La Revolución de Mayo y los pueblos originarios


Compilamos y reproducimos, dos miradas desde la perspectiva de los pueblos originarios sobre la Revolución de Mayo. “Fue un momento de transición en que todo pudo ser posible. Tal vez por eso acaecieron una serie de sucesos en donde los indígenas fueron activos protagonistas”…

La Revolución no ocurrió exclusivamente en aquellas jornadas de 1810. Antes y especialmente después de esa fecha, la ola de transformaciones continuó: los últimos enfrentamientos contra el español; la culminación del proceso independentista en estas tierras y el resto del continente; las luchas intestinas.

La Revolución fue también el proceso de una sociedad colonial que se desprendió de su antiguo dominador, comenzando a construir su nueva y definitiva identidad.

El modelo de país no estaba aún resuelto, al menos aquel modelo que casi un siglo después se impondría, con la “generación del ochenta” como ideóloga, sellando entre otras cuestiones la suerte de las comunidades indígenas de las llanuras que aún permanecían libres.

Descolonicemos Nos – Por ElOrejiverde

Más allá de las reflexiones que podamos hacer sobre la “Revolución de Mayo” es indudable que ese crucial momento histórico también tuvo muchas implicancias para nuestros pueblos originarios

Sabemos que siempre hay una historia NO VISIBILIZADA.

Lo que nuestra historiografía ha dado en llamar la Revolución de Mayo, fue el momento previo a la Independencia definitiva de la Corona española. El modelo de país no estaba aún resuelto, a al menos aquel modelo que casi un siglo después se impondría, con la “generación del ochenta” como ideóloga, sellando entre otras cuestiones la suerte de las comunidades indígenas de las llanuras que aún permanecían libres.

Fue un momento de transición en que todo pudo ser posible. Tal vez por eso acaecieron una serie de sucesos en donde los indígenas fueron activos protagonistas. Es que la Revolución no ocurrió exclusivamente en aquellas jornadas de 1810. Antes y especialmente después de esa fecha la ola de transformaciones continuó: los últimos enfrentamientos contra el español; la culminación del proceso independentista en estas tierras y el resto del continente; las luchas intestinas. La Revolución fue también el proceso de una sociedad colonial que se desprendió de su antiguo dominador, comenzando a construir su nueva y definitiva identidad.

También es la época de la irrupción en la escena social de otros grupos étnicos marginados como los afrodescendientes y los gauchos, que pugnan en el primer caso, por su liberación como personas y en el segundo, por el sostenimiento de sus valores y formas de vida tradicionales, aprovechando cierto espacio abierto después de su histórico sometimiento. En otras palabras: el movimiento de Mayo tuvo consecuencias para los pueblos indígenas y algunos de los hechos que en aquella etapa sucedieron sugieren la posibilidad de un camino diferente al que más tarde finalmente sucedió.

Los “pampas” contra “los colorados”: un acontecimiento en las vísperas

Cuatro años antes de 1810, el imperio inglés intentó hacer pie en esta parte del mundo. Mil quinientos soldados desembarcaron en Quilmes y emprendieron la marcha hacia Buenos Aires con el objetivo de tomarla. No sabían que estaban siendo vigilados por decenas de escrutadores ojos. Grupos de tehuelches y “pampas” debidamente ocultos vigilaron los movimientos de los recién desembarcados y los siguieron a distancia, hasta que pudieron confirmar sus intenciones. Las casacas de los invasores brillaban al sol. Fue así que los llamaron “los Colorados”.

Los ingleses tomaron rápidamente a Buenos Aires, pero no lograron consolidar la posición y tan solo dos meses después la población local desalojó a los atacantes. El Cabildo, convertido en el nuevo centro del poder desde la huida del virrey, sesionaba continuamente. Y fue esta institución la que mantuvo durante todo el período de la ocupación inglesa una singular relación con los indios de la actual provincia de Buenos Aires, que ofrecieron su apoyo a la gente de la ciudad. Las Actas de esos años asi lo atestiguan.

Poco después sobrevino un segundo y más poderoso desembarco inglés, que también fue rechazado, siempre con el ofrecimiento de los indigenas de aliarse a los defensores de la ciudad. Las comunidades originarias intentaron participar en la batalla contra los invasores, aunque los temores, la distancia cultural, la desconfianza y quizás el desprecio por los hijos de la tierra pudieron más. Es probable que incluso la idea misma de tener a centenares de guerreros indígenas dando vueltas a caballo por Buenos Aires, hizo optar a los cabildantes por la no aceptación de los ofrecimientos.

Lo cierto es que la posibilidad de contar con ese apoyo existió. No tantos años después, esta situación hubiera sido impensable, enfrascado el país naciente en una guerra abierta contra los pueblos de las llanuras e incapaz de pensar en las posibles vías de integración con ellos. Este instante de las vísperas dejó asi un mensaje: indios, criollos y afrodescendientes estuvieron juntos frente a un agresor común. Una ráfaga de la historia los encontraba del mismo lado.

La fiebre indigenista

En los años inmediatamente posteriores a la Revolución de 1810, se sucedieron un conjunto de decretos, leyes, oficios y disposiciones varias dirigidas a tratar de reparar la situación integral de las comunidades indígenas. Se procuraba borrar la imagen dejada por la conquista hispánica y atraer al mismo tiempo a esos pueblos a la causa revolucionaria.

Los antecedentes de la participación indígena durante las invasiones inglesas; el “servicio militar” que cumplían algunos indios de la ciudad en los cuerpos de “pardos y mulatos” y la proximidad efectiva y pacífica de muchos grupos aborígenes en la periferia de la ciudad alentaron la idea de un interés común entre ambas partes, más aún teniendo en cuenta la nueva situación creada de una virtual independencia del poder español.

En la petición del 25 de Mayo que llevaba más de cien firmas y por la cual se constituyó el Primer Gobierno Patrio figuran dos caciques. Poco después, el 8 de junio la Junta convocó a los oficiales indígenas que estaban desde hacía tiempo incorporados a los cuerpos de pardos y mulatos. Reunidos ante el secretario Mariano Moreno escucharon la Orden del Día, que disponía su igualdad jurídica, sumándolos a los regimientos de criollos, sin diferencia alguna y con igual opción a los ascensos. Esta disposición se hizo extensiva después al resto de las provincias.

Moreno fue un personaje clave en estos primeros momentos del proceso revolucionario. Había obtenido su doctorado en Chuquisaca, con una tesis sobre el servicio personal de los indios en el que hacía una vigorosa denuncia de los maltratos de que eran objeto las poblaciones originarias. Seguía los pasos del fiscal de la Audiencia de Charcas, Victorián de Villava, un defensor de los derechos de los pueblos indígenas, y se encontraba influenciado también por las ideologías emancipadoras, como la rebelión de Tupac Amaru, una insurrección que poco antes había marcado a fuego la historia de la resistencia indígena en América.

Otro personaje trascendente de esta etapa fue Manuel Belgrano quién tuvo la tarea de legislar para las comunidades guaraníes que pertenecían al régimen jesuita, estableciendo que sus habitantes eran libres e iguales “a los que hemos tenido la gloria de nacer en el suelo de América”, al mismo tiempo que los habilitaba para todos los empleos civiles, políticos, militares y eclesiásticos. En 1811 una nueva orden de la Primera Junta dispone que cada intendencia designe representantes indígenas.

Conmemorando el primer aniversario de la Revolución, Juan José Castelli, quién participaba junto a Moreno y Belgrano de un pensamiento politico de avanzada, tributa un homenaje a los incas en el centro sagrado de Tiwanaku, Bolivia, proclamando la unión fraternal con los indios

Por esos dias, Feliciano Chiclana, presidente del Triunvirato recibió al cacique general tehuelche Quintelau y a sus numerosos acompañantes.En la oportunidad Chiclana pronunció un discurso en el que puso de manifiesto la unidad con los indígenas, elogiándolos y considerándolos “amigos, compatriotas y hermanos”, aludiendo a la necesidad de constituir con ellos una solo familia.

Una medida fundamental de esa época fue la supresión del tributo, “signo de la Conquista” y símbolo del sometimiento indígena. Con fecha 1 de septiembre de 1811 la Junta sancionó el famoso decreto, en el que se definió a los indígenas “estos nuestros hermanos, que son ciertamente los hijos primogénitos de América” El decreto de extinción del tributo fue sancionado por la Asamblea General del año 1813 que además procede a la abolición de la mita, la encomienda, el yanaconazgo y todo servicio personal, declarando que los indígenas son hombres libres e iguales a todos los demás ciudadanos. Se ordenó además que el documento se publicara y se traduzca “al efecto fielmente en los idiomas guaraní, quechua y aymará para la común inteligencia”.

Salinas Grandes y la expedición del coronel García

Hacia 1770 los virreyes habían tomado conocimiento de la existencia del rico yacimiento de Salinas Grandes (actual provincia de La Pampa) y organizaron desde entonces expediciones anuales, para lo cual debían solicitar de los caciques el permiso para ingresar a sus territorios.

El gobierno revolucionario de 1810 no desconoció la importancia de las Salinas y con el fin de incentivar su explotación, encomendó al coronel Pedro García la preparación de una expedición de reconocimiento. También tenia como objetivo el buscar aliados entre los indígenas que permitieran al nuevo gobierno tranquilizar la frontera y fomentar su poblamiento. García no imaginaba por entonces que con esa misión iniciaría un camino personal sembrado por numerosos encuentros con las comunidades indígenas, que lo llevaría a convertirse para muchos caciques en uno de los pocos interlocutores válidos entre los “cristianos”. Era español de nacimiento, pero se había formado en América luchando contra los ingleses en las invasiones de 1806 y 1807 para luego continuar actuando en las filas de la Revolución.

La expedición de García abrió el camino a las posteriores medidas del gobierno vinculadas con la exportación de carnes saladas, y también introdujo en el territorio indígena una profunda cuña de penetración, sustentada en ese entonces por algunos de sus protagonistas en el diálogo, pero utilizada más tarde por otros para la guerra contra los pueblos de las pampas.

La construcción de una sociedad “con” los pueblos indigenas

La tendencia de aquellos momentos históricos fue más que interesante, más allá de que toda esta “fiebre indigenista” constituyó no pocas veces una “declaración de principios”. Muchos de los ideólogos de la Revolución señalaron un camino, una posibilidad cierta de construir una sociedad en la cual las diferencias fueran respetadas.

Si bien es cierto que estas politicas estaban dirigidas fundamentalmente hacia aquellas comunidades ya incorporadas y/o sometidas, o hacia las que como las del Alto Perú, todavía prestaban servicios a los españoles, los patriotas nunca descartaron intensificar el vinculo amistoso con los “rebeldes” tehuelches, mapuches, ranküllche y guaikurúes. Estos no encajaban del todo en los planes del proceso revolucionario, y hacian que las fronteras de Chaco, Pampa y Patagonia siguieran inestables y peligrosas con la inquietante presencia de los “territorios libres indígenas” en Tierra Adentro.

Varias experiencias de la época nos hablan de esos intentos de acercamiento. Fue lo que sucedió con San Martin en Cuyo mientras preparaba el Ejército de los Andes. Su politica y hechos concretos dejaron bien en claro sus aspiraciones de construir un pais que incluyera a los indígenas, de los que se sintió un hermano cuando los llamó con su ya célebre “nuestros paisanos los indios”. Muchos de aquellos patriotas impulsaron en 1816 los principales contenidos de las proclamas de la Independencia y a instancias de algunos las Actas fueron traducidas a las lenguas quichua, aymará y guaraní, para ser posteriormente distribuidas en las comunidades indígenas.

En esta línea de acción podriamos sumar los nombres de Dorrego, Artigas, Güemes o al mismo Rosas de la mayor parte de su actuación política, por mencionar sólo algunos de los revolucionarios que insistimos, pensaron una Argentina con los pueblos originarios.

Este singular tiempo y espacio del “Mayo indígena” fue el que confluyó con otro tiempo y espacio: el de la frontera, que por entonces desvelaba a unos y otros: los dos ámbitos fueron de transición, abiertos a distintas posibilidades; con varios caminos posibles por delante. Y esas arenas de las confluencias fueron desandadas no solo por aquellos patriotas sino también por los propios pueblos originarios, que sin renunciar a sus identidades y sus tradiciones, casi siempre apostaron a participar de la nueva sociedad en gestación. Una sociedad que imaginaron juntos, cuando la Argentina aún no era un pais.

VISIBILICEMOS NUESTRA HISTORIA. Los Pueblos Originarios siempre estuvieron en la Defensa de nuestros territorios, hoy llamado Argentina, siempre apoyando y en pos del bien común!

KAUSACHU!!

JAYLLI!!

JALLALLA!!

Bibliografía

– Martinez Sarasola, Carlos. 2013 [1992] Nuestros Paisanos los Indios. Vida, historia y destino de las comunidades indígenas en la Argentina. Del Nuevo Extremo, Bs As

– 2006. El Mayo Indígena. En: ¡Libertad, Muera el Tirano !. El camino a la independencia en América.; pp 51-69. Ediciones Madres de Plaza de Mayo, Bs As

Fuente: ANIA

Para los mapuche no hacía falta la revolución – Por Adrián Moyano

Cuando las Provincias Unidas del Sur empezaron a caminar hacia la independencia de la corona española, ninguna agrupación mapuche vivía en la jurisdicción real del Virreinato del Río de la Plata. Inclusive, el “derecho de gentes” ratificaba la soberanía e independencia de “pampas”, “puelches” o “aucas”.

“(…) y dio principio a su razonamiento por la falta que se cometía contra su respeto y mando general de aquellas tierras, en no darle parte anticipadamente por el virrey, del envío de esta expedición: que la laguna era suya, la tierra dominada por él, y ninguno, sin ser repulsado violentamente, podía ir allí: que repetía que él era el señor, el virrey y el rey de todos los pampas. Y todos los caciques sus dependientes esforzaron estas últimas razones de una manera fuerte, a beneficio de un pulmón de privilegio que le dio la naturaleza, en una estatura prócer y de aspecto imponente”.

Descripción que anotó el coronel Pedro García del parlamento que mantuvo con el longko Karüpilun en Salinas Grandes, el 17 de noviembre de 1810.

A pesar de sus límites, el proceso que principió en Mayo de 1810 se diferenció notablemente de otras revoluciones burguesas porque avanzó hacia la abolición de la esclavitud, meta que no figuró en el antecedente estadounidense. Además, se propuso suprimir la reducción a la servidumbre que padecían los pueblos indígenas desde la colonización española. Las dos fueron reivindicaciones “sociales” que brillaron por su ausencia en la Revolución Francesa o en la Gloriosa Revolución de 1688, sobre todo en los dominios coloniales de las respectivas metrópolis. Por otro lado, aquellos sucesos tampoco tuvieron como precedentes a un movimiento como el que lideró Túpaj Amaru hacia fines del siglo XVIII.

En el Río de la Plata, al menos una facción de los revolucionarios evidenció una firme vocación igualitaria y tuvo como premisa sumar indígenas a la causa. Con ese propósito, las nuevas autoridades legislaron en varias oportunidades con miras a la población originaria que vivía dentro de los límites del Virreinato del Río de la Plata. Por ejemplo, Manuel Belgrano ideó normas que garantizaran la libertad y la igualdad de los guaraníes. Según éstas, los habitantes de las misiones eran libres e iguales “a los que hemos tenido la gloria de nacer en el suelo de América” (Martínez Sarasola 1992: 156). También se determinó que quedaban habilitados para desempeñarse en empleos civiles, políticos, militares y eclesiásticos. En el contexto de las discusiones con el gobernador intendente de Paraguay, Belgrano libró un oficio en diciembre de 1810 en el cual acusaba al funcionario de promover la división entre los guaraníes. El texto se tradujo al idioma de ese pueblo.

En el frente del noroeste, a comienzos de 1811 la Junta de Gobierno le ordenó a Juan José Castelli que se incorporara una representación indígena por cada intendencia en el Congreso que iría a reunirse, “con igual carácter y representación que los demás diputados” (Martinez Sarasola 1992: 157). Unos meses después, la Junta de Gobierno sancionó la supresión del tributo, una de las instituciones más vergonzosas de la colonia española. El artículo 1ro del decreto derogatorio señalaba que “desde hoy en adelante para siempre queda extinguido el tributo que pagan los indios a la corona de España, en todo el distrito de las provincias unidas al actual gobierno del Río de la Plata, y que en adelante se le reuniesen, y confederasen bajo los sagrados principios de su inauguración” (Martínez Sarasola 1992: 159). Esa norma contó con la ratificación tiempo después de la Asamblea del Año XIII, que además eliminó la mita, la encomienda y el yanaconazgo, metodologías muy cercanas a la esclavitud. El cuerpo legislativo ordenó que se imprimiera y publicara “este Soberano decreto en todos los pueblos de las mencionadas provincias, traduciéndose al efecto fielmente en los idiomas guaraní, quechua y aymará, para la común inteligencia” (Martínez Sarasola 1992: 160).

Sin jurisdicción

¿Por qué las primeras disposiciones gubernamentales de las Provincias Unidas no se tradujeron al mapuzungun? La respuesta es simple: al momento de iniciarse el proceso que terminó con la independencia de España, ninguna comunidad mapuche vivía dentro del territorio que la nueva entidad heredaba de Madrid. 300 años después de la llegada de los españoles a las costas del Río de La Plata, las diversas agrupaciones que conformaban el pueblo mapuche seguían en el ejercicio de su independencia y libertad, sin sufrir sujeción alguna por parte de la corona española ni de sus autoridades americanas. Por eso, ni la Primera Junta, ni la Junta Grande, ni los triunviratos, ni los directores supremos, ni los gobernadores, ni los primeros presidentes argentinos tuvieron la oportunidad de legislar sobre los mapuche. Simplemente, no tenían jurisdicción sobre el Wallmapu.
Salvo en el espacio territorial del occidente cordillerano que los  mapuche  denominan Pikunmapu, las instituciones castellanas resultaban extrañas a comienzos del siglo XIX. Las familias mapuche jamás pagaron el tributo real y las diversas parcialidades no necesitaron que las nuevas autoridades wingka proclamaran su libertad, porque hasta ese momento la disfrutaban con plenitud. Obviamente, aquella invitación a conformar el Congreso a raíz de un representante por intendencia no se dirigió a los longko. No por omisión o triquiñuelas de baja política, sino porque eran ajenos al proceso político que se desarrollaba entre los vecinos del puerto, aunque siguieran de cerca sus alternativas.

A fines del siglo XVIII y principios del XIX, los dominios coloniales bonaerenses se limitaban a una franja muy pequeña que recién en 1776 se pudo extender hasta el río Salado, que nace al sur de Santa Fe y desemboca en la Bahía de Samborombón. Aunque en la creación de la Intendencia de Buenos Aires se incluyera al territorio que actualmente comprende la provincia más las regiones de Pampa y Patagonia, fue más que nada una expresión de deseos ya que ese acto administrativo no se llevó a cabo sobre espacios vacíos de gentes o culturas. En efecto, en mayo de 1810 la provincia de Buenos Aires apenas si llegaba a los 200 kilómetros de ancho. Más allá, las distintas expresiones del pueblo mapuche, continuaban con su existencia en libertad y ejercían su soberanía. Las lof vivían según su cultura, organización social, su manera de entender la economía y según sus propios sistemas normativos. No necesitaban que nadie legislara por ellas. Y esa frontera no tenía nada de “interior”, como quiso hacernos creer el sistema educativo durante mucho tiempo, inspirado en una multitud de justificaciones intelectuales del despojo.

De igual a igual

Ese estatus quo no obedecía solamente a un balance de fuerzas en el orden militar, tenía su convalidación a través de un número considerable de tratados que las autoridades coloniales habían celebrado desde el siglo XVII con los longko. La práctica había comenzado en Ngulumapu pero al este, los funcionarios españoles también rubricaron acuerdos “de igual a igual” y de “nación a nación” con las autoridades de las diversas parcialidades mapuche. Varios de ellos tenían vigencia al 25 de mayo de 1810 y si las Provincias Unidas del Río de la Plata se consideraron herederas jurídicas del virreinato anterior –por ejemplo, para reclamar las Malvinas- debieron respetar los acuerdos que los longko habían celebrado. En principio, esa conducta prosperó porque continuaron celebrándose tratados hasta tres años antes de la Campaña al Desierto, cuando la élite que decidía en nombre del Estado argentino asumió la política de violarlos.

Las primeras “paces” entre las autoridades ibéricas y grupos mapuches se celebraron alrededor de 1734 aunque que hasta donde sé, no se recuperó el texto. Pero hacia 1742 se estableció otro acuerdo que fijó como “lindero” entre las lof en libertad y las posesiones coloniales “el Saladillo, que ciñe dichas instancias de Buenos Aires” (Levaggi 1998). Al celebrar tratados de esa índole, la contraparte española reconocía en forma implícita y a veces explícita, la independencia y soberanía de los mapuche más allá de ese río, aunque en los papeles se refiriera a “pampas”, “puelches” o “aucas”, entre otras denominaciones. Hacia 1790 se firmó otra capitulación entre oficiales españoles y varios longko mapuche. Uno de sus artículos establecía con claridad que “siempre que pasen a potrear los indios sobre las costas del Salado, no deberán pasarlo de las partes norte cuyo campo corren nuestras partidas, para evitar todo disturbio entre indios y cristianos”. Es el Tratado de Paz de la Laguna de la Cabeza de Buey, que se rubricó el 3 de mayo de 1790, cuando el Virreinato del Río de la Plata llevaba 14 años de existencia. Al parecer, hizo falta un acuerdo complementario, en cuya normativa se caracteriza como “nueva república” a los mapuche que por entonces, vivían en las sierras de Tandil y del Volcán. Inclusive, reconocía como “cabeza” al ñizol lonko Kalfükir. Tratados similares se firmaron entre las autoridades de Córdoba y Mendoza, con otras parcialidades mapuche. Algunos resultaron francamente desfavorables para los lonko y su gente porque se acataron en situaciones de derrota, pero aun así los españoles admitían la existencia de otros colectivos políticos e inclusive de nacionalidades, fuera de sus dominios.

”Infieles” en libertad

Ese era el cuadro de situación cuando las Provincias Unidas del Sur iniciaron su revolución. Con la firma de los mismísimos Cornelio Saavedra y Mariano Moreno, la Junta y el Cabildo ordenaron el 6 de septiembre de 1810 “se verifique en este año la acostumbrada expedición a Salinas”. Designaron comandante de la columna al coronel Pedro Andrés García, que llevó un diario de su periplo. En aquellos tiempos, acceder a la sal de las lagunas era vital para la economía y era costumbre que inmensas caravanas se adentraran en los territorios ajenos a Su Majestad para retornar con la preciada carga. García recién arrancó el 21 de octubre de 1810 y dos jornadas después, anotó: “en este día se caminó desde las 6 de la mañana hasta las 11; se hizo observación, y emprendida la marcha de la tarde, llegamos al paraje nombrado las Saladas, que es el fin de nuestras poblaciones, más internadas por este punto al infiel” (De Angelis 1836: 302). La evidencia es incontrastable: desde la Guardia del Luján (actual Mercedes), la jurisdicción que ahora intentaban ejercer los patriotas de Buenos Aires, apenas si se extendía a un par de jornadas de trabajosa marcha. Desde allí y hacia el sur florecía el territorio mapuche y gününa küna en libertad. Sus habitantes no necesitaron revolución alguna porque una versión muy radicalizada de la democracia imperaba allí desde siempre y en igualdad.

Bibliografía

– García, Pedro Andrés. “Diario de un viaje a Salinas Grandes en los campos del sud de Buenos Aires”. En De Angelis, Pedro. “Colección de obras y documentos relativos a la historia antigua y moderna de las provincias del Río de la Plata”, Tomo cuarto. Editorial Plus Ultra. Buenos Aires. 1969 (1836).

– Levaggi, Abelardo. “Los tratados con los indios en la Argentina”. Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales. Buenos Aires. 1998.
– Martínez Sarasola, Carlos. “Nuestros paisanos los indios”. Emecé Editores. Buenos Aires. 1992.

Fuente: En estos días