Neofeudalismo y «Glebalización»: Aldea global, servidumbre y precariado


La Gobernanza y el proceso global de unificación del mercado conformando una cadena de valor global y una producción deslocalizada en masa imponiendo universalización cultural sin arraigo y sin identidades auténticas que en el consenso académico se llama “globalización” no es otra cosa que el retorno a la gleba, la glebalizacion del mundo”. Por Cristian Taborda

Los siervos de la gleba eran personas del período medieval sujetas al señorío por su dependencia de la tierra la cual trabajaban para él. No estaban sujetos a ningún tipo de derecho de ciudadanía, individual o humano sólo obtenían protección ante el surgimiento de una guerra o invasión exterior a cambio producían en esas tierras para el señor y también labraban para obtener sus frutos propios en parcelas que le otorgaba la nobleza, nunca podían abandonar el suelo, estaban alienados, eran un mero instrumento de la tierra y su condición de siervo era hereditaria de generación en generación.

La palabra siervo tiene origen del latín servire, servir, ser esclavo o estar al servicio de. En cuanto a la palabra gleba, también del latín, comparte su raíz con globus que sería aglutinamiento, de ahí deriva globo como aglutinamiento de mesa compacta, en tanto gleba refiere a la tierra, un terrón de tierra duro que se labra. Un siervo de la gleba era un esclavo al servicio de la tierra si lo definimos desde su etimología. El siervo-esclavo trabajaba el suelo y el señor-amo usufructuaba su producción.

Hegel presta particular atención a esta relación en su fenomenología del espíritu. En la lógica hegeliana al momento inicial de reconocimiento, le sigue otro momento de negación al momento inicial no-reconocimiento y a este sucede un momento de superación del conflicto generando un desenvolvimiento de la historia al llegar a la autoconciencia, el autodespliegue del espíritu absoluto. Está dialéctica hegeliana va tener fundamental importancia posteriormente para Marx, quien la va tomar y va invertir el proceso partiendo del materialismo donde el hombre al transformar la naturaleza con el trabajo crea sus condiciones de vida. al revés de Hegel que parte desde el idealismo.

Cuando Hegel describe la dialéctica del amo y el esclavo, donde en una lucha a muerte por el reconocimiento, el deseo de ser reconocido por el otro, el amo no reconoce al esclavo y el esclavo por miedo a morir se somete al amo, el amo lo cosifica, lo vuelve un instrumento, ofrece seguridad a cambio de trabajo, el esclavo se constituye como Ser al estar en contacto con la naturaleza y trabajar la tierra, al transformarla. El amo se sitúa así en una posición parasitaria donde depende del trabajo del esclavo para sobrevivir, alli se invierte la situación inicial pasando el amo a ser esclavo del trabajo del siervo.

Aldea global: Señores y siervos

El sociólogo canadiense Marshall McLuhan instaló por fines de los ‘60 el concepto de aldea global para referirse a cómo el desarrollo de la tecnología y los medios de comunicación permitían conectar a los seres humanos desde largas distancias como si no hubiera tal, modificando totalmente la vida y la forma de organización social, haciendo parecer el mundo a una aldea en donde todos están comunicados y saben lo que sucede, sin importar el espacio que los separa. Esta conexión, difusión de imágenes y distribución de la información modifica el comportamiento del humano haciéndolo regresar a aspectos tribales.

El mundo simbólico es el que impera, la lucha a muerte por el reconocimiento del otro, el deseo de ser reconocido, surge el valor de exposición. El mundo, el globo (globus) vuelve a su raíz etimológica y la aldea global no es más que gleba.

El concepto de aldea global implica una contradicción al ser la aldea un espacio localizado en el cual se trabaja la tierra y lo global al ser un espacio deslocalizado desterritorializado, lo global subsume a lo local. El proceso de globalización implica el momento de no reconocimiento, de imperialismo señorial, la aldea de la plebe se encuentra bajo el dominio de la nobleza global. La nobleza global parasitaria se apropia del trabajo de la servidumbre y ofrece a cambio protección-seguridad simbólica en un mundo mediatizado. El siervo en esa lucha por el deseo de ser reconocido y el proceso de tecnificación global se vuelve una maquina deseante desterritorializada, como bien describe Gilles Deleuze.

La Gobernanza y el proceso global de unificación del mercado, conformando una cadena de valor global y una producción deslocalizada en masa, imponiendo una universalización cultural sin arraigo y sin identidades auténticas, lo que en el consenso académico se llama “globalización” no es otra cosa que el retorno a la gleba, la glebalizacion del mundo.

La glebalizacion es el mercado, el mercado es el espacio del cual los siervos no se pueden ir ni escapar, donde se trabaja para el señor. El nuevo siervo es sujeto de mercado, está alienado al mercado.

Neofeudalismo: Servidumbre y precariado

En el libro “capitalismo flexible. Precaridad y nuevas formas del conflicto”, relativamente reciente, el joven filósofo italiano Diego Fusaro retoma los conceptos de Hegel y Marx para analizar el capitalismo post 1989 en lo que él llama el capitalismo absoluto. Este es el momento donde el capitalismo logra su emancipación, donde una élite global, la única clase consciente de sí, la aristocracia financiera apátrida neofeudal, genera una masacre de clase: ya no precisa de la burguesía ni del proletariado, se constituye el precariado, una plebeización postburguesa y postproletaria.

La neooligarquia, sin patria, ni Dios, arremete contra la cultura burguesa: la familia, la universidad y el Estado. Se mete con sus raíces en el iluminismo y elimina su eticidad. Impone el monoteísmo del dinero, sustituye la trascendencia por la inmanencia del mercado, produce lo que Heidegger llamaba desdivinización, la destrucción de lo divino.

Fusaro distingue entre una global class y una pauper class, el señorío neofeudal y el precariado, la servidumbre.

Este precariado al igual que en el medioevo no es más que un objeto, un instrumento, es el siervo de la gleba que en la actualidad que llaman mercado está sujeto a él, ya no es explotado en la tierra es optimizado en el mercado, dejó de ser productivo para pasar a ser eficiente,desarraigado del pueblo para integrar la cadena de valor.

Esta aniquilación de la clase media burguesa por parte del capital especulativo es considerada una revolución pasiva por el autor italiano, como lo definía Gramsci, una profundización de la clase dominante para fortalecer su dominio, la omni potencia de la oligarquía financiera que todo lo mercantiliza despoja a la clase media de sus bienes materiales, en una primera instancia, a través de mecanismos financieros (el endeudamiento es uno), y en una segunda instancia la despoja de sus bienes simbólicos y culturales.

Le arrebata sus derechos, conseguidos durante los estados de bienestar, y en cuanto a lo cultural destruye todo lo que se vincule a la comunidad o identidad colectiva: blanco de ello son los sindicatos, la Iglesia, la soberanía y el Estado, todo lo que escape a la mercantilización o genere una organización comunitaria conciente para si.

Esa burguesía, que fue parte del proyecto capitalista siendo la clase dominante que imponía su forma de vivir, hoy es destruida por la nueva clase global que impone su cultura postmoderna, totalmente liberal y posthumanista.

Desarraigo y descarte

En la nueva gleba no hay distinción de izquierda y derecha, proletariado o burguesía, clase media o clase trabajadora, ambas se funden en el precariado, en la neoservidumbre sin conciencia y sin trabajo. Ahí radica el mayor golpe de la élite global. En Hegel, la transformación de la naturaleza mediante el trabajo por parte del esclavo lo proyectaba a la síntesis que superaba la contradicción y hacía depender al amo del esclavo por su trabajo.

Al romper la estabilidad laboral y sustituirla por tecnología, el ser humano queda desprovisto de transformar la naturaleza, por ende de generar su cultura mediante el trabajo. A su vez los flujos migratorios generan un ejército de reserva que hacen aumentar la “competitividad” y disminuir los costos laborales, profundizando la precarización con la amenaza de un sustituto inmediato de menor costo o la automatización. El ser humano queda desarraigado, anclado en un presente precario y sin poder proyectarse a un futuro, esa diferencia ontológica planteada por Heidegger entre el Ser y el ente, radicada en la existencia de reconocer el pasado y proyectarse al futuro queda destruida en tanto el hombre se vuelve un siervo alienable al mercado del que puede ser descartado.

La paradoja de la glebalización es que el capital elige el desarraigo de los pueblos, no quiere pueblos con raíces, no quiere patrias. La glebalización necesita de individuos desarraigados sin identidad, que no le permíta identificarse a lazos comunitarios, necesita de la movilidad constante, como los flujos financieros, que puedan integrarse fácilmente al interior del capital siendo parte de la cadena de producción especializada.

La gleba moderna, el mercado, es el único espacio habitable para el siervo precarizado actual, fuera de allí no cuenta con la protección de los señores neofeudales, la élite financiera, suerte o verdad es su destino, es el “Palacio de cristal” que conceptualiza Peter Sloterdijk donde todo lo exterior es interiorizado, lo público subsumido a lo privado, una sociedad invernadero que climatiza a sus individuos.

Es oportuno de citar a Dostoievski de quien Sloterdijk toma la metáfora del crystal-palace:

“Ustedes creen en el palacio de cristal, indestructible, eterno, al que no se le podrá sacar la lengua ni mostrar el puño a escondidas. Pues bien, yo desconfío de ese palacio de cristal, tal vez justamente porque es de cristal e indestructible y porque no se le podrá sacar la lengua, ni siquiera a escondidas.” Fiódor Dostoievski, Memorias del subsuelo.**

[N. del E.: Si despojamos a la Edad Media de la Leyenda Negra que gestó el Iluminismo, probablemente nos encontremos con siervos de la gleba gozando de una vida comunitaria y de buena parte del producto de su trabajo agrícola, con una clara identidad cultural y religiosa y un sentido para su vida y la de su familia. Muy probablemente estos siervos de la gleba medievales salgan favorecidos en una comparación con los pares contemporáneos que plantea el autor: la distopía totalitaria global en la que estamos insertos, con sofisticados mecanismos de espionaje, control, fiscalización, manipulación, adoctrinamiento y exclusión social, como nunca antes se había visto en la historia humana, convierte a estos nuevos siervos de la oligarquía financiera global en mero material de producción obsoleto y descartable.

Fuente: Motor Económico