La epidemia de los otros


La peste durante la llamada “Conquista del Desierto”. En la misma década en que Giacomo Puccini ingresaba en el Conservatorio de Milán, Giuseppe Verdi estrenaba Aída en la Opera Real de Suecia y Richard Wagner moría en Venecia, un contingente miserable de indios eran conducidos a través de la llanura patagónica a pie, rumbo a Valcheta, primer campo de concentración argentino(*).

Sumándose a los campamentos de Chinchinales, Chimpay y demás sitios de reclusión que destacó Julio Argentino Roca a lo largo del río Negro durante su Conquista del Desierto, Valcheta se convirtió en 1884 en el mayor presidio y centro de distribución de indios de aquel tiempo. Allí trascurrían sus días en condiciones miserables quienes sobrevivían de las larguísimas caminatas que eran obligados a realizar desde sus tierras hasta ese lugar de confinamiento. El teniente coronel Lino Oris de Roa, por ejemplo, trajo a pie a los sometidos del combate de Apeleg, aldea situada al suroeste de Chubut, hasta aquel valle de Valcheta, ubicado al nordeste de Río Negro. Una caminata de novecientos kilómetros durante la cual los que se agotaban eran abandoadnos con los tendones de Aquiles cortados para convertirse en alimento de los pumas.

Cuando en 1878 Roca comenzó su Conquista del Desierto –nombre que sirvió para disfrazar un genocidio–, aquel inmenso territorio contaba con un número enorme de pueblos. Tierra original de tehuelches, los primeros araucanos habían llegado en el siglo XVI desde el actual Chile, escapando de la Guerra de Arauco y de Pedro de Valdivia, quien devolvía a los capturados a sus toldos sin nariz ni orejas, como advertencia. Luego, durante la Guerra a Muerte lanzada a principio del siglo XIX por Chile, pueblos mapuches –pehuenches, huiliches y borogas– atravesaron la cordillera para afincarse en diversas regiones argentinas. Debido a esa presión, el cacique de la parcialidad ranquel Yanquetruz tuvo que desplazarse con su gente a Toay (al norte de la provincia de La Pampa). Sus nietos Huala –apodado Baigorrita– y Panghitruz Guër –rebautizado Mariano Rosas– se hallaban a cargo de los toldos de Poitahue y Leubucó cuando se inició la campaña de Roca. Otro actor de aquellos tiempos fue Calfucurá. Este huiliche apodado El Señor de las Pampas dominó un extenso territorio desde Salinas Grandes hasta Carhué, nudo de las rastrilladas por las que se conducía a Chile a la hacienda capturada por los malones. Calfucurá pactó con Rosas la entrega de miles de cabezas de ganado anuales con las que cimentó un poder que lo sobrevivió, extendiéndose hasta la época de la conquista de Roca.

Del intrincado mapa de naciones alzadas de aquel tiempo, otro de los principales protagonistas era el cacique Pincén. Disputado como el trofeo más preciado de los blancos por lo escurridizo, fue capturado por Conrado Villegas y trasladado a Buenos Aires donde Antonio Pozzo lo retrató con gesto falsamente heroico. Otro jefe de aquel tiempo fue Sayhueque, indómito cacique pehuenche-tehuelche que gobernó El País de las Manzanas (en la actual Neuquén) hasta finales de la Campaña del Desierto, cuando se rindió al general Lorenzo Vintter y fue llevado a Buenos Aires vestido de compadrito y exhibido en un carnaval. Completan este mapa etnográfico las parcialidades de Catriel y Coliqueo, aliados finalmente a los blancos, y los grupos tehuelches gobernados por Casimiro Biguá, Foyel, Inakayal y Orkeke arrinconados hacia el final de la campaña en el extremo sur del continente por los Remington y el hambre.

Ese era, a grandes rasgos, el riquísimo panorama de los pueblos asolados entre 1878 y 1885 por las cinco divisiones del ejército de Roca: la del general Conrado Villegas, la del teniente coronel Nicolás Levalle, la del teniente general Eduardo Racedo, la del general Napoleón Uriburu y la del teniente general Hilario Lagos. Encargadas todas de transformar aquella tierra profusamente poblada, en desierto. Para finales del siglo XIX todos los pueblos indígenas que vivían entre el Salado y el Estrecho de Magallanes estarían sometidos gracias al poder de las armas. Pero también debido a otro factor que contribuyó enormemente a la extinción indígena: las epidemias de viruela.

Según el testimonio del colono galés John Daniel Evans, de 1883, los indios de Valcheta se hallaban confinados detrás de un alambre de varios metros de altura, muertos de hambre. Los pobres no sabían que entre sus captores flotaba desde hacía años un virus que se manifestaba en forma de viruela leve para los blancos, pero que se convertía en viruela hemorrágica en ellos. En 1879, el teniente general Eduardo Racedo había sido el primero en advertir la presencia de la peste entre sus capturados y el primero en acudir a la vacunación. De su tropa, ante todo, ya que tardó diez días en tomar medidas sanitarias para los prisioneros. El resultado: de los 641 ranqueles tomados prisioneros en Pitre-Lauquen, 153 murieron de viruela.

Los indios que sobrevivían a epidemias como aquellas, que se reproducían en un gran número de campamentos militares, eran transportados al reclusorio de Martín García que pronto se convirtió en lazareto. En la isla, las Hijas de la Caridad actuaban como enfermeras mientras el padre José Pablo Birot bautizaba a destajo, en una acción contra el reloj mortal de la viruela, para salvar almas impuras antes que fallecieran. “Tenemos hasta el día de hoy 358 bautizados y 61 muertos”, se ufanaba Birot, agotado de repartir bendiciones. Los que quedaban vivos eran trasladados a Buenos Aires, donde las damas de la Sociedad de Beneficencia los repartían separando a las familias: los niños a trabajar a las estancias, sus padres a los obrajes e ingenios y las chinas a las casas patricias para hacer buñuelos y mazamorra.

El caso es que merced a los movimientos de tropas e indios entre la Patagonia y Buenos Aires, la ciudad empezó a sufrir una epidemia de viruela mientras las Hijas de la Caridad hervían jeringas en Martín García o en la Casa de Aislamiento de Buenos Aires (hoy Hospital Muñiz) para vacunar y contrarrestar el mal. Pero la vacuna antivariólica descubierta por Eduard Jenner a fines del siglo XVIII inoculando una llaga de viruela bovina de una granjera al hijo del jardinero (de allí la palabra “vacuna”), no conseguía terminar con la enfermedad en el Río de la Plata. En ese tiempo, miles de indios murieron en la isla y fueron incinerados en el crematorio o arrojados al río desde donde –tal como en la dictadura de los años ’70– fueron a amontonarse en las costas uruguayas. Mientras tanto, el cirujano Sabino O’Donnell, jefe médico de la isla, justificaba el fracaso de su vacunación masiva a una partida de indios que luego murieron: “Indudablemente venían ya impregnados o contagiados… El trabajo pesado y laborioso no podrá menos que ser nocivo a muchos de ellos… su falta de buena alimentación”. El doctor Pedro Mallo, cirujano general de la Armada, llegó incluso a sostener en un escrito que las razones del contagio desbocado era la falta de aseo de los indios, a “su desnudez… poca facilidad para transpirar… y falta de medidas de desinfección». Una vez más, la culpa era de los indios.

No es posible dejar de mencionar aquí un texto publicado por uno de nuestros próceres más venerados, Domingo Faustino Sarmiento, en el diario El Nacional, en 1876. Sarmiento se adelantaba a estas ideas que culpaban a los indios bárbaros de todos los males de la sociedad civilizada: “Por los salvajes de América siento una invencible repugnancia sin poderlo remediar. Esa calaña no son más que unos indios asquerosos a quienes mandaría colgar ahora si reapareciesen… Su exterminio es providencial y útil, sublime y grande. Se los debe exterminar sin ni siquiera perdonar al pequeño, que tiene ya el odio instintivo al hombre civilizado”. Proviniendo del adalid argentino de la educación, cuyo himno afirma que es “la niñez su ilusión y su contento”, las palabras de Domingo Faustino dan escalofríos.

Pero en 1879, el periódico La Pampa toma otra posición: «La invasión del mal la debemos al descuido ejercitado por el Ministerio de la Guerra. En efecto, él sabía por telegramas que había recibido de los jefes de la frontera, que la viruela diezmaba a los indios. Este no obstante, dio orden de que esos indios fuesen remitidos a esta ciudad. Vinieron, fueron distribuidos en las casas de familia y después se produjo lo que era natural que se produjese”. En consonancia con estas ideas, el doctor José Penna, uno de los más grandes higienistas del siglo XIX, contradecía en 1885 la idea de alguna predisposición genética al contagio por parte de los indios. “La ausencia de todo cruzamiento… una de las causas esenciales de su susceptibilidad para la viruela y la fecundidad con que en ellos se desarrolla”, afirmaba Penna. Citaba una estadística de la misma Casa de Aislamiento en la que dos tercios de los indios ingresados habían fallecido debido a la falta de contacto anterior de su raza con el virus y a su consecuente falta de anticuerpos. Así, sentaba un argumento médico esencial para el análisis científico de esta cuestión, quitándole culpa a los indios y volcando la responsabilidad al Estado que los sometía al abandono.

El tiempo ha pasado. La cuestión indígena, no. El desprecio por los pueblos originarios de la Argentina, a quienes el Estado esquilmó, apresó, torturó y abandonó a la enfermedad durante siglos, cobró una de las mayores expresiones contemporáneas en lo actuado por el gobierno anterior contra los mapuches. A la inverosímil muerte accidental del joven Santiago Maldonado y al asesinato de Rafael Nahuel por la espalda, se sumó hace pocas semanas un grupo de efectivos policiales irrumpiendo en una vivienda aborigen de Fontana, Chaco, para golpear a sus moradores al grito de indios infectados. Daría la impresión de que en los últimos 140 años no hemos aprendido nada. Pero hoy la pandemia toca a todos por igual. Contra el Covid-19 no hay vacuna para indios, ni para blancos. Espero que entendamos esta vez –por raciocinio o infección– que, en la Argentina, la vida de todos es responsabilidad de todos.

(*) Escrito por Marcos Zimmermann

Todas las fotos son del autor de la nota.

©marcoszimmermann

Fuente: El cohete a la Luna