BRUJAS


Rescatadas como icono de las reivindicaciones feministas o como filón comercial de la cultura popular, las hechiceras han regresado y se prodigan en libros, revistas, películas y series de televisión. Una invitación a superar el pensamiento disyuntivo y recuperar la potencialidad de la mente salvaje.

Una aproximación personal al tema de las brujas

Por Alba Nivas

Soy una bruja. En este momento puedo escuchar el peso de la carga semántica cayendo en el cerebro del lector. Percibo su agitación momentánea. Adivino las fugaces conjeturas que resolverá antes de seguir leyendo el artículo: es una broma / una provocación / una majadería.

Bruja. Pocas palabras designan una realidad tan elástica, inaprehensible y ambigua. Pocas excitan la imaginación de manera tan poderosa y subjetiva. En cada persona el término parece activar una peculiar alquimia de fantasías, deseos y temores infantiles bullendo en el caldo del imaginario colectivo. Ambiguo como pocos, el arquetipo de la bruja suscita una clara división entre los géneros. Por contraste con la hechicera estilo Circe bajo cuyos encantadores filtros pueden acabar convertidos en cerdos amnésicos, para los hombres heterosexuales la bruja es una vaga encarnación de la madre malvada, la mujer cruel, el poder manipulador, la furia y la impredecibilidad femeninas. Las mujeres por su parte, ante la disyuntiva entre la candorosa princesa que, con un simple bocado de la jugosa manzana, se duerme a la espera del príncipe destinado, se decantan mayoritariamente por la bruja, símbolo de potencia y sabiduría clandestina, una llamada a la subversión y la liberación del patriarcado.

Por suerte, los tiempos han cambiado. Las brujas regresan. Rescatadas como icono de las reivindicaciones feministas o como filón comercial de la cultura popular o el crecimiento personal, las brujas se prodigan en libros, revistas, películas y series de televisión; su estética se divulga en cuentas de Instagram y tiendas online de artilugios y productos mágicos… ¿Casualidad? ¿Una moda cualquiera? ¿Por qué justo ahora?

Vivimos tiempos sombríos. La década 2.0 se anuncia tensa. Los conflictos sociales estallan por todas partes. Es cada vez más evidente que el discurso neoliberal ha perdido legitimidad y se sostiene a costa de una ominosa represión policial. Difundida en tiempo real por las redes sociales, la violencia provoca consternación e indignación colectivas. Ante la cuestión ambiental, la brecha entre las generaciones se hace patente incluso en el seno de las familias. Pese a las armas de distracción masiva que saturan el espacio mental humano, los cuerpos se sienten amenazados por el cambio climático y la destrucción del mundo vivo. Presienten el peligro, sobre todo los más jóvenes. El enigma de lo que está por venir en las próximas décadas, la angustiosa imposibilidad de proyectarse en el futuro, la dificultad misma de enraizarse en un presente convulso y precario, acaso nos incitan a rescatar esa ignota figura femenina del granero de la historia. Quizá, inconscientemente, deseamos invocar el favor de las brujas y su trato privilegiado con una Naturaleza, cuyo implacable poder destructivo encoge secretamente el corazón seco de una sociedad envanecida.

Reinvindicarme bruja es una manera de apropiarme del viejo estigma y enarbolarlo en defensa de otra manera de aprehender y vivir la realidad. El mío no es un caso aislado. En Francia, país donde resido, las brujas salen a la luz sin complejos. Cometen fechorías de todo tipo: celebran rituales durante los equinoccios y los solsticios, militan por la justicia social y climática, pronuncian maleficios contra dirigentes políticos y entidades bancarias, escriben libros, crean piezas de teatro, ruedan documentales, películas. Incluso France Culture les dedica programas de vez en cuando. Tratándose de la cuna del racionalismo, el fenómeno puede sorprender, pero no es nuevo.

En 1975 se fundó la Revista Sorcières (‘Brujas’, subtitulada “Las mujeres viven”), un espacio de expresión literaria y artística para indagar sobre la particularidad de la creación femenina. Su manifiesto rezaba: “¿Por qué brujas ? Porque curaban. O envenenaban. Nada sobrenatural. Eran las curanderas y las sanadoras del pueblo. Eran las comadronas, quienes ayudaban a las mujeres a parir, a dar vida. También quienes las ayudaban a librarse de los embarazos no deseados. ¡Era demasiado! En el siglo XIV la Iglesia declara que si una mujer se atreve a curar, es una bruja y por lo tanto debe morir”. Fundada por la escritora y editora Xavière Gauthière, la revista se publicó durante ocho años. Entre sus colaboradoras figuran novelistas, poetas, académicas, psicoanalistas y artistas como Marguerite Duras, Hélène de Cixous, Julia Kristeva, Françoise Dolto, Leonor Fini, Chantal Chawaf, Michèle Perrot, por citar solo algunas.

Pocos años antes, en 1968, en Estados Unidos, nacía W.I.T.C.H. (Conspiración Terrorista Internacional de las Mujeres del Infierno). Este colectivo de feminismo radical irrumpió en una escena contracultural e izquierdista ampliamente dominada por los hombres. Relegadas a papeles de espectadoras o taquígrafas en las asambleas, a estos les reprocharon su paternalismo y la repetición de los viejos esquemas machistas. El colectivo reivindicaba “un concepto total de identidad revolucionaria femenina”, considerándose “el brazo activista del Movimiento para la Liberación de las Mujeres, teniendo como principal objetivo la América financiera y corporativa, aquellas instituciones que tienen el poder de controlar y definir la vida humana”; “W.I.T.C.H. significa romper el concepto de mujer como criatura biológica y sexualmente definida”; “Implica la destrucción del fetichismo de la pasividad, el consumismo y la mercancía”. Se propuso ampliar los términos del debate feminista más allá de la cuestión económica o de clase, insistiendo en la concepción del patriarcado como superestructura cultural. Dentro de la izquierda, el debate sobre el machismo resultaba incómodo y áspero para muchos militantes, de tal suerte que su discurso fue infravalorado o ridiculizado, cuando no calificado de contrarrevolucionario. Ajenas a las críticas, autónomas e ingobernables, las integrantes de W.I.T.C.H. se lanzaron a la calle, que utilizaron como escenario de teatro guerrillero, conjuros y protestas. Su actividad fue original y frenética, con acciones tan espectaculares como boicotear una edición de Miss América o un acto de Playboy con la aparición de una militante que se paseó desnuda portando una bandeja con una cabeza de cerdo entre los asistentes. Su discurso, crudo y demoledor, se reclamaba heredero de la brujería, recuperaba un lenguaje místico y colocaba la filosofía oculta al servicio de la herejía feminista. Difundía la idea de que cualquier mujer podía ser una bruja con tan solo repetir tres veces “soy una bruja” (“Si eres una mujer y te atreves a mirar dentro de ti, eres una bruja. Crea tus propias normas”). Su análisis enfatizaba el “poder interior” y “la revolución desde dentro”, revelando que la rutina de la vida diaria debía ser el teatro de la lucha.

Esa misma idea de poder interior está presente en The Spiral Dance, obra acerca del culto a la Diosa publicada en 1979 por Starhawk. La autora norteamericana es una célebre bruja y activista ecologista y altermundialista cuya influencia ha sido decisiva en el resurgimiento de covens (grupos de brujas de la tradición Wicca) por todo el mundo. La inteligencia sensible, pragmática, lúcida y lúdica de Starhawk ha contribuido a desterrar prejuicios y malentendidos sobre los nexos entre espiritualidad y política. Recientemente traducidos y difundidos en Francia, sus libros inspiran por igual a brujas, activistas y teóricas del ecofeminismo.

Publicada en pleno franquismo, en España ocupa un lugar destacado la obra de Julio Caro Baroja Las brujas y su mundo. De un rigor, apertura de miras y honestidad intelectual fuera de lo común, su estudio antropológico abarca un amplio ámbito histórico y cultural: la magia en el mundo grecolatino y los pueblos eslavos y germánicos, la demonología medieval, la brujería vasca en el S.XVI, los procesos inquisitoriales del siglo XVII, la crítica de la Ilustración y la permanencia de creencias mágicas, ya de modo residual, en el siglo XX.

Tratar de desbrozar la realidad de la brujería y de lo acontecido durante la caza de brujas no es tarea fácil. Sorprende y entristece la escasez de estudios históricos sobre el asunto, un verdadero genocidio hasta hace poco trivializado o rebajado a la categoría de anécdota folklórica. Hay que esperar a la publicación de Calibán y la Bruja, en 2004, la excelente obra de la historiadora Silvia Federici, para comprender en toda su magnitud el papel que la caza de brujas desempeñó no sólo en cuanto al destino de las mujeres, sino en el establecimiento de las relaciones de dominación y explotación que persisten hoy en día.

Federici apunta que la persecución de las brujas fue una cuestión tan importante como la colonización o la expropiación de las tierras a los campesinos durante el nacimiento y desarrollo del capitalismo. Su estudio incluye factores que Marx no tuvo en cuenta al examinar la acumulación primitiva durante la transición del feudalismo al capitalismo, como la creación de una nueva división sexual del trabajo que fue subyugando paulatinamente el rol de las mujeres a la producción y reproducción de la mano de obra, a la vez que se establecía un nuevo orden patriarcal que las subordinaba a los hombres y las excluía del trabajo asalariado.

Qué sentido tiene, cabe preguntarse, indagar sobre hechos tan lejanos en el tiempo, oscuros, truculentos, propios de una mentalidad irracional y supersticiosa ampliamente superada en la era científica. Para qué escarbar en el inconsciente colectivo femenino y hurgar en sus heridas; corremos el riesgo de activar el trauma y caer en un victimismo retrospectivo carente de sentido. Cierto. Podemos conformarnos con la rehabilitación cultural de las brujas, calarnos el sombrero negro puntiagudo y disfrutar de ese engendro lúdico-festivo halloweenesco que llena de fantasmas e improbables calabazas los bares y las tiendas. Renunciar a pensar siempre es una opción tentadora; sin duda la más promovida y aplaudida, se regodea con su masivo éxito. Pero también podemos tratar de comprender y desenmarañar una historia que nos concierne directamente, pues justifica la pervivencia de dogmas, categorías y valores que es necesario abolir y reformular. Aspiración de la que acaso participa también esa otra tendencia reciente a narrar una visión no idealizada de la maternidad, hasta ahora ausente del relato dominante. El deseo de confrontar al público con la realidad de una experiencia central de la vida humana, y por ello repleta de ambivalencia, vulnerabilidad, desgarro, frustración, fatiga y dependencia.

La necesidad de narrar esa complejidad es, por qué no, una forma de terapia colectiva. Cuántas lectoras y escritoras, al ser madres por primera vez, no han experimentado una desconcertante y dolorosa orfandad literaria. Cuántas no han experimentado la penosa soledad de avanzar en un territorio incógnito sin ninguna heroína novelesca de referente, convertidas en el escenario de una épica a la inversa: el “yo” dejándose colonizar por “el otro” durante nueve meses de paciente ternura e intermitentes sublevaciones inconfesables, hasta la ruptura de la bolsa amniótica y los últimos diques de contención psicológica….

En tiempos de crisis y desintegración cultural, el momento parece cuando menos propicio para observar con atención el reverso del mundo, la cara de una moneda que la Historia lanzó al aire y acabó estrellada contra el suelo.

El regreso de las brujas

Por Alba Nivas

Si algo se puede deducir acerca de las brujas es que el suyo era precisamente un saber telúrico, a ras del suelo, empírico, forjado a través de siglos y siglos de contacto con la naturaleza. Poseían un conocimiento tradicional exhaustivo de las plantas silvestres, de aquellas que podían sanar y de aquellas otras que podían envenenar o provocar estados alterados de conciencia. Las brujas que perecieron en las hogueras eran mayoritariamente habitantes de aldeas. Eran brujas rurales, pobres, que practicaban diversas formas de cultos paganos; ritos que a su vez eran vestigios de arcaicas culturas matriarcales del Neolítico europeo.

Según datos arqueológicos y testimonios de historiadores y geógrafos griegos, estos pueblos se organizaron con arreglo a un sistema de descendencia y formación de grupos sociales matrilineales. Entonces la mujer tenía un papel importante en la vida económica, como cultivadora de plantas variadas, y como sacerdotisa de culto a diosas madres con carácter ctónico y lunar. Tal era, según describe Estrabón, el modo de vida que caracterizaba a los pueblos cántabros y de otras regiones del norte de la península ibérica, en los que “la mujer gozaba de autoridad y significación económica pues trabajaba y era propietaria de la tierra”. Con el transcurso de los siglos, las invasiones que fueron trayendo nuevas religiones patriarcales modificaron sustancialmente tal posición.

Federici sostiene que si bien las mujeres campesinas en la Edad Media estaban sometidas a la tutela masculina, en la práctica no eran tan dependientes de sus compañeros varones ni estaban supeditadas a satisfacer sus necesidades como lo serían siglos después. Compartían solidariamente el sometimiento al señor feudal; pero por entonces el trabajo doméstico y la crianza no eran actividades devaluadas, no se diferenciaban de las labores agrarias, ni implicaban relaciones sociales diferentes a las de los hombres. Sus actividades contribuían por igual al sustento familiar, y se realizaban en la compañía de otras otras mujeres en relaciones de cooperación y solidaridad comunitarias. El verdadero proceso de degradación de la condición femenina se inicia con el nacimiento del capitalismo.

En contra de la creencia generalizada, que sitúa la caza de brujas en la Edad Media, hasta bien entrado el siglo XIII hubo bastante tolerancia hacia ellas. Mientras el paganismo aún conservaba suficiente fuerza social, la Iglesia se esforzaba en cristianizar a la población y defendía sus ideas mediante el diálogo y la predicación. Argumentaban que las brujas y los brujos eran débiles mentales, seres entregados a fantasías e ilusiones perversas, como los vuelos nocturnos o las metamorfosis en animales. A partir de la Baja Edad Media su postura cambió radicalmente, alertada por el surgimiento de diferentes sectas heréticas en un contexto de frecuentes crisis sociales y revueltas en el campo y en las ciudades. En dichas comunidades heréticas las mujeres gozaban, por cierto, de una posición más igualitaria y condiciones de vida más favorables.

La peste negra del siglo XIV supuso un colapso demográfico sin precedentes y cambió por completo la vida social y política europea. Por un lado se propagaron y agudizaron las rebeliones contra el orden feudal, y por otro se incrementó la presión sobre la fertilidad de las mujeres para paliar la crisis de mano de obra. Para entonces la Iglesia había clasificado como diabólicos los ritos paganos y el recurso a la magia, una cosmovisión popular cuyas prácticas eran generalmente ejecutadas por mujeres.

Con el Renacimiento las cosas se complicaron decisivamente para el género femenino. Mientras los artistas del Cinquecento pintaban orondas madonnas de aura beatífica tomando por modelo a las bellezas cortesanas, la persecución se cebaba con las mujeres ordinarias de toda Europa, particularmente en el Norte. Y lo hacía más frecuentemente a instancias de tribunales civiles que eclesiásticos, más preocupados por luchar contra las sectas heréticas que por la tradicional brujería.

Las causas penales podían iniciarse por un mero rumor o por denuncia privada, a menudo utilizando el testimonio de niños manipulados. Los jueces civiles gozaban de un poder absoluto e implacable; no existía ninguna garantía procesal para los acusados de brujería, mayoritariamente mujeres de todas las edades, incluyendo niñas, pues se creía que la brujería se transmitía por la herencia. Los delitos que les imputaban eran múltiples y variopintos: provocar la pérdida de cosechas y la muerte de ganado, causar naufragios, incendios, tempestades, causar impotencia o sensación de castración, esterilidad, abortos, dolores físicos o morales. Males, en definitiva, contra los que la sociedad no sabía luchar, deseos que no sabía cómo satisfacer y a menudo puras fantasías delirantes.

Como cabe imaginar en aquel clima de irracionalidad, no pocas veces la caza de brujas era motivada por rencillas entre familias, odios locales, venganzas pasionales o simples envidias. Fue también una manera de reprimir organizaciones y revueltas campesinas, en ocasiones lideradas por grupos de mujeres. En muchos otros casos, la persecución se dirigió contra parteras y curanderas que asistían tradicionalmente a las mujeres durante los nacimientos. Quitándose de encima su competencia, la naciente profesión médica masculina se inmiscuyó en la fecundidad femenina para prevenir abortos e infanticidios, por aquel entonces bastante frecuentes. La misoginia que predicaba la Iglesia legitimaba todo tipo de represión.

La práctica de la tortura en los procesos, cuyos jueces se mostraban obsesionados a la par que aterrorizados por la sexualidad femenina, era rutinaria: las desnudaban y les rapaban la cabeza para encontrar la marca del diablo –que podían ser lunares o simples pecas–, las golpeaban a voluntad, les clavaban instrumentos punzantes, les rompían los huesos, les amputaban los miembros, a menudo eran violadas. El tormento se usaba a discreción en ceremonias de escarmiento público a las que obligaban a asistir a sus familiares.  La retractación y el arrepentimiento no servían para librarlas de la muerte. Tales disposiciones venían recogidas en el Malleus Maleficarum (El martillo de las Brujas), un manual sobre delitos de brujería, impreso por primera vez en 1486, y que durante dos siglos fue el segundo best-seller de Gutenberg después de la Biblia.

Se estima que entre los siglos XVI y XVII perecieron ahorcadas o en las hogueras, acusados de brujería, entre 50.000 y 100.000 personas, de las que un 85% eran mujeres. Se cebaron con las ancianas, solteras y jóvenes, es decir, las no sometidas a la tutela de un marido, y, por descontado, especialmente con aquellas mujeres que manifestaban actitudes orgullosas, independientes o rebeldes.

Las consecuencias de este episodio, apenas conocido y obliterado por la historia oficial, fueron devastadoras. Como señala Federici, la caza de brujas supuso la destrucción de la fuerza social de las mujeres y las solidaridades comunitarias. Fue una manera de disciplinar la sexualidad femenina y someter el control del cuerpo de la mujer al poder de los hombres y del Estado. Este queda convertido en un instrumento de reproducción social al servicio de la acumulación capitalista al tiempo que va emergiendo un modelo de feminidad a la inversa. Si durante el periodo de la caza de las brujas a las mujeres se las consideraba salvajes, locas, lujuriosas e insaciables, a partir del siglo XVIII se las caracteriza como pasivas, castas, obedientes e íntegras, capaces de ejercer sobre sus maridos una influencia moral positiva.

La caza de brujas es un capítulo cerrado y contra el modelo sumiso las mujeres llevamos décadas rebelándonos. Ahora resulta que las brujas regresan. ¿Qué cabe esperar? ¿Un partido de la sororidad ganando las elecciones? ¿Sibilas en el consejo de ministros? ¿Campos de concentración para machistas contumaces? ¿El sistema de salud pública en manos de curanderas? ¿Concursos televisados de desbordamientos místicos? ¿Peluqueras rasurando las barbas de la Academia? Tout est possible, hagan sus apuestas…

Bromas aparte, lo que está claro es que en la actualidad las mujeres vivimos tiempos catárticos. El eco mediático global que encuentran las denuncias contra el acoso y la violencia sexual da buen testimonio de ello. Lenta pero inexorablemente, el movimiento feminista ha conseguido visibilizar la misoginia que impregna las instituciones y las relaciones entre los sexos. La predisposición ontológica occidental a encerrar el sexo en oposiciones binarias está en crisis, lo cual invita a pensar, esperanzadamente, que nos encaminamos a la integración de los opuestos. A la reconciliación, en definitiva, de dos dimensiones de la experiencia humana presentes en cada individuo por encima de sus características sexuales.

Este siglo de encuentro con los límites de la biosfera será también el de la maduración humana; un alumbramiento que se anuncia largo, doloroso, con atascos y aparentes retrocesos, igual que un parto. Entre las costuras de la realidad que se desgarra, bajo la constante presión del miedo y la incertidumbre, es posible, sin embargo, vislumbrar lo nuevo: una manera compasiva de relacionarse con el mundo y los seres que lo pueblan.

El regreso de las brujas es una invitación a superar el pensamiento disyuntivo y a recuperar la potencialidad de la mente salvaje. Librarse de seculares prejuicios condescendientes y comprender lo femenino en toda su complejidad puede ayudar a crear nuevos imaginarios para adentrarnos colectivamente en un inédito paisaje de alteridad, generación y resiliencia. Tal vez sea una buena manera de protegerse de tantos relatos catástrofistas que sólo conducen al abandono anticipado de cualquier forma de resistencia. Todavía nos queda la dignidad del presente.

Fuente: ANRed