Destejer la Colonia


Diagnóstico tras diagnóstico Argentina se cae a pedazos. En épocas de los llamados a la mayor empatía y la batalla cultural, de promesas de bienestar y equidad popular, y de llamar “excesos” o “inconductas” a la cadena de genocidios imperiales sobre nuestro suelo, se hace poco respecto de la situación colonial que determina el estado de situación. Por Chasqui Federal

Números

No hay un sólo informe del INDEC del último lustro que arroje algún resultado esperanzador. En materia de empleo, de los 25 millones de personas en edad de trabajar, el 20% se encuentra desempleado y el 37 % posee trabajo precario.Esta proporcionalidad, viene siendo una invariante desde 1980.

Según el último informe del último Censo Agropecuario publicado durante enero de 2020, existen algo más de 225 mil establecimientos agropecuarios, entre los cuales se reparten 170 millones hectáreas. La mitad de ellas está en manos de 5.000 firmas; e incluso dentro de ese mismo extracto, la pirámide posee proporciones similares. Es decir, la propiedad de la tierra tiene índices de concentración inusitados. Según estadísticas oficiales, en 1974, el país contaba con 550 mil establecimientos agropecuarios distribuidos en algo más de 63 millones de hectáreas. Cuarenta y cinco años después, la superficie integrada al proceso productivo se elevó 2,7 veces, pero la cantidad de productores se redujo a la mitad.

Mucho más podría decirse de los métodos de producción aplicados. Según el censo mencionado de las 36,7 millones de hectáreas destinadas a cultivos de alimentos, el 75% utilizó el paquete tecnológico y metodológico, mal llamado de “siembra directa”. Ésta, no es mala en si misma; sino que la clave está en que viene acompañada de un paquete cerrado de fertilizantes, insumos y maquinarias, instrumentados por firmas multinacionales (Monsanto, Bayer, Dow, entre otras ) y sus socios locales. Debe tenerse en cuenta que según los números 2018, Argentina produjo alimentos en una cantidad equivalente al consumo de 460 millones de personas en un año.

De todo ese volumen, sólo quedó en el país el 7,5%; es decir alimentos para 34,5 millones de personas. Si aplica la regla de tres simple, sobre una población total estimada en 45.000.000 de habitantes, se corroboran los números oficiales – aunque sin sus disfraces y derivados: la cuarta parte de los habitantes del suelo argentino padece hambre, y la mitad de ellos (cerca de 6 millones, son niños).

En materia industrial, el panorama es igual de desolador. En las últimas cuatro décadas y media, las industrias de base fueron, privatizadas, disueltas o aniquiladas por la extranjerización de la economía. De allí que el reclamo preferido de las pequeña y mediana empresa (las PyMES) sean los elevadísimos “costos” argentinos. Un primer problema radica, en que una gran porción bruta de los insumos que la PyME compraba a la industria de base nacional, ahora debe importarlos. Otro aspecto complementario al primero, es que los productos terminados de esa pequeña empresa, iban directo al consumo interno de bienes finales; o formaban parte de la cadena de proveedores de una industria de nivel y escala superior (ejemplos básicos: autopartes, herrajes en general, matricería), y generalmente de propiedad estatal. Ese país industrial dejó de existir. La gestión Macri aniquiló la pequeña industria, y a la grande (nucleadas en la UIA) la transformó en importadora.

Teniendo en cuenta todo lo dicho, analizando la balanza comercial argentina, se observa que el país está importando productos que allende los mares generan algo más de 7 millones de puestos de trabajo. Casi las dos terceras partes de ellos está produciendo bienes que bien podrían fabricarse en Argentina, en un periodo no mayor a ocho años.

Sin embargo, lo más innovador que se escucha por estas fechas, es el incentivo crediticio hacia la pequeña y mediana empresa, para que vuelva a funcionar al tope de capacidad instalada (hoy, según INDEC, lo hace al 40-45% según el sector); abastezca el mercado interno; y genere excedente de exportación. ¿Desafío al lector a que nos escriba enumerando cuántas pequeñas o medianas empresas yankees, chinas o alemanas conoce; y a cuántas le compró cosas?

Gente

En materia de población, a nivel el 90% vive en ciudades o zonas urbanas. El 72% en la denominada “zona núcleo agro industrial”; es decir: Capital Federal, Gran Buenos Aires, Provincias de Entre Ríos, Santa Fe, Córdoba y Mendoza. El resto del territorio nacional (salvo los “lunares industriales” de Resistencia-Corrientes; Posadas-Orán; Salta-San Salvador de Jujuy; San Miguel de Tucumán-Santiago del Estero-La Banda; y Neuquén-Cipolletti-General Roca) está prácticamente despoblado.

Hay zonas como Bahía Blanca; el eje Puerto Madryn-Rawson-Trelew; Comodoro Rivadavia-Caleta Olivia; el eje San Martín de los Andes – Bariloche – Esquel y localidades aledañas, que concentran núcleos poblacionales medianos a partir de las actividades económico productivas de la región.

No es un disparate decir que salvo lo mencionado, Argentina está desierta de personas. El 60 % del territorio continental está vacío. Pero, oh casualidad, la tierra y los recursos son privados; y según pasa el tiempo y en cada vez mayor proporción, también son extranjeros.

Otra datos de personas, familias y población: se calcula oficialmente que en Argentina hay 11,4 millones de hogares. Al mismo tiempo, casi 3.600.000 familias no tienen vivienda propia. Es decir que uno de cada tres hogares alquila, vive de prestado, o en la calle.

Destejer la invariante

Para cerrar vamos a hacer una invitación a jugar. Al diagnóstico anterior, le faltaron varios temas y aspectos analíticos que lo harían más jugoso, potente y urticante: el tema energético; la estructura de transporte; la cuestión Atlántico Sur; cuencas acuíferas superficiales y subterráneas; y varios más.

Los iremos abordando pero desde la siguiente manera de mirar el conflicto. Haga el ejercicio de superponer ambos mapas adjuntos: el de las Provincias Unidas del Río de la Plata a 1815, y el actual.

Luego, visualice todos los datos que manifestamos antes: las zonas productivas, la distribución de la población, la situación del empleo, y otros que puedan ocurrírsele. No sabemos qué es lo que ustedes van a ver, pero nosotros vemos varias cosas:

– Salvo por los “lunares” mencionados, la conversación político/económica y de poder real, sigue pasando por las mismas regiones que en 1815;

– Si a los mapas le dibujáramos las vías férreas, carreteras, cabotaje por agua y rutas aéreas; a excepción de la Provincia de Buenos Aires, el resto del mapa – en 2020 – quedaría prácticamente sin rayar.

– Las fronteras con territorios catalogados como “pueblos originarios”, estaban determinadas por ríos o accidentes geográficos que existen todavía y nos sirven de referencia. El corrimiento de los límites se hizo a partir de campañas militares y/o “expansiones” de las fronteras productivas. Cosas “normales” y necesarias para “poner a la Argentina en el mapa”. Tampoco hay que ofuscarse: los territorios integrados previamente al Virreinato del río de la Plata, se habían hecho de la misma forma.

Podríamos seguir con varias menciones por el estilo. Pero lo que nos interesa destacar aquí es lo siguiente: tanto en la época virreinal, como durante los doscientos cinco años que le siguieron, hubo una potencia imperial y sus cipayos ocasionales, que avanzaron sobre el territorio mediante la conquista; y la organización interna de ese territorio en sus formas política, económica y social obedecían el ejercicio del derecho de conquista. Sin ir más lejos, ¿no ejercen el derecho de conquista Gran Bretaña y la OTAN en nuestro Atlántico Sur? ¿O lo seguiremos pensando como un mero problema diplomático de disputa de soberanía?

Los pocos periodos donde hubo acción de gobierno concreta fueron importantes y vale la pena enumerarlos rápido: el Plan de Operaciones de Mariano Moreno entre 1810-1811, la gobernación de Cuyo por parte de San Martín entre 1814-1818 y la construcción del Ejército de los Andes; la gesta de Güemes en el Norte; la Liga de los Pueblos Libres liderada por Artigas entre 1813 -1820; los gobiernos de Juan Manuel de Rosas – y con él los López, Ibarra, Bustos, Peñaloza, Quiroga, Felipe Varela -; el Dr Francia y Solano López en el Paraguay; Oribe en la Banda Oriental; Yrigoyen; Perón…

Cada uno de ellos en su tiempo y sus métodos; con sus márgenes y posibilidades. Con sus aciertos y equivocaciones. Con sus marcos de alianzas – en ocasiones convenientes, en otras oportunos – y sus chivos expiatorios. Cada cual con sus victorias y sus derrotas.

Todos ellos lideraron proyectos con lógicas y destinos diferentes al de ser colonia para estas tierras. Hay una continuidad histórica en la caracterización de los conflictos, su escalada y sus formas de afrontarlos. Cada uno de ellos a su tiempo, en definitiva, desconoció el “derecho de conquista” imperial.

Salvo por el ya mencionado enclave británico en Malvinas, no se problematiza en la sociedad argentina ese permanente ejercicio de la conquista que somete al país. No está en la “agenda” gubernamental. No quieren que se les vea el culo

¿Acaso es casualidad que todos los datos ofrecidos al principio del artículo sean aceptados con resignación por parte de las autoridades?

¿Cree usted realmente que el hecho que la cuarta parte de la población esté sumida en el hambre es causa de la corrupción gubernamental?

Sinceramente y con la mano en el corazón, ¿de verdad piensa que tamaño desastre se arregla con frases hechas y pañuelos variopintos?

Lo dejamos servido; piénselo. Tómese su tiempo si quiere, pero hay que destejer la colonia. No es joda lo que se viene.

No fue inconducta, fue genocidio.

No fueron las fuerzas del mercado, fueron los medios de conquista.