Cuando pasan las madrugadas

publicado en: Memoria e Identidad | 0

Los cambios producidos como resultado de la instauración del “modelo agroexportador”, pero también en la organización y conciencia obrera y en las distintas maneras estatales de responder al conflicto social, se ponen de relieve en el caso del conflicto que pasó a la posteridad bajo el nombre de “La Patagonia Rebelde”, y del cual se cumplen 100 años de su inicio. Por Juan Manuel Soria

“La guerra del hambre nos aplasta el cuerpo, nos aplasta en cualquier parte. De derrota en derrota, nos quitaron el habla, nos quitaron tanto, tantos… pero quedó la rabia”. Asamblea Internacional del Fuego

Tras la consolidación del Estado nacional a finales del siglo XIX, la Argentina del siglo XX crecía a pasos agigantados: el ingreso al mercado mundial estaba marcado principalmente por la exportación de materias primas de la pampa húmeda. La demanda de los países capitalistas más desarrollados reclamaba el crecimiento del caudal de exportaciones. De la mano de esto, la modernización a través de nuevas maquinarias para el trabajo, a través de las inversiones de capitales extranjeros en connivencia con el Estado nacional (de las cuales sobresale el ferrocarril) permitía una conexión más rápida y eficiente para el comercio con el exterior. Como decíamos en notas anteriores, la economía argentina de principios de siglo XX estará marcada por una fuerte dependencia hacia el capital británico, pero también por un proceso de concentración de la propiedad en manos de terratenientes.

A la vez, se producía un fenómeno inmigratorio que transformaría de forma profunda la sociedad de nuestro país. Enormes contingentes humanos, provenientes de las zonas más pobres de Europa, venían a nuestro país en búsqueda de un mejor pasar. Traían esperanzas y sueños, pero también ideas revolucionarias y de organización de clase ligadas al anarquismo y al socialismo. En un contexto político que los expulsaba (el voto masculino universal, secreto y obligatorio llegaría recién en 1912, de la mano de la Ley Sáenz Peña, aunque la participación será acotada) las clases populares conjugaron tradiciones criollas y europeas, dando nacimiento al que sería uno de los movimientos obreros más fuertes del mundo. El ejemplo de la huelga de 1878 llevada adelante por Unión Tipográfica de Buenos Aires (asociada la Primera Internacional) y el rápido y potente proceso de organización sindical por oficio es una muestra de este fenómeno. La conformación del Partido Socialista en 1895 o la Federación Obrera Regional Argentina en 1904 son también otras caras de un mismo fenómeno: de la mano de la modernización capitalista llegaba la lucha de clases, y los sectores populares se organizaban para combatir la explotación.

El Estado… ¿y la revolución?

La relación de los sectores obreros con el Estado sufrió algunas modificaciones en este período. En principio, la represión fue una constante para tratar los conflictos de clase. La Ley de Residencia de 1902 o la Ley de Defensa Social de 1904, pensadas para deportar inmigrantes  agitadores con ideologías “peligrosas” para el orden burgués, sirven para ilustrar una legislación marcada dictada por una fuerte lógica de clase. La represión violenta, como la del 1° de mayo de 1909 – donde una cruenta represión fue desatada sobre un acto obrero  por el Día Internacional de los Trabajadores – también fue otra constante. Esta represión dejó un tendal de muertos cuyo cortejo fúnebre también fue reprimido por las fuerzas del orden, sumando más víctimas fatales.

Frente a los reclamos de mayor participación electoral que ya se venían dando desde finales de siglo XIX con las distintas rebeliones radicales, a la vez de la intensificación de la lucha de clases, el Estado sancionará en 1912 la Ley Sáenz Peña. La misma se puede concebir como el reflejo de una “transición trunca”, donde desde los sectores dominantes se intenta una (tímida) democratización que permita descomprimir el conflicto social, sin tocar los cimientos del régimen de dominación. Esta ley de voto masculino universal, secreto y obligatorio, sin embargo, excluía a los extranjeros (con lo cual un vasto sector de la población quedaba por fuera del juego democrático) y a las mujeres, quienes recién accederían al voto en el año 1947.

La llegada al gobierno de la Unión Cívica Radical en 1916, bajo la presidencia de Hipólito Yrigoyen, marcará un cambio (superficial) en la manera en que el Estado se relacionaba con el conflicto. Como veremos, la represión no dejó de existir. Sin embargo, la sanción de cierta legislación laboral y el arbitrio en algunas disputas entre la patronal y los obreros –con resoluciones a veces favorables a los segundos- deja entrever dos cuestiones: por un lado, un Estado que busca canalizar por distintas vías las tensiones negociando de forma particular con los sindicatos para así evitar la confluencia obrera. Por otro lado, en una tendencia que se acrecentará de la mano del peronismo, el diálogo más fluido entre las corrientes “sindicalistas” y el Estado, dejando de lado a sectores socialistas y anarquistas. A diferencia del sindicalismo, los segundos buscaban no solo mejoras para los sectores obreros, sino el cambio radical del sistema.

La amargura de la Patagonia

Los cambios producidos como resultado de la instauración del “modelo agroexportador”, pero también en la organización y conciencia obrera y en las distintas maneras estatales de responder al conflicto social, se ponen de relieve en el caso del conflicto que pasó a la posteridad bajo el nombre de “La Patagonia Rebelde”.

En el entonces territorio nacional de Santa Cruz la principal actividad económica era la cría de ovejas para la exportación, con un alto nivel de concentración de la propiedad en manos de algunos latifundistas. Había una población muy pequeña, con pocas vías de comunicación.

En el mes de septiembre de 1920, en Río Gallegos, la Sociedad Obrera de Oficios Varios intenta realizar un acto, cosa que será prohibida por las autoridades del territorio nacional. Las hordas de la Liga Patriótica, una organización parapolicial nacionalista cuya principal actividad eran los ataques violentos al movimiento obrero, comenzaron a hostigar a los activistas, que para ese momento ya estaban tejiendo relaciones con los peones rurales.

Comenzaron las protestas por las condiciones laborales y la elevación de un petitorio por parte de los obreros: exigían la eliminación del pago en vales, mayor cantidad de velas para alumbrar, no trabajar a la intemperie bajo la lluvia o calefacción en las estancias. Las condiciones de trabajo eran infrahumanas. El petitorio fue rechazado y los trabajadores se lanzaron a la huelga, reprimida por la policía local y las bandas de la Liga patriótica.

A principios de 1921, bajo órdenes del gobierno radical de Hipólito Yrigoyen, llegaron las tropas del Ejército Nacional bajo el mando del coronel Héctor Varela. Los terratenientes, nucleados en la Sociedad Rural Argentina y la Liga Patriótica, habían exigido al gobierno nacional la intervención del Ejército para reprimir. Sin embargo, fueron enviados con el objetivo de negociar, lo cual concluyó con un acuerdo entre las partes y una victoria parcial de los obreros. Sin embargo, las patronales no cumplieron su parte del trato.

En noviembre de 1921, como respuesta a lo anterior, Santa Cruz se encontraba paralizada por una enorme huelga. Las tropas del Ejército fueron nuevamente movilizadas, pero esta vez con la orden de reprimir el conflicto. Fueron fusilados en masa no menos de 1.500 obreros. El gobierno de Yrigoyen ascendió al cargo de Oficial a Héctor Varela y boicoteó todo tipo de investigación sobre lo sucedido.

Antes de la noche, existió la noche…

Reflexionar en torno a los conflictos del pasado nos habilita a repensar el mito –recurrente- de la Argentina como “potencia mundial” a principios de siglo XX. Sobre la base del crecimiento económico argentino a principios del siglo pasado se construyó un relato histórico que habla de un “pasado dorado”, el cual sería destruido por los “70 años de populismo” posteriores. Sin embargo, las investigaciones históricas nos permiten afirmar que el crecimiento fue muy endeble: una coyuntura internacional de demanda de materias primas, sumado al crecimiento de la mano de obra por la inmigración extranjera y la llegada de capitales británicos permitió el crecimiento del PBI, pero sobre bases endebles. El crecimiento del conflicto social en este contexto nos habla de un modelo que beneficiaba a unos pocos sobre la explotación de las mayorías, a la vez que el desequilibrio económico entre las regiones construía las bases materiales de un país altamente desigual.

Por otro lado, el alto nivel de conflicto de clase y de organización obrera nos permite refutar otro mito: el de un pasado “dorado” y sin conflictos, de inmigrantes que sólo venían a “trabajar la tierra”. Es indudable que sin el trabajo de millones de personas la Argentina no sería lo que es hoy, pero los altísimos niveles de explotación y desigualdad muestran un país tendiente a la concentración de la riqueza. Los  sectores populares respondieron a esto con organización y diversas formas de lucha. Las imágenes que de forma regular recorren  medios y redes, que muestran los palacios porteños de las familias de los sectores dominantes, tienen que ser contrastadas con las imágenes de las huelgas, los conventillos y los fusilamientos de la Patagonia. Unas y otras están intrínsecamente relacionadas.

Un pensador alemán decía que toda la historia de la humanidad es la historia de la lucha de clases. En esta lucha, repensar nuestro pasado e interrogarlo, puede ofrecernos claves para comprender lo sucedido pero también para pensar las luchas de nuestro presente. Algunas lógicas  y nombres siguen operando en la actualidad y la historia parece repetirse. Sin embargo, esto no es así: cada conflicto social es resultado de su época. El análisis en clave histórica nos ofrece, en todo caso, herramientas para pensar  un contexto signado por el conflicto en relación al trabajo y la tierra y por las resistencias de las clases dominantes frente al cuestionamiento de su poder y la represión como respuesta al mismo. Y fundamentalmente, la posibilidad de un futuro distinto.

Fuente: Batalla de Ideas