, Simón Bolívar la ascendió a coronel y le otorgó una pensión que recibió durante cinco años.

Juana murió en la miseria a los 81 años en Jujuy el 25 de mayo de 1862. Fue enterrada en una fosa común.

Cien años más tarde, sus restos fueron exhumados y trasladados a un mausoleo construido en en la ciudad de Sucre, Bolivia. En 2009 fue ascendida a Generala del Ejército argentino y mariscal de la república boliviana.

María Remedios del Valle

Mujer afrodescendiente, nació en 1766 en la capital del Virreinato del Río de la Plata, luchó en las invasiones inglesas y tras la Revolución de Mayo partió junto con su marido e hijos a la expedición destinada al Alto Perú al mando de Ortiz de Ocampo. Combatió en el Ejército del Norte comandado por Manuel Belgrano.

Participó en los principales combates y en las batallas de Tucumán, Salta y Ayohúma, entre otras.

Su marido e hijos no sobrevivieron a las guerras. Ella continuó atendiendo a los heridos y arriesgando la vida. Fue nombrada capitana por Belgrano.

Terminada la guerra, en las calles de Buenos Aires, el general Juan José Viamonte la reconoció: estaba pidiendo limosna, harapienta.

Desde su banca en la Legislatura pidió que se hiciera justicia y se le otorgara la pensión por los servicios prestados, lo cual recién se produjo tras siete años de insistencia, en 1828.

Falleció en 1847. Fue declarada de manera póstuma como “Madre de la patria”.

Melchora Sarratea

Al igual que otras mujeres de la alta sociedad porteña como Ana Riglos, Casilda Igarzabal y Mariquita Sánchez de Thompson, organizaba tertulias y reuniones políticas en su casa, en las que participaba sin ser una simple anfitriona.

Esas reuniones imitaban los “salonnière” de las francesas que abrían sus espacios a intelectuales y políticos en el siglo XVIII.

Es también una de las mujeres que continuó participando en la vida política a pesar de la oposición masculina.

Macacha Güemes

María Magdalena Dámasa “Macacha” Güemes (Salta 1787-1866), hermana del caudillo Martín Güemes, provenía de una acomodada familia de la élite de esa provincia.

Desde 1810 lxs hermanxs apoyaron a la revolución organizando milicias de apoyo a los ejércitos del Alto Perú.

En su participación en la gesta llevaron adelante la estrategia de “guerra de guerrillas”, conocidos como “los infernales” del caudillo, asesinado años después. Machaca fue la mano derecha de su hermano y como parte de la gesta independentista en el norte cumplió tareas militares, organizativas, auxilió heridos en el campo de batalla y llevó misiones de espionaje junto a otras mujeres contra los realistas.

Participó activamente en la vida política de Salta y apoyó la oposición a la hegemonía del puerto de Buenos Aires. A su hermano lo apodaban el Padre de los Pobres y a ella “Madre del Pobrerío”.

Ana Riglos

Nació en 1788. Perteneció a una destacada familia de la sociedad rioplatense. El 22 de diciembre de 1809 se casó con su primo el general Miguel de Irigoyen Quintana, quien durante la crisis política de 1820 fue gobernador de la provincia de Buenos Aires e intendente de Policía por unos días.

Fue una de las damas patricias más comprometidas con la causa revolucionaria de mayo de 1810, apoyó la expedición emancipadora al Alto Perú donando parte de sus joyas y fortuna personal para comprar uniformes, alimentos y armas.

Su casa también fue un prestigioso centro de reunión social, animada por veladas y tertulias que concentraban a las mejores familias de la época. En 1817 esas tertulias fueron el epicentro de los primeros ensayos de la Sociedad del Buen Gusto que congregaba a artistas, músicos y poetas que también se proponían proyectar reformas sociales y culturales al servicio de la naciente revolución de emancipación nacional.

Fuente: Cosecha Roja