Reescribirnos


En el Colectivo Adalquí aprovechamos el 8 de Marzo como momento de reflexión sobre nuestra condición en estos tiempos. La palabra de la mujer (como de tantos/as/es otros/as/es) nunca es simple, encarna mucho que decir y es sometida a continuos exámenes para depurarla de politicidad. Pero celebramos que sean nuestras voces las que se manifiesten y no que estén sometidas a la voluntad de otro.

Sobre la palabra y la escritura

Nosotras no podemos seguir escribiendo suponiendo que hay un solo sujeto colectivo que representa a todas las situaciones de la humanidad: el sujeto universal que en castellano se manifiesta en sustantivos singulares o colectivos masculinos.

Entendemos que la cantidad de voces se debe necesariamente multiplicar, y que la monoconjugación de sujetos/verbos no nos representan, por dos razones: la primera es porque no creemos en la representación tradicional y la segunda porque en el mundo hay más de una voz.

Sobre la representación: no queremos ni necesitamos que nadie nos traduzca o nos reponga (res presente), nos vuelva presentes, en la escena pública. Si la palabra pública nos ha sido vedada históricamente, es hora de tomarla con los recursos que tengamos, las opciones que elijamos y atravesadas con nuestras discusiones. La palabra de la mujer (como de tantos/as/es otros/as/es) nunca es simple, encarna mucho que decir y es sometida a continuos exámenes para depurarla de politicidad. Pero celebramos que sean nuestras voces las que se manifiesten y no que estén sometidas a la voluntad de otro.

La segunda razón, es que si la multiplicidad de las voces aparece, es necesario que el lenguaje también se vuelva múltiple. Frente al monolingüismo del otro, debemos estallar el lenguaje, pues parece urgente dar cuenta de las diversidades sociales, de géneros, étnicas, culturales y las que surjan en el devenir.

Nuestra escritura acepta la divergencia, por lo que intentaremos dar cuenta de la diversidad, al menos de géneros, de los modos como nos surjan: as/os, @, es, x; de una manera desorganizada como sucede en la vida. El problema de encasillar las conjugaciones nos es totalmente ajeno.

Sobre el deseo

Hay una fuerza que nos atraviesa y nos impulsa a avanzar, a corrernos de los lugares establecidos, a amar, a gritar, a saltar, bailar y sonreir. El deseo es la vitalidad que nos impide quedarnos quietitas, donde nos dijeron toda la vida que deberíamos estar.

Nuestros movimientos de y entre los mandatos sociales nunca se hacen solas/es, siempre es con otras/es, también con otros.

Querer estudiar, desarrollar una carrera profesional, maternar, amar en paridad y libertad, por momentos se viven como imperativos contradictorios, esas tensiones las resolvemos como podemos.

Abordamos las tensiones, porque no esperamos que el mundo sea blanco o negro, sino que conocemos todos los colores que lo atraviesan y sabemos que es parte de su vitalidad. Luego, nuestras salidas siempre son colectivas: frente a la imposición disciplinadora binaria de encasillamiento de los cuerpos y las acciones, nosotras/es buscamos aliadxs para seguir adelante.

Sabemos que están ahí esperando las contradicciones, no las resolvemos, las atravesamos y, en los últimos tiempos, hemos decidido que nos deseamos ser felices en este tránsito.

La felicidad como pretensión de nosotras/es es una novedad histórica. Antes, en nuestra condición de subalternizadas/es, ser felices era una ilusión mercantilizada y atada a un proyecto familiar consolidado: papá proveedor, mamá –que puede trabajar afuera de la casa o no- encargada principalmente del bienestar del hogar y de encaminar que los/as hijos/as cumplan con los mandatos familiares. La heteronorma de la reproducción como forma de organización social.

Así como el acceso a los derechos estaba mediado por el hombre proveedor –cuando no lo estaba, aparecía el Estado como reemplazo de la falta-, también lo estaba el acceso a la felicidad.

Algo pasó, muchas luchas pasaron, y actualmente no esperamos ninguna mediación a nuestra felicidad, sino que es nuestra búsqueda constante.

Nuestro deseo no es a partir de la falta de nada, sino de la búsqueda de nuestra felicidad; su disfrute, una vez más, no es una acción solitaria sino colectiva.

Sobre lo que logramos

En este tránsito se han logrado avances generacionales: somos primera generación de universitarias en nuestras familias, intentamos vivir de lo que nos gusta –no sólo de lo que encontramos-, militar en varios espacios, realizar actividades colectivas, algunas maternamos.

En el medio, por supuesto, queremos romper nuestros techos de cristal y sacar los pies de los pisos pegajosos. Gritar en el espacio de lo público. Todo junto y ya!!!

La posibilidad de ser pacientes y esperar que la vida nos recompense nos está vedada: para lograr cualquier avance vital debemos demostrar el doble de trabajo que los privilegiados (varones blancos –o blanqueados-, sis, heterosexuales, cristianos), por lo que la intensidad de lo que hagamos siempre debe ser cualitativamente mayor. Por otro lado, sabemos que estamos viviendo plenos movimientos crueles reactivos, cuya máxima expresión son nuestras muertes en nombre del amor/posesión cada 30 horas.

No es sólo el deseo lo que nos mueve, sino también la plena conciencia de lo que logramos es puesto en cuestión permanentemente, juzgado en silencio y –a veces a los golpes-. Nuestra urgencia es el ahora por la oportunidad generacional que es este momento y por el resquemor que nos devuelvan al ámbito de lo doméstico una vez más. Se pone en tensión y contradicción al patriarcado como sistema normalizador y opresor, nos movemos contra su sistema.

Sobre nuestras violencias

La violencia patriarcal, y su introyección en las relaciones sociales como modo hegemónico de dominación, se traduce en que la violencia atraviesa las vinculaciones sociales. Pues, el patriarcado –como la mercantilización de las relaciones sociales- puede cambiar el sujeto de la acción (varones o mujeres) pero el objeto al que le aplica la violencia (física, cultural, simbólica) no cambia: mujeres, niños/as, trans, gays, lesbianas, entre otrxs.

Pensar y pensarnos a nosotr@s mism@s en el espejo de la lógica social dominante nos permite comprender nuestras acciones y también la de les otres.

El acoso, una violencia cotidiana: la mirada a nuestros cuerpos por partes, como si fuéramos una góndola de culo, tetas y piernas; el piropo; el avance en soledad cuando no nos podemos defender; los micromachismos de la imposición en todas (todas y cada una!!!!) las conversaciones; la voluntad de imponerse sobre nuestras ideas, palabras y cuerpos es permanente.

Cuando una grita, denuncia, llora, frente a una situación como esa es tratada con cuidado: ¿será cierto, no estará exagerando, no querrá otra cosa? En las comisarías se traduce en “para qué le voy a tomar la denuncia, si después vuelve con el otro”; “pobre tipo, mirá la loca de mierda como lo denuncia” o “seguro la muy puta le metió los cuernos y se queja”. Este prejuicio (efectivo socialmente) parte de la invisibilización sistemática de las violencias que vivimos en toda nuestra vida.

El grito es parte de una cadena de violencias que vivimos y de las que queremos salir. Una vez más, sin caminos lineales; pero tampoco solas.

No sobreactuamos, es que estamos cansadas/es y desesperadas/es porque son nuestras vidas, nuestros cuerpos, nuestros hijos, nuestras voces, nuestros derechos los que están en juego. Nos tenemos que cuidar y es ahora.

Usamos las palabras como nos salen y discutimos el lenguaje; tenemos nuestros logros y queremos el pleno ejercicio de estos; nos sabemos deseantes y nos encanta; por último, conocemos bien las violencias que nos atraviesan y buscamos caminos colectivos para no morir en el intento.