Las manos invisibles en la cosecha de fruta


Las jornadas son largas en el campo, requieren un enorme esfuerzo físico, estar a la intemperie y percibir una remuneración a destajo. Lo que viene después es un prolongado período de desocupación. La remuneración del trabajo es estacional, pero la necesidad de vivir continúa. Por Angélica Jordán

En las economías regionales, a los hombres y mujeres que son empleados temporalmente para distintas tareas de las actividades frutícolas (frutas cítricas, manzanas, peras, arándanos), generalmente se los conoce como “trabajadores de la fruta”. En este contexto de pandemia, a nivel mundial, son considerados trabajadores esenciales.

Las características propias de muchas frutas requieren de un manejo cuidadoso que reduce las posibilidades de mecanización. Por este motivo su producción puede exigir mucho trabajo manual tanto para la cosecha como para las tareas de poda, clasificación y embalaje.

Las empresas productoras de frutas emplean un reducido número de trabajadores de forma permanente, en articulación con la contratación flexible de una gran cantidad de trabajadores estacionales. Ajustándose a los tiempos efectivos de trabajo, esa relación se interrumpe en los períodos donde no se necesita trabajo humano de modo intensivo. 

Para ellxs el empleo temporario implica una inestabilidad creciente debido a los períodos de desocupación a lo largo del año o situaciones de eventualidad e intermitencia laboral que resultan en ingresos anuales variables y de escaso valor. Sus recorridos laborales se dirimen entre la cosecha y el desempleo: por ejemplo, generalmente cuando termina la zafra la realización de otras tareas es complementaria y esporádica.  Por ello, no tienen cómo garantizar un ciclo de empleo anual.

Hay una naturalización en la agricultura capitalista que debería llamarnos la atención: hoy es entendida como normal la transitoriedad del empleo y la misma existencia de trabajadores temporarios al mismo tiempo que, en la actividad agraria, las ganancias son anuales, sin discontinuidad alguna.

La fruta madura de la precarización

Los empresarios del sector buscan suplantar el vínculo contractual de la relación de dependencia, externalizando las funciones mediante la tercerización del trabajo de cosecha y empaque (acondicionamiento de la fruta).

La intermediación laboral se convirtió en un mecanismo eficaz para solucionar el problema clásico de la estacionalidad del trabajo en la agricultura ya que facilita el reclutamiento, movilización y control de mano de obra.

Si bien existen diferencias entre los distintos agentes de intermediación (“contratistas”, empresas de RRHH, y/o agencias de servicios) en cuanto registro del empleo y cumplimiento de legislación laboral, hay una relación directa entre la contratación por intermediación laboral y condiciones precarias de empleo.

Las formas de registro del empleo pueden ser muy heterogéneas, cumpliendo de manera incompleta los aportes y beneficios sociales. Nos cuenta Ramón, cosechero de naranja en Entre Ríos: “Trabajábamos tres días en una quincena y nos aportaban uno”.

La forma de pago también se ve afectada cuando intervienen contratistas. En la negociación del valor por “cantidades producidas” -o sea por los canastos de frutas recolectadas- participan solamente el empresario-productor y el agente intermediario. Los trabajadores no acceden directamente en esa negociación salarial ni de las condiciones de trabajo. Martín, otro cosechero de naranjas relata: “Te dicen “trabajas por tanto”, pero te ponen por día, ¿no? (…) Pero son vivos porque los recibos te figuran por día, ¿no? Te figuran por día, pero no son por día”.

Qué esconde una buena naranja

El trabajo a destajo durante la cosecha de fruta de exportación se modifica porque incluye exigencias y formas del corte y del cuidado de la fruta, que al mismo tiempo implica descartar frutas que quedan fuera de la medida –el peso neto cosechado- que da lugar al pago.

La unidad de medida contiene en cada kilogramo cosechado mayor cantidad de tiempo de fuerza de trabajo, pero al no haber diferencia en el pago cuando se cosecha por calidad, el tiempo de trabajo objetivado de una “fruta de calidad” se abona a un precio inferior.

Los requerimientos en cuanto al corte y el cuidado de la fruta implican productos desechados por “mala calidad” reportando así menores ingresos para los cosecheros (“no rinde” en palabras de cosecheros), al igual que el hecho de ingresar a cosechar en las quintas de exportación, pocas horas luego del mediodía, es decir menos horas de trabajo. O en los casos en que las quintas están “sucias” (sin podar previamente las plantas o con pastizales altos), obstaculizando al cosechero la recolección de la misma cantidad de productos que una quinta en mejores condiciones.

Beatriz, cosechera de naranjas y mandarinas nos cuenta como varía la modalidad de pago, y la exigencia de calidad en una temporada de cosecha: “Había veces en que se pagaba por día. A veces que no había fruta o recién estaba rompiendo color. Cuando estamos sacando para exportación, te exigen el cuidado al sacar la fruta, la calidad, te exigen tamaño, color y cuidado en no echar la fruta, porque se golpea. No lastimar el cabito, el golpe, todo. Bueno, ahí te ofrecen el día. Podés trabajar tranquilo en ese momento, porque sabés que no hay mucho, pero donde eso empieza a apretar, empieza a reventar el color, ahí se te apuran las manos, te empiezan a exigir más. Igual siempre tenés que fijarte. Por ejemplo, para una “calidad” -como ellos le llaman- te van a pedir que sea lisa. Le llevás una naranja, la más lisa, y esa ya no va, ya te empiezan a ajustar y a ajustar, uno no sabe qué hacer. Entonces uno empieza a reclamar el día, porque no hay fruta (…) Ellos te piden una fruta lisa, una pequeña rayita que tenga la fruta no sirve para la exportación, nosotros le llamamos “ramiada”. (…) Y bueno, ahí es donde empezamos nosotros, el grupo de la empresa, a pedir el día. Muchas veces nos han castigado y no nos han pagado el día”.

La conservación de la modalidad histórica del pago a destajo en la agricultura ha permitido a los empleadores, por un lado, garantizarse productividad y calidad en un período específico, y por el otro, reducir los costos laborales, recurriendo más fácilmente a suspensiones de días de trabajo por causas climáticas o sin causa aparente.

Así, los ingresos de los cosecheros pueden distar mucho de los jornales pautados por el convenio colectivo y de las negociaciones paritarias donde participan los sindicatos de trabajadores agrarios y las cámaras empresarias. Para los cosecheros de las actividades citrícolas en Entre Ríos, en noviembre del año pasado el valor de jornal se estableció en $ 1.273,28, que de cumplirse sería una suma mensual que ronda entre los $30.000 a $35.000.

El peso de la desigualdad

En América Latina, el empleo de trabajadoras mujeres en las actividades agrarias (particularmente en algunas frutas) se ha convertido en una estrategia para intensificar el trabajo y precarizar las condiciones laborales. Los empleadores caracterizan a las mujeres como un grupo social de fuerza de trabajo barata y dócil. A su vez, la naturalización de los atributos de las mujeres trabajadoras como “más minuciosas” o “detallistas”, niega el entrenamiento y la capacitación que realizan ellas a lo largo de sus trayectorias laborales.

En la actualidad, las normas de calidad exigen sustituir el canasto por el capacho colgado al cuerpo (un “recolector”) para poder conservar mejor la fruta. Esto requiere mucha más fuerza física, lo que acarrea mayor agotamiento. María, una cosechera, nos cuenta que es “demasiado esfuerzo” “y hay gente con problemas de cintura, columna. Es un recolector atravesado o de costado, pero no se aguanta”.

Las condiciones de seguridad e higiene en los ámbitos de trabajo implican otro padecimiento porque los agentes intermediarios evaden lo estipulado en el convenio colectivo, provocando un deterioro progresivo en la provisión de herramientas, en el suministro de la vestimenta, y en el transporte desde y hacia los lugares de trabajo, como también en las condiciones de higiene y alojamiento en los establecimientos agrarios. Se transportan a las quintas de modo inseguro, en transportes que pueden ir desde camiones al descubierto, entre cajones de frutas, hasta colectivos en muy malas condiciones. Durante esas largas jornadas pueden estar expuestos incluso a los agrotóxicos de las plantas con consecuencias nocivas para su salud.

Esperar que el árbol florezca de nuevo

Los asalariados temporarios atraviesan períodos críticos durante los meses contra-estacionales, registran una enorme dificultad para conseguir otros empleos que se adecuen a la estacionalidad de la fruta.

En este contexto son fundamentales para su subsistencia salarios indirectos como la Asignación Universal por hijo (AUH) y también los programas sociales. Los trabajadores temporarios registrados en ocupaciones agrarias estacionales pueden tramitar la AUH sólo en aquellos meses que no se desempeñen en su actividad.

Existe una política estatal destinada a amortiguar la ausencia de ingresos durante los meses sin actividad de cosecha en las actividades frutícolas: el Programa interzafra, orientado a trabajadores en condición de desocupación contra-estacional. Entre sus objetivos contempla, además de una compensación mínima para los trabajadores en contra-estación, beneficios para las empresas y el mantenimiento de la disponibilidad de fuerza de trabajo para las siguientes cosechas. Tienen acceso quienes pueden demostrar haber tenido empleo registrado en la temporada de cosecha.

En el caso de las producciones citrícolas, las solicitudes para el cobro del subsidio se realizan en las Dirección de Empleo de los Municipios. Al finalizar la temporada de cosecha, los trabajadores se organizan en reclamo del pago del Programa Interzafra. La conflictividad asalariada contra-estacional registrada se vincula con su condición de asalariados semi-ocupados. Las jornadas de protesta que se inician al finalizar la temporada de cosecha de las producciones frutícolas marcan un antes y un después en la configuración de la conflictividad obrero-agrícola local.

Uno de los reclamos más repetidos frente a la implementación del Programa Interzafra es la imposibilidad de acceso que han tenido en distintas temporadas. Estos ingresos indirectos son indicadores de estas situaciones de “semi-ocupación” de los asalariados agrícolas y marcan una diferencia en cuanto las condiciones de venta de fuerza de trabajo, en función de su acceso o no.

Darle un vuelco a la historia

Los trabajadores de la fruta se enfrentan a trabajos con jornadas de trabajo extenuantes de mucho esfuerzo físico, de muy malas condiciones de trabajo, con remuneraciones que no alcanzan muchas veces el valor del salario mínimo vital y móvil, y a la inestabilidad sobre la posibilidad de continuar obteniendo ingresos a lo largo del año.

La precariedad laboral es una característica permanente en el empleo agrario y quienes trabajan en la cosecha de fruta lo saben más que nadie. Sus trayectorias laborales están plagadas de situaciones extremadamente injustas, por fuera de las regulaciones laborales. Un trabajo permanente-discontinuo registrado no es una realidad cotidiana en las familias trabajadoras de la fruta, y perder la posibilidad de obtener ingresos a lo largo del año a partir de los programas estatales para ellos puede ser una opción muy angustiante.

Fuente: Contrahegemonía / La nación trabajadora