La emergencia y recuperación de las memorias sociales como expresión viva de nuestros pueblos originarios es irreversible


Por: Dino Di Nella y Elisabet Almeda

 

Hacia finales del siglo XX y comienzos de éste, hay –independientemente de las particularidades de los procesos sociopolíticos y económicos de cada uno de los países del cono sur- un conjunto de circunstancias que convergieron para impulsar y lanzar definitivamente al espacio público y sociocomunitario las reivindicaciones de hacer presente la memoria.

Para entender mejor estas circunstancias, es bueno apelar a Mudrovcic (2005), cuando nos explica que nuestro pasado reciente o historia del presente puede ser definido a partir de los acontecimientos o los fenómenos sociales que constituyen recuerdos de al menos una de las tres generaciones que comparten un mismo momento histórico. Esto implica, entre otras cuestiones, que los hechos considerados en la historia del presente son los que transcurren durante los ochenta o noventa años más próximos al año en que se lleva a cabo el estudio.

De acuerdo con esta idea, cada vez habrá, inevitablemente, menos personas de las generaciones que vivieron los sucesos que iniciaron esta etapa histórica, alrededor de los años 1930. Es decir, desde la denominada década infame hasta el principio del peronismo, con los sucesivos golpes de estado en los países de la región y las precarias democracias representativas que se sucedieron entre los diferentes alzamientos cívico-militares (en nuestra zona, ello conlleva además, observar la particular transición desde los territorios nacionales hacia la provincialización de esos territorios).

En consecuencia, emerge un nuevo tiempo, reconfigurador de las relaciones y de las estructuras sociales. Un tiempo de cambio generacional, con nuevos espacios sociales y simbólicos de producción de historizaciones y de memorias.

Sin pretensiones de agotar, en un listado siempre arbitrario, todos los hechos representativos de este nuevo tiempo, podemos mencionar a los siguientes.

1) Las ofensas y el retorno de los recuerdos sobre la última dictadura que generaron los discursos y las prácticas de poder autoritario que hicieron los gobernantes de turno tras las elecciones en que fueron elegidos, especialmente durante los años 1990 y principios del 2000. Esto ha sido vivido por muchos represaliados y represaliadas como un “resurgimiento” o una continuidad simbólica de los regímenes autoritarios durante las democracias representativas. De esta manera, incluso los que habían creído, durante las transiciones político-institucionales, que con la renuncia a sus derechos de exigir justicia y verdad se habían asegurado el destierro del autoritarismo en sus países, se han sentido decepcionados e incluso traicionados. Ello permitió emerger y entrar en las disputas por la construcción simbólica de la realidad a otras memorias igualmente silenciadas y subalternizadas, como las del pueblo mapuche-chewelche.

2) El desarrollo del tejido asociativo y comunitario hacia las políticas de la memoria. El impulso inicial se ha dado con las luchas de las madres y abuelas de plaza de mayo en Argentina. Pero desde entonces, se han multiplicado exponencialmente la cantidad y calidad de proyectos y de entidades sociales y culturales hacia una memoria opuesta, no sólo a la historia oficial de los regímenes dictatoriales, sino también a la historia oficial generada “para” y “durante” las transiciones político-institucionales y las democracias representativas.

3) La existencia de importantes espacios intelectuales y comunitarios de conmemoración y rememoración. Desde los años ochenta del siglo XX y, muy especialmente, a partir de mediados de la década de los años noventa, un debate social de base y particularmente una destacada producción historiográfica desde la academia se constituyeron en una sólida referencia de la memoria del pasado reciente. Aunque no trascendió a la agenda pública hasta los años 2002-2003, ha sido clave para generar y/o canalizar buena parte del “hambre de memoria”. Así, el movimiento indígena de Río Negro y Neuquén desde finales de los años 1980, en el contexto de la eclosión producida en todo el continente a partir de los “500 años” en 1992 y el alzamiento zapatista de 1994, adquirió un gran dinamismo social.
4) La instalación mediática y comercial de la temática. Ciertamente, hay un alto riesgo de simplificación, banalización y mercantilización de la memoria como producto de consumo de masas. Pero, una amplia variedad de servicios y de productos culturales y artísticos ha permitido generalizar en todas las sociedades el acceso a las diferentes memorias sociales.

5) El desarrollo desde las administraciones públicas de los estados de diferentes sentencias judiciales, programas y proyectos legislativos para posibilitar nuevos actos de gobierno, que a la postre redundaron en procesos de re-conocimiento de la verdad, acceso a la justicia y recuperación y apropiación colectiva de la memoria cultural indígena.

Parece que, aún con probables excepciones, este nuevo talante se está forjando aún. Y más por las acciones y las presiones de unas organizaciones indígenas que no ceden en sus reivindicaciones de memoria y justicia, que por una nueva sensibilidad memorialística de la corporación política de los estados latinoamericanos.

En cualquier caso, desde el punto de vista político y sociodemográfico, la inminencia de la finalización de un tiempo y el comienzo de otro, en lo que respecta a la emergencia y recuperación de las memorias sociales como expresión viva de nuestros pueblos originarios, es irreversible.

 

Cita: Mudrovcic, María Inés (2005) “Historia, Narración y memoria: debatesactuales en filosofía de la historia”, Ediciones Akal S.A.: Madrid.