Alambres que caminan de noche


Los conflictos en torno de las recuperaciones territoriales y la represión que sufre el pueblo mapuche pone al descubierto mecanismos centenarios de expropiación y despojo. ¿Cuál es el contexto de las actuales confrontaciones y debates? Por Hernán Schiaffini*

Si uno se para frente a la entrada de una comunidad mapuche en Chubut, Río Negro o Neuquén, lo más probable es que vea una enorme extensión de terreno, con muy poca o nada de agua y vegetación. Si no hubiera nieve los colores predominantes serían el marrón y el amarillo y el viento soplaría casi constantemente.

“Nos dejaron viviendo en las piedras” -dice mi interlocutora.“Pero   ahora resulta que las piedras tienen valor”. 

Piedras sin valor se vuelven codiciadas. Crípticos papeles tornan invisibles a las personas. Alambrados caminan por las noches. La Patagonia es realmente un lugar mágico. 

El campo y la ciudad 

Las comunidades mapuche no están sólo en mesetas inhóspitas. Las hay también en zonas húmedas de cordillera y pre-cordillera e incluso en zonas urbanas, como en Bariloche, Comodoro Rivadavia u otras ciudades.

Pero en todos los casos las relaciones campo-ciudad son tan estrechas que cuesta distinguir dónde termina una cosa y dónde comienza la otra. Los niños necesitan ir a la escuela; las personas cobran plata y hacen trámites en los bancos o la ANSES; para vender la lana de un año es necesario mandar una muestra al laboratorio, para que determine la finura y el rinde. No hay nadie en el “campo” que no tenga un pariente viviendo o trabajando en el “pueblo” o que no haya pasado por esa experiencia él o ella misma en la construcción, el empleo en casas particulares, la escuela o el hospital. 

Abastecerse en el campo implica a la ciudad. Lograr ingresos para comprar “vicios” (yerba,  azúcar, harina) implica criar animales, vender pelo, lana y carne. Toda comunidad es hoy rural-urbana.

Confrontaciones

Las confrontaciones son múltiples, contradictorias, constantes. La presión sobre el territorio hace que hasta los vecinos peleen entre sí, disputen pasos, aguadas y pastos. Tres ejemplos: 

1- Centro-sur de Río Negro. Para criar una oveja sin erosionar hay que contar con cuatro hectáreas de territorio por cabeza. Desalojan a una familia mapuche y una de las hijas, que tenía entonces diez años, recuerda hoy lo acontecido.

Viene un itinerario de treinta años de recorrer las urbes y vivir  mal. Ya a los cuarenta, con hijos e hijas propios, decide volver al campo que les robaron. No Vuelven solos, vuelven organizados, acompañados por una organización histórica. El campo familiar es una recuperación colectiva. 

El terrateniente los denunció y les disparó balazos. Después les reclama el pago de talaje por usar el campo. Están en juicio desde 2009, los papeles se mueven muy lento. 

2- Sudoeste de Río Negro, zona  de nacientes de arroyos y ríos que eventualmente desembocarán en el Atlántico. Dos lof  (dos unidades político-familiares mapuche) se   asocian para conformar una comunidad antes que inicie el siglo XXI. Un ganadero, dueño de una enorme estancia que tiene conflictos con familias originarias en todos los puntos cardinales, se ha apropiado de 2.500 hectáreas que reclaman. 

“Aquí no vale la ley indígena, sí la ley argentina” les dice el juez. Lo mismo dice el Director de Tierras. En la documentación catastral ninguno de los lof existe, han desaparecido. Recuperan el campo de hecho y se inicia el juicio. Hay desalojos, vigilias e incertidumbre constante. Cada vez que los miembros de la comunidad salen para ir al juzgado o hacer algún trámite vinculado al conflicto les roban animales, les rompen cosas, gastan sus pocos pesos en remises. Así sigue la vida por años. 

3- Noroeste del Chubut, sobre una ruta histórica por la que circuló parte de la colonización de la provincia. Un cuadro enorme, lleno de caballos salvajes. Las dueñas son dos primas, únicas descendientes de la persona que, en tiempo del avance militar del Estado argentino, encontró en ese paraje un refugio para tener a su familia. 

Cien años después la abuela de las primas le prestó un pedazo de campo a un hombre y el hombre construyó su casa sobre el camino de acceso y lo bloqueó. Cambió los candados de la tranquera de ingreso y tramitó los permisos para apropiarse legalmente del lugar. Los alambres se movieron sobre el camino vecinal. Para llegar a la casa de las primas hay que pasar por el patio de la casa del usurpador. 

Una de las primas vive en un terreno tomado en la periferia de Esquel. Sale al campo cuando puede y a veces tiene que romper un candado para ingresar. “Nos dejaron viviendo en las piedras, pero ahora resulta que las piedras tienen valor”, me dice. Las zonas de refugio de principios del siglo XX son hoy objeto de avance de actores  múltiples. No hace falta que sean mineras, petroleras o millonarios exóticos o vernáculos (que también los hay, no hablamos de ellos en esta nota). A veces son crianceros locales, vecinos tan pobres como los desplazados.  

Estado y relevamientos 

Las provincias tienen enormes dificultades para reconocer efectivamente la preexistencia del pueblo mapuche en el territorio.

No hay reconocimiento territorial. No hay ley de propiedad comunitaria. No hay relevamiento consistente en torno de cuántas comunidades, dónde   están y cuánto territorio requieren.

Sobre los procesos de “encajonamiento” de los productores, que tienen constancia y persistencia, se acumulan fenómenos de todo tipo, hasta geológicos y climáticos: sequías, erupciones volcánicas, grandes nevadas, invasión de plagas, etc. Al no tener canales por donde tramitarse, la conjunción de eventos exacerba las tensiones. 

En general no se sabe dónde empiezan y dónde terminan los campos. Ni los comunitarios ni los fiscales ni los privados. 

El relevamiento territorial ordenado por la ley 26.160 no se ha concluido, pero despierta el siguiente cuestionamiento: además de relevar los límites y bordes de las comunidades indígenas. ¿No habría que relevar los límites y bordes de los propietarios privados? ¿No haría falta un relevamiento de terratenientes? 

Actos mágicos

Es un lugar común decir que los alambrados “se corren de noche”. En Patagonia, los alambrados caminan. Por supuesto, no se mueven solos. Son los peones de los estancieros quienes los extienden por kilómetros y kilómetros. Es una magia que, una vez conocidos sus mecanismos internos, parece incluso racional. 

Si un campo que en los papeles es “fiscal” (aún cuando esté habitado desde hace más de cien años) se queda momentáneamente vacío, el alambre se cerrará sobre sus fronteras y los pedidos burocráticos de propiedad comenzarán su recorrido. La magia de la administración desviste a uno y vistea otro con los ropajes de dueño. 

De aquí al territorio sagrado, el territorio de la propiedad privada, sólo hay un paso.

* Antropólogo. Investigador del CONICET

Fuente: Notas de Periodismo Popular