Malvinas, pueblos originarios y memoria


Reproducimos dos artículos que cuentan parte de las historias que vinculas al conflicto bélico en las Islas Malvinas 1982 y los pueblos originarios que habitan el hoy denominado territorio argentino.

Pueblos Originarios en Malvinas, una historia que condenaron al olvido

Utilizados primero para poblar y después para batallar, los pueblos originarios siguen persiguiendo ser visibilizados y respetados. Una deuda que parece no cancelarse jamás. Si bien se desconoce el número exacto, unos 100 ex combatientes que pelearon en la guerra de Malvinas provenían de los pueblos Qom, Wichi, Mocoví y Mapuche entre otros. Muchos de ellos aseguraron que no sabían que iban a una guerra y que fueron discriminados en las asistencias tras el conflicto bélico según un estudio de la Coordinadora de Comunicación Audiovisual Indígena (CCAIA).

Siempre en el ápice de la historia

La palabra hegemónica proveniente de la elite dominante primero, y la educación sarmientina después, se encargaron a lo largo del tiempo de escribir la historia oficial a su imagen y semejanza. Un derrotero en donde el indígena y el gaucho fueron combatidos por vagos, rebeldes y bárbaros.

Un camino pedregoso y sangriento para todos aquellos que debieron soportar atropellos y vejámenes de todo tipo. La sangre derramada hasta estos días, encuentra a los primeros habitantes interpelando nuevamente al olvido, al silencio, a esa negación que busca invisibilizarlos una vez más, para seguir escribiendo con letras falaces, una historia que los tiene como actores principales de una obra con guión racista.

¿Los Yámanas fueron los descubridores de las islas?

Teorías con argumentos muy sólidos, abonan que uno de los posibles descubridores de las Islas Malvinas, fueron los Yámanas, aborígenes de origen nómade que vivían en la mitad sur de Tierra del Fuego. Una canoa construida con tronco de un árbol desconocido para esos arrabales, un perro-zorro (hoy extinto) denominado “guará”, una especie que evolucionó de los perros de los Yámanas, una punta de flecha, consolidan la idea de que esta tribu de América del Sur piso por primera vez las islas.

El recupero de la soberanía de Malvinas en 1833

Un navío de guerra norteamericano yace en las costas del lugar: es la fragata USS Lexington, una de las tantas que llevan el mismo nombre de aquella que en diciembre de 1831 destruyó casi por completo las defensas argentinas asentadas en Puerto Soledad, Islas Malvinas, cuando gobernaba don Luis Vernet. Este había arribado el 10 de junio de 1829 para establecerse oficialmente en la Isla Soledad como Primer Comandante Político Militar bajo el pabellón argentino. Sin el apoyo de Buenos Aires, nada pudo hacer ante las nuevas directivas, la bandera inglesa comenzaría a flamear en tierras malvineneses.

La historia volvería a cambiar, cuando la inesperada acción de un grupo de peones rurales encabezada por el gaucho Antonio Rivero. De los 13 gauchos que todavía vivían en las islas, un grupo de ocho de ellos se sublevó en desacuerdo con la situación, el 26 de agosto de 1833, seis meses después de la ocupación británica de las islas. Su líder era Rivero, lo secundaban otros dos gauchos: Juan Brasido, y José María Luna; más cinco indios charrúas: Luciano Flores, Manuel Godoy, Felipe Salazar, Manuel González y Pascual Latorre.

La explotación y el maltrato se fusionaron para que estos dignos habitantes del territorio argentino llegados tiempo atrás a las islas, se complotaran y cambiaran el rumbo de los tiempos. Actuando por sorpresa, le dieron muerte al capataz y a otros 6, todos estos habían sido empleados por Luis Vernet, pero ya no respondían a él, sino a Inglaterra. Cuentan las crónicas, si bien no existe evidencia histórica, que la bandera argentina (en ese entonces azul y blanca) volvió a izarse. El 9 de enero de 1834 la llegada de dos flotas inglesas con gran número de hombres, volvería a resignificar la historia, una vez más. Recién el 21 de enero de 1834 los británicos lograrían recuperar el control de Puerto Soledad, Rivero junto otros gauchos e indígenas, tuvieron que rendirse para no ser asesinados, fueron trasladados como prisioneros al Reino Unido. Si bien no existe exactitud en lo sucedido, pasado un tiempo no muy prolongado fueron trasladados a Montevideo y allí liberados.

Casi 150 años después, un regreso más de que desafortunado

El 2 de abril de 1982, tropas argentinas desembarcarían en las islas Malvinas, Georgias del Sur y Sándwich del Sur ¿El propósito? Recuperar lo que siempre se consideró como propio, ese entrañable territorio austral.

Corrientes y Chaco fueron las dos provincias que más combatientes enviaron a la guerra de Malvinas, jóvenes reclutas que muchos de ellos no llegaban a los 18 años de edad. Tal como sucedió en las invasiones inglesas, y en los ejércitos de Belgrano, San Martín y Güemes, la sangre indígena derramada, buscó ser ocultada y silenciada.

Las culturas que habitan este territorio en el Sur hace más de 12 mil años y en el Gran Chaco entre 2500 y 5 mil, no pueden quedar en el olvido cuando se habla de soberanía y descolonización. Pero claro, no deberíamos olvidar que el Estado Nación argentino se levantó gracias a un genocidio escabroso de habitantes originarios de la Patagonia.

Resistir al olvido y al mismo Estado opresor

«Vimos con agrado que el gobierno anterior haya instalado una posición de soberanía sobre Malvinas en la comunidad indoamericana, logrando el apoyo total de los países de la Celac o la Unasur, pero, en nuestra opinión, le faltaba el componente de pueblos originarios”, diría Juan Chico, docente e historiador Qom.

“Los Qom del Chaco en la Guerra de Malvinas: Una Herida Abierta”, es el nombre del libro bilingüe que Juan Chico junto a su equipo de investigadores pudieron llevar a cabo. Un maravilloso trabajo de cinco años, un recorrido histórico desde el 1800 hasta la actualidad, enriquecido de testimonios de indígenas que estuvieron en el frente de batalla del conflicto bélico que dio cierre a la dictadura militar más cruenta de la Argentina.

«La presencia indígena es previa a la ocupación británica. Por eso queremos remarcar esto en el Comité de Descolonización de las Naciones Unidas, que las Malvinas no sólo son argentinas, sino también indígenas», enfatizó el historiador.

Varios fueron los pueblos que enviaron a sus hijos a batallar contra un ejército poderoso y despiadado. Uno de ellos es el Qom, que en la figura de Benito González encontró la voz de un relato tan triste como indignante.

“No nos habían dicho nada, llegamos a las islas y ahí nos enteramos de la guerra. Al principio nos reíamos porque no creíamos, pero así fue”, contó González.

Maltrato, racismo y hambre, tres pilares deleznables que marcaron su estadía, “recuerdo que en la primera casa que nos tocó revisar, estaban tomando un café con leche, no pude resistir el hambre y la tentación, tuve que robarme un pan casero. El cabo segundo me castigó, hubo muchos hermanos que fueron estaqueados y azotados. Los porteños nos decían “cabecitas negras”, “negros caqueros”, estamos acostumbrados a los maltratos a lo largo de la historia”.

Pasaron 30 años para que el barrio le diera importancia a la presencia de Benito González en la batalla de Malvinas. Sostiene con voz firme e impertérrita, que siempre fueron los pobres a los que mandaban primero al muere, por eso tanto Chaco como Corrientes perdieron a muchos coterráneos.

Eugenio Leiva también es un ex­ combatiente Qom, empoderado por los últimos reconocimientos y el apoyo de Juan Chico, no dudó en brindar su opinión al respecto, “me tocó pasarla muy mal gracias a nuestros jefes, nosotros teníamos enemigos en el frente, y enemigos en nuestro mismo frente. Nuestros propios jefes nos estaqueaban y azotaban con cintos, nos hacían desnudar a pesar de esas bajas temperaturas para que el sufrimiento sea más grande”, indicó Leiva, quién no tiene empacho de denunciar estos hechos aberrantes dignos de una miserable dictadura militar.

“Sueño con poder prender un vela, o llevar a una flor a mis camaradas caídos en Malvinas. Aún no he podido regresar, pero no quiero partir de esta tierra sin hacerlo.”, concluyó.

En agosto del 2013, se logró que la Cámara de Diputados del Chaco sancionara la ley 7.277 que reconoce en su artículo primero, el 26 de agosto como el “Día del Veterano y los caídos indígenas en la guerra de Malvinas”. Un homenaje a la revuelta del gaucho Antonio Rivero, quién en 1833, recupera, junto a un grupo de indígenas, el territorio de las Islas.

“El 80% de los veteranos indígenas, no tiene una vivienda digna. Cuando el 80% de los veteranos no indígenas, sí tienen viviendas dignas y sus hijos tienen acceso a puestos de trabajo”, concluyó Juan Chico.

Cabe destacar que un importante números de soldados de origen Mapuche también ofrecieron su vida por una soberanía que suele utilizarse como excusa para reprimirlos y criminalizarlos hasta estos días. La perversidad de la guerra, la hipocresía de un Estado que encuentra el eco necesario en su pueblo, no podrán alterar la historia escrita por los oprimidos, por los despojados.

Ellos siguen allí, su dignidad y entereza no los quiebra, sometidos, esclavizados, explotados y utilizados en los frentes de batalla más sangrientos, nuestros hermanos indígenas siguen clamando por visibilización y respeto para con su cultura. El Estado argentino sigue en deuda con los verdaderos dueños de estas tierras, las que siguen siendo saqueadas a como dé lugar utilizando el termómetro del capital. Es menester luchar para que la memoria no permanezca incompleta.


El “Indio” Raninqueo, obuses contra ingleses y poesía para Kalfükura

Bisnieto de un longko, Martín peleó contra los ingleses en las Malvinas. Cuando aún su identidad era búsqueda y bajo el fuego de la guerra, escribió un poema que marcaría su camino.

Alrededor de 1875, el lonco Raninqueo pudo salir de Martín García, la isla que significó la muerte para demasiados mapuches cautivos. En 1982, su bisnieto Martín alcanzó a esquivar las bombas y balas inglesas en Malvinas, las islas donde perdieron la vida más de 300 soldados argentinos. El por entonces operador de mortero sabía que formaba parte del Ejército que un siglo atrás, había masacrado a sus mayores. No obstante, combatió hasta que su Sección recibió la orden de replegarse hacia Puerto Argentino. En la posición que había ocupado en el monte Wireless Ridge, nació un poema que invoca a Kalfükura.

“Soy bisnieto del lonco Raninqueo, que tuvo tres hijos. Uno de ellos, mi abuelo, falleció cuando mi viejo tenía 5 años. Ahí se cortó toda transmisión de la cultura pero sabíamos que éramos mapuches, indios decía papá”, según relató el músico y poeta para En estos días, desde la zona rural de La Plata. “De hecho, tanto a mi hermano como a mí, en La Plata nos conocen desde siempre como los Indios Raninqueo”, completó.

Parte de su historia es la historia de miles de familias mapuches. “No hubo transmisión en cuanto a nuestra cosmovisión, creencias, costumbres o la parte histórica de lo que habíamos pasado, eso lo fui investigando tibiamente a partir de mi regreso de Malvinas”, comentó. Pero “hay un poema que se llama Última carta, cuyas primeras líneas escribí en Malvinas. Después, acá lo corregí pero ahí ya lo nombraba a Kalfükura. Una de las líneas dice: […] y en instante crudo del miedo al polvo le pediré un río de sangre salvaje en las venas o hacerme fuego bajo las alas de Cafulcurá: No entregar Carhué al huinca, repitió en su agonía para después morir”. Premonitorio atisbo de identidad.

“Fue después de Malvinas que empecé a tapar ese bache que tenía papá, primero a través de libros, como muchos mapuches y después de grande, empecé a viajar a algunas comunidades”, reconstruyó el músico. “Hace algunos años fue importante conocer a Anahí Mariluan, que fue como una puerta para seguir buceando desde mi lugar artístico en el tema mapuche”. Durante los días de guerra, “también fueron muy importantes para mí las cartas que me mandaba mi viejo a las islas, cuando me escribía: no te olvides que somos indios y firmaba como el Indio Mayor (sonríe). Mucho más acá (en tiempo), fueron importante para mí en la búsqueda de nuestra identidad”.

Exterminar a los comunistas

Raninqueo atravesó su vida bajo bandera con “una gran contradicción. Tenía 18 o 19 años y había pasado mi adolescencia durante dictadura. Cuando fui a Malvinas, ya tenía un año de universidad, así que también tenía algún conocimiento sobre lo que estaba pasando con los desaparecidos. Toda esa cuestión la viví con mucha angustia en el Regimiento 7 de Infantería, porque los milicos nos hablaban de las locas de Plaza de Mayo, que había que exterminar a los comunistas, etcétera. De hecho, intenté hacer una colimba lo más prolija posible. Llegué a estar en el cuadro de honor de la compañía comando porque quería irme en la primera baja. Fui un buen tirador en las prácticas, en las cuestiones de desfilar y todas esas cosas. Igual, no salí hasta que mis viejos fueron a hablar al Regimiento”.

Hay que ponerse en la piel de aquel “indio” colimba. “Siempre tuve una visión muy crítica de Malvinas porque sabía que era una dictadura militar y también de manera incipiente, que el Ejército había cometido genocidio contra nuestro pueblo”. El conflicto interior se ahondó cuando “llegué a ver los fusiles Remington que se usaron en la Campaña al Desierto que tenía el Regimiento 7. Unos de mis puestos quedaba al lado de donde estaban las armas, cuando me explicaron que habían sido usados en la Campaña al Desierto, fue un impacto”.

Por historia y por presente, “tenía conciencia clara del momento que estaba viviendo, por eso yo no hablo de Gesta de Malvinas”, diferenció. Así y todo, “cuando se hizo la convocatoria para ir a Malvinas no recibí ninguna carta, me presenté voluntariamente. Fue algo visceral, pensaba que si a nuestros antepasados les había tocado enfrentar lo que tuvieron que enfrentar, hoy me tocaba a mí. Estaba preparado para hacerlo y tenía un hermano más chico, además de muchos compañeros o amigos del barrio que estaban en el Regimiento. Eso me decidió”, justificó Raninqueo.

En el campo de combate, el “Indio” bailó cerca de la más fea. “Estuve en la Sección Morteros Pesados, en el monte Wireless Ridge, al lado del monte Longdom, donde hubo una batalla muy dura. Cuando atacaron, con mis compañeros de Wireless Ridge tuvimos la posibilidad de armarnos porque por la cercanía, escuchamos los disparos, los gritos y los bombardeos. Eso nos dio tiempo a armar nuestros morteros y empezar a combatir. De cuatro morteros que teníamos quedó sólo uno, con el que estuvimos tirando gran cantidad de horas, hasta que el segundo jefe del Regimiento ordenó nuestro repliegue”, rememoró el músico.

Birome y guitarra

Después de esa orden, “caminamos alrededor de 10 kilómetros hasta Puerto Argentino, recibiendo toda clase de disparos porque íbamos por un camino que estaba marcado. Cuando lanzaban bengalas para ver, los ingleses tiraban. Cuando llegamos, venían prácticamente detrás, fui tomado prisionero y volví en el Canberra”, redondeó. “Mis días en Malvinas no fueron muy distintos a lo que cuentan los demás soldados, recibiendo bombardeos desde el 1ro de mayo prácticamente todos los días, casi siempre a la noche”.

Sin embargo, en aquellas penumbras de drama y muerte, entre la identidad y la música se confabularon para insuflar vida. “En lo personal, me aferraba al amor y sostén de mi familia. Escuchábamos Radio Universidad o Provincia, no recuerdo bien… Nuestros familiares tenían un programa y pasaban música. Algunas noches me tocaba cantarles a mis compañeros porque ya tocaba la guitarra, era el guitarrero de la compañía y me pedían que cantara. También llegué a escribir algunas cosas, Última carta es de principios de los ‘90, pero salió de esos momentos. Se publicó en un libro que se llama El viento también recuerda, un poemario de ex combatientes que editó Víctor Redondo a través de la editorial Último Reino”.

Varios años después del estrépito de los cañoneos, del hambre, el frío y la humillación, Martín pudo averiguar que “el lonco Raninqueo estuvo en provincia de Buenos Aires, fue primo de Coliqueo y su segundo cacique hasta que se separaron. Él se fue a La Verde y Coliqueo quedó en Los Toldos. Fue considerado un indio amigo y sobre todo en mi juventud, cuestioné esa posición pero después, con los años, empecé a entender otras cosas”, suavizó. “Tengo entendido que había tenido una buena relación con Kalfükura y que de todas maneras, terminó preso en Martín García. Uno de sus hijos murió enfrentando al ejército de Roca, según Meinrado Hux”. El sacerdote benedictino fue autor de varios libros sobre “caciques” del pueblo mapuche. “Después fue liberado de Martín García y vivió al sur del río Neuquén, donde estaba Purran. Luego estuvo en Bahía Blanca y falleció en Carhué”. Un hijo de aquel lonco, abuelo de Martín, “era sanador en la zona de Tres Arroyos, es decir, machi. Ignacio se llamaba. Eso sí contaba mi papá”.

Cuando tres años atrás, el Estado en su conjunto embistió contra el pueblo mapuche y sus demandas, Raninqueo no dudó un instante. “Enseguida reaccionamos con un grupo de compañeros. Fui a Capital con mi compañera y mi hijo, a la Casa de la Provincia de Chubut, con varias organizaciones de pueblos originarios a repudiar todo”, recordó. Mientras desde el gobierno de Cambiemos y la prensa cómplice se operaba para instalar que detrás de las recuperaciones mapuches se escondían intereses ingleses, el ex combatiente se movilizó y no estuvo solo. “Como en La Plata soy el único mapuche músico y que escribe poesía, me convocaron con otros artistas a la Plaza San Martín para que se escuchara nuestra voz. El Centro de Ex Combatientes, al cual pertenezco y fui fundador, acompañó el reclamo”. Los que estuvieron cara a cara con el enemigo no iban a tragarse así nomás el endeble chamuyo nacionalista de los neoliberales. Aquel soldadito lleno de contradicciones, se había hecho fuego “bajo las alas de Kalfükura”.

Fuentes: El Extremo Sur / En estos días