No hay final feliz para niñas indígenas en “Anne with an E”


Desde Canadá hasta las aulas e iglesias patagónicas, el patrón “civilizatorio” se extendió -y extiende- por toda América. La orden salesiana fue la punta de lanza de la cruzada de conversión de los pueblos originarios. Un diálogo posible entre una serie de Netflix y la historia de la región. Por Adrián Moyano

La historia de la pequeña Ka’kwet es la única que queda dolorosamente abierta al finalizar la tercera temporada de “Anne with an E”, exitosa serie de origen canadiense que quedó al alcance de audiencias globales al instalarse en la plataforma digital más mentada. La niña es mi’kmaq, una de las primeras naciones cuyo territorio original quedó comprendido en la jurisdicción de Canadá. En la trama, dos adolescentes se conocen al aproximarse un grupo mi’kmaq a Green Gables, donde viven los veteranos hermanos que adoptaran a la pelirroja. El padre de Ka’kwet fabrica palos similares a los que se usan en el hockey de manera artesanal y comercializa algunos de ellos entre los jóvenes compañeros de Anne (Amybeth McNulty), enfrascados en un partido. La joven se entiende con Ka’kwet (Kiawenti:io Tarbell), quien habla inglés. Maravillada ante la posibilidad de acceder a los secretos de una cultura diferente a la suya, se aventura en una de sus habituales escapadas para profundizar el incipiente vínculo con su amiga. La visita merecerá una enérgica reprimenda por parte de Marilla (Geraldine James), su madre adoptiva, que incluirá la prohibición de volver acercarse a la morada de los “salvajes”.

Mientras el campamento mi’kmaq permanece en las cercanías de Avonlea -el poblado ficticio donde transcurren buena parte de las acciones- trasciende que el gobierno canadiense pondrá en funcionamiento una escuela para niños y niñas indígenas. Entusiasmada por su propia experiencia en la escuela rural adonde concurre habitualmente, Anne procura contagiar ese entusiasmo a su amiga y logra su cometido. A pesar de la reticencia de su padre, Ka’kwet se traslada lejos de su hogar para ingresar al establecimiento, que está en manos de religiosos. En alternativas sucesivas, se verá que tanto ella como sus compañeros y compañeras deberán despojarse de sus vestimentas tradicionales, sus cabellos sufrirán ostensibles recortes y la cultura que portan, será puesta en ridículo por las monjas y sacerdotes que hacen de docentes.

Cuando niños y niñas comienzan a sufrir castigos físicos por expresarse en el idioma de sus mayores, la pequeña Ka’kwet urde fugarse y alcanza su cometido, después de padecer hambre y frío. El golpe que recibe el niño que colabora con su escape, por parte de una religiosa, es una de las escenas más vívidas de la serie, que no abunda en violencia. Lejos de resignarse, el funcionario de Asuntos Indígenas se hace presente en el campamento mi’kmaq con hombres armados, con el objetivo de recapturarla pero al observar que es numerosa la niñez, no se contenta con lograr su objetivo inicial y da órdenes de aprisionar a más niños y niñas. El padre de Ka’kwet recibe heridas de bala, al intentar una resistencia desesperada. Finalmente, por la fuerza y contra la voluntad explícita de sus progenitores, la niña vuelve a la escuela y es castigada con un régimen disciplinario. Nada que no conozcamos por estas latitudes.

Fuerza y conversión

En la memoria oral mapuche abundan testimonios similares: golpes con punteros por hablar mapuzungun en el aula, humillaciones por parte de maestros, separación de familias para lograr la escolarización de los pequeños y prohibición de la espiritualidad tradicional. El colonialismo en su faceta espiritual era mandato constitucional: los convencionales de 1853 no encontraron ninguna contradicción en admitir la libertad de cultos aunque al mismo tiempo, ordenaban la evangelización indígena. Inclusive los sectores anticlericales de la élite gobernante admitían que el adoctrinamiento religioso podía confluir en el objetivo de borrar todo vestigio de las culturas preexistentes. En 1883, cuando todavía loncos como Sayweke, Inakayal, Foyel o Keupü se empecinaban en esquivar las partidas de soldados, el ministro Eduardo Wilde pregonaba que “la religión es conveniente con sus formas eternas, para obtener el dominio en ciertos espíritus mediocres que no alcanzan a las sublimidades de la abstracción […] La religión es útil para las masas” (Delrio 2005: 98). ¿Útil para mejor dominarlas? Con esa convicción, el gobierno de Julio Roca delegó en la orden salesiana la tarea de convertir a los pueblos indígenas que residían en la recientemente conquistada Patagonia.


El objetivo estaba claro: tanto el Estado como la Iglesia buscarían la desaparición de los pueblos indígenas a través de su progresiva aculturación, porque en la civilización triunfante no quedaba lugar para la hipotética barbarie. Vista desde los sobrevivientes a la Campaña del Desierto, la diferencia de proyectos entre los funcionarios gubernamentales y los sacerdotes, debieron resultar bastante sutiles. Además, tanto unos como otros estaban urgidos por reducir a los antiguos jinetes -otrora guerreros, cazadores y vaqueros- al rol de mano de obra entre servil y barata o en el mejor de los casos, nuevos proletarios. Mientras el Estado se apuraba por argentinizar, en nombre de la nacionalidad, población que previamente no era argentina, la Iglesia privilegió la salvación para en un segundo momento, madurar la civilización, aunque fuera a través de la fragmentación familiar.

La orden estableció colegios en Carmen de Patagones y Junín de los Andes entre 1880 y 1890, desde donde partían las misiones que se llamaron volantes. Básicamente, esas excursiones por los campos de concentración o primeras estancias, buscaban administrar bautismos. No obstante, aquellos y aquellas que recibían el sacramento, eran designados como “indios cristianos”, es decir, todavía estaban fuera, tanto de la ciudadanía como de la feligresía. Cuando en 1887, los salesianos Cagliero, Panaro y Remotti quisieron administrar bautismos masivos entre la gente de Sayweke, cautiva en Chichinales, el longko se negó rotundamente, porque sabía que 80 de sus familias serían deportadas a Mendoza. El otrora líder manzanero -que ya estaba bautizado- canalizó en esa negativa su indignación.

El precio de una vida

Fue en Tierra del Fuego donde el proyecto salesiano perdió toda sutileza. Por un acuerdo que había celebrado monseñor Fagnano con los principales estancieros, los sacerdotes recibían en la misión Nuestra Señora de la Candelaria cautivos y cautivas selk’nam a cambio de una libra esterlina por cada uno, inclusive niñas y niños. “Las misiones salesianas de isla Dawson y Río Grande se habían transformado, desde su fundación, en un precedente de los modernos campos de concentración donde los indígenas eran retenidos contra su voluntad en un destierro obligado” (Alonso Marchante 2014: 227).


En los propios archivos de la orden puede leerse que los religiosos se encargaban de frustrar la huida de las y los prisioneros. La coincidencia con la penosa historia de Ka’kwet es ¿asombrosa? Una selk’nam de 15 años “huyó aprovechando rápido que estaba la puerta abierta; pero nosotros apenas nos dimos cuenta avisamos al director que mandó rápido a buscarla a las casas de los indios donde se había escondido, en los brazos de su vieja madre; al principio no quería dejarla venir, pero después se rindió y la condujimos a casa” (Alonso Marchante 2014: 227 y 228). ¿La fuente? “Crónicas de las Hijas de María Auxiliadora”, de 1899. ¿Qué habrán hecho los captores para que su “vieja madre” se rindiera? La miseria y las enfermedades que imperaban en los recintos misionales -meros depósitos de gente- hicieron que la mortandad fuera elevadísima. En isla Dawson (Chile), de los 1.500 hombres, mujeres, niñas y niños selk’nam y kawésqar que fueron confinados por la fuerza en la misión salesiana, en 1911 sólo sobrevivían 25.

Desacuerdos entre la CBC (Canadian Broadcasting Corporation) y Netflix pusieron en peligro la continuidad de “Anne with an E” y hasta el momento, nada se sabe sobre la cuarta temporada. Su acción transcurre en la Isla del Príncipe Eduardo, donde los mi’kmaq fueron confinados en dos reservas.


En la ficción (¿?), la última escena que involucra a Ka’kwet es desgarradora: la niña aprisionada observa a través de una ventana a su mamá y papá, que desesperados, acampan en un bosque cercano a la misión para esperar -ingenuamente- su liberación. La suya es la única historia que no cerró felizmente al concluir la tercera temporada y si al final no hay cuarta, la metáfora será contundente. Nada que no conozcamos por estas latitudes.

Bibliografía

Delrio, Walter (2005): “Memorias de expropiación. Sometimiento e incorporación indígena en la Patagonia (1872-1943). Editorial Universidad Nacional de Quilmes.

Fuente: En estos días