El amor no es cosa de palabras bonitas


“El camino hacia el infierno está plagado de buenas intenciones”. Así lo dicta el adagio popular. Dadas las dimensiones del conflicto global y su capítulo argentino, es necesario acomodar las fichas en el tablero. Ser buenos siervos del Señor, no evitará que sigamos siendo masticados por Lucifer. Por Chasqui Federal

Todo lo que van a leer, deriva de información oficial del Estado Nacional argentino. La misma es chequeable y contrastable. Pero los datos son solamente eso, en la medida que a los mismos no se los someta a un proceso de análisis e interpretación. Así le sacamos la cáscara de solemne exactitud a las matemáticas y desacralizamos los números. Las cifras no son inocentes, máxime cuando se trata de personas.

Del seguimiento de los últimos doce meses de los informes del INDEC en materia de población, empleo, actividad industrial y comercio exterior, encontramos que la denominada Población Económicamente Activa (en edad de trabajar, de 14 a 65 años) alcanza la cifra de 28,8 millones de personas. Cruzados y cotejados esos datos con informes de las áreas de empleo y desarrollo social, el Estado Nacional admite que algo más de 16,5 millones de argentinas y argentinos en edad de trabajar están desocupados, subocupados, o perciben planes sociales (estadística diferenciada que “encubre” los datos del verdadero nivel de desempleo).

Asimismo, durante 2018, el total en dólares para las exportaciones alcanzaron los 61.800 millones, y 65.500 millones para las importaciones. Es decir, la denominada Balanza Comercial tuvo saldo negativo. Argentina compró más de lo que vendió. Para 2019, las proyecciones oficiales preveen 65.650 millones para las exportaciones y algo más de 47 mil millones en importaciones. Si bien habrá que esperar a enero o febrero para que estos últimos datos se consoliden, la perspectiva no es disparatada: la balanza dará un resultado positivo, pero no necesariamente bueno.

Por último, el sector industrial registra para el Estado una volumen de actividad apenas superior al 40%. Es decir: 6 de cada 10 fábricas han quebrado, cerrado sus puertas, o consideran conveniente tener la maquinaria apagada.

A tanto número, le sumamos uno más. Voceros no oficiales de la recientemente asumida gestión de Alberto Fernández – pero que desfilan por los medios de comunicación -, admiten que para que Argentina supere “todos sus problemas con previsibilidad“, las exportaciones deben alcanzar los 90 mil millones de dólares en el próximo lustro. Una revelación de la carta de intenciones negociada con la Embajada norteamericana.

El camino de las buenas intenciones

En las últimas cuatro décadas, tanto las dictaduras como las administraciones keynesianas y liberales conservadoras (o neoliberales), se encargaron sucesivamente de desarticular y aniquilar el mundo industrial argentino. El país perdió vía privatizaciones o desguaces viles, los resortes estratégicos de su desarrollo. Mencionaremos algunos para situar el planteo: industria siderúrgica, industria naval, industria química y automotriz; mecánica y armamento; y las industrias energéticas, de hidrocarburos y derivados, entre tantas.

También esta lógica afectó a la provisión nacional de servicios estratégicos: ferrocarriles y fletes internacionales de ultramar; redes de comunicaciones; seguros, calificación y planificación de infraestructura.

Argentina así, volvió a la fase primarista de principios del siglo XX: neto proveedor mundial de productos agrícolas, pecuarios y mineros, con escaso valor agregado, y con normativas laxas e inconstantes en materia de controles a los modos de producción. De más está aclarar, que éstos últimos han devenido en sistemas de explotación de corte extractivista y con la aplicación de técnicas, insumos y paquetes tecnológicos extranjeros; sin la posibilidad de ser controlados y regulados por la legislación nacional.

Hacer un racconto de cada proceso particular estiraría por demás el presente artículo, por lo cual es materia pendiente de desarrollo.

Sin embargo, hay dos o tres “puntas” que con mencionarlas brevemente nos permitirán arribar a una sintética conclusión y lectura del presente.

A partir de los resultados de la reciente gestión de corte neoliberal encabezada por Mauricio Macri, además de la vuelta a los niveles astronómicos de endeudamiento externo, Argentina consolidó el modelo extractivista agrominero de perfil exportador, con base de sustento político en el empresariado nacional de dichos sectores, la banca y firmas monopólicas extranjeras. La gestión de Fernández ofrece como limitante a dicho encadenamiento, un perfil controlador de dichas actividades a fuerza de suba impuestos, tasas y promesas de control normativo.

El único objetivo en ciernes es el de recaudar pesos hacia adentro y capturar divisas vía exportaciones. Mecanismos de flujo de caja, que pretenden una distribución y subas -vía subsidios- del poder de compra de la población en el mercado interno, y el pago de la deuda externa -prácticamente en default y a la espera de una renegociación de plazos, intereses y capital.

Se supone, si así los tiempos y las condiciones de gobernabilidad negociadas con los organismos internacionales de crédito y la Embajada lo permiten, que el Estado reimpulsará el sector de la pequeña y mediana empresa – tradicional generadora de empleo y actividad -, y su movimiento contagiará a las economías regionales de corte agropecuario.

Escaleras al cielo

Negar continuamente el conflicto, o disfrazarlo, no hará que éste desaparezca. Argentina es un país colonizado y dominado por el yugo imperial. “Aunque la mona vista de seda, mona queda”; las categorías “colonia” o “yugo imperial” podrán sonar anticuadas pero son las vigentes. Están vivas y saludables.

La clave de tanta vitalidad está en el esquive permanente a las causas del problema: la apropiación del trabajo argentino por parte de las potencias industriales, y la velada ocupación de territorio que dichos países realizan para capturar el mercado interno y los recursos naturales.

Es un mecanismo de pinzas: el país exporta materias primas agropecuarias, recursos mineros y energéticos sin valor agregado. Es decir, sin el trabajo humano aplicado en su transformación, que es lo que le otorga valor a las cosas. Dichas ventas al exterior además, se hacen a un precio no establecido en Argentina y por mecanismos tampoco controlados por nuestro país. La única alternativa que parece tener ésta dinámica, es la suba de impuestos a los resultados de esas operaciones. Por eso las “retenciones al campo” vuelven a ser la estrella del momento.

Un punto más o un punto menos en los impuestos a las exportaciones no van resolver las condiciones de dependencia que padece Argentina. Sólo elevarán su flujo de caja, ya de por sí en permanente tensión con las prácticas devaluadoras. Las retenciones al campo no le generan conflicto al Imperio. Todo lo contrario, le dan letra.

Basten de ejemplo las hermanas Chile y Bolivia. La crisis de la sociedad chilena no es molestia para Estados Unidos, China o Europa. El país trasandino mantiene nacionalizado el cobre, por el cual recibe la renta que le proporciona el mercado internacional. El mineral se vende a granel y sin valor/trabajo agregado a los países mencionados. Éstos ante el estallido social, manifiestan que es propio de regímenes externos y grupos de agitadores internos; y que dicho conflicto se zanjará a partir de “los mecanismos institucionales de autodeterminación democrática del pueblo chileno”. O sea: “problema de los chilenos; nosotros compramos el cobre al precio que pusimos”; dirán en las mesas chicas de Washintong, Beijin, Londres, Berlín o París.

No reaccionaron igual dichas reuniones a partir del tema boliviano. El gobierno de Evo Morales nacionalizó el litio y los hidrocarburos, y había comenzado el camino de incorporación de valor/trabajo a esos insumos primarios, acorde a las pretensiones bolivianas y con precios de venta al exterior establecidos por los bolivianos. Bolivia no vendía el litio a granel, vendía la batería. Por eso Evo fue derrocado mediante un golpe de Estado el pasado 10 de noviembre. Su gobierno fue tildado de “régimen autoritario”, aunque había ganado las elecciones que lo renovaban en el cargo por amplia mayoría.

Bolivia sólo estaba haciendo lo conveniente: a las materias primas de su propio suelo, le incorporaba trabajo de su propio pueblo, con las lógicas de producción de su propio pueblo. Aquí no hubo autodeterminación que valga: la estrategia imperial de apropiación del trabajo y la ocupación del territorio de los países periféricos se había visto jaqueada y había que revertir el orden de funcionamiento.

El infierno está encantador esta noche

¿Cómo está Argentina en esa danza? Parecida a Chile y muy lejos de Bolivia. Volvamos a los números y cerramos:

Según las estadísticas oficiales expuestas al principio y mirando la composición de las importaciones, el 96% de las compras son productos manufacturados de mediano y alto valor agregado. De ellas, el 60% pueden ser producidas en el país con la mera voluntad política de hacerlo. Para el restante 40%, harían falta varias décadas de desarrollo productivo en materia industrial e incorporación de tecnología.

En total, usando cánones de evaluación internacional de trabajo aplicado, precio/valor de la hora de trabajo humano y reflejo social del proceso industrial, los 65.500 millones de dólares que Argentina importó en 2018, significan casi 7 millones de puestos de trabajo en los países potencia. Esos productos se venden el mercado interno nacional en detrimento de la propia industria argentina, pero garantizando la supremacía de los centros manufactureros allende los mares.

Dijimos un párrafo atrás que el 60% de lo importado puede ser fabricado en el país. Usando los parámetros mencionados, ese porcentaje puede transformarse rápidamente en 4,2 millones de puestos de trabajo industriales en Argentina. Cifra que alcanzaría para hacer desaparecer a los desocupados plenos reconocidos por el Estado nacional en sus estadísticas. Volumen de trabajo que por transmisión haría desaparecer la subocupación, los planes y el trabajo en negro.

Otro día hablaremos de aranceles, condiciones equitativas de comercialización externa, sustentabilidad productiva y calidad de vida para las poblaciones.

El objetivo de hoy era tratar de graficar usando cifras oficiales las condiciones y características del verdadero conflicto geopolítico que desangra a Argentina y a la América Latina toda: la clave sigue estando en a quién pertenecen las cosas y quién las fabrica. Allí radica el problema; allí está madre del borrego.

Ante la duda, acuérdese de Bolivia. Si le gusta la historia, péguele una leída la historia del Paraguay en los años previos a la Guerra de la Triple Alianza. Sino, pregúntele al abuelo sobre las causas de la Revolución Libertadora y los bombardeos a Plaza de Mayo.

El amor no es cosa de palabras bonitas. La seguimos en la que que viene…