¡Es el Imperio, estúpido!


Argentina tiene dos caras: la de su pueblo fervientemente antimperialista; ; y la de los campeones morales del humo que pregonan por igual su elite progresista, su oligarquía y sus cultores del mediopelismo cobarde y alcahuete. Por Chasqui Federal

NO es vagancia. Hay cosas que por el momento no queremos revisar otra vez. Hay mucho que contar; mucho de lo cual ocuparse. Entonces, comenzaremos hoy con los latiguillos formales y consensuadamente establecidos en todo el mundo sobre el origen del llamado neoliberalismo: la plena desregulación de los mercados, o lo que es lo mismo, retirada de los Estados nacionales tanto de los circuitos de producción como de los de circulación de bienes y servicios. Cosa que implicó necesariamente la movilidad internacional de los capitales y la mundialización de la economía.

Lo anterior – adrede – encierra algunos eufemismos preocupantes: no hemos mencionado cuál es el país de origen de esos capitales; ni cuáles serían los mercados que se desregularían; ni los Estados Nacionales que se habrían retirado de sus posiciones en los procesos de producción y distribución.

Si tuviésemos que imaginarnos una liga o una competencia, separaríamos los países más o menos de la siguiente forma: Estados Unidos y China en un primer escalón; Unión Europea y Japón en un segundo lugar; terceros Rusia, Brasil, India y Sudáfrica; y finalmente, en un cuarto puesto todos los países – con mayor o menor suerte – periféricos de los tres niveles anteriores.

Así, estos últimos serían los Estados que se habrían retirado de sus propias posiciones en los procesos de producción y distribución de bienes y servicios. El origen de los capitales móviles pertenece a todos los demás países o conglomerados nombrados. La decisión de cuál son los mercados a desregular y la forma de hacerlo, es patrimonio exclusivo de las dos primeras: la presión permanente sobre todos los mercados intencionales es parte de la estrategia de su política exterior tanto para Estados Unidos como China.

Si nos remitiésemos a crónicas, documentos y estudios realizados sobre los flujos económico- diplomáticos que tenían lugar en el Mediterráneo o en Manchuria hace dos mil cincuenta o dos mil cien años atrás encontraríamos unas cuantas similitudes en términos generales, más allá de las diferencias tecnológicas o filosóficas – que tampoco son tantas. Hay un factor común que nos persigue: el imperio, los imperios, las distintas formas de imperialismo y modos de conquista.

Fenómeno; ¿y cómo sigue la cosa entonces? Bueno, estamos en Argentina; un país colonizado al nuevo modo. No sufre una invasión militar extranjera en la totalidad de su territorio, pero padece un milico vigilante y ladrón en su principal punto estratégico: la ocupación inglesa en Malvinas y demás islas del Atlántico Sur.

Además posee su industria nacional arrasada desde hace cuatro décadas y su mercado interno está en franco retroceso y deterioro, a causa de la importación masiva de bienes y servicios básicos que otrora se producían y fabricaban en el país.

Asimismo, las nuevas formas y ropajes con las que se viste el imperio, han perfeccionado las maneras de ocupación de territorio y apropiación de recursos naturales: el extractivismo agrario, minero, pesquero y ganadero son la muestra viviente del proceso.

En vísperas de un nuevo cambio de autoridades gubernamentales, se signos políticos, y de supuestos modelos de gestión, la discusión mediática gira en torno a cómo el país afrontará la deuda externa heredada, teniendo en cuenta que tendrá que recomponer el tejido social que está en un 50% bajo la línea de pobreza.

Trascartón, los organismos multilaterales (estadounidenses + aplaudidores) de crédito, la banca especulativa internacional, las empresas multinacionales de la producción agropecuaria, y los propietarios de la tierra (cada vez más ricos y más endeudados con el exterior) le marcan la cancha diariamente al gobierno electo pero todavía no en funciones.

La negociación pasa por cómo la próxima gestión podrá negociar con los extorsionadores de la restricción externa, la forma de acceder a los dólares del mercado internacional, pero sin seguir con las políticas de ajuste y sub-ejecución del presupuesto nacional, y al mismo tiempo no “excederse” de cierto “margen razonable” en los aumentos a los impuestos sobre la renta agropecuaria – retenciones.

Salvo que tengan anchos de espada y demás ases bajo el brazo, las intenciones de las autoridades electas hasta aquí, han tomado el camino de la prédica moral: llaman al Imperio a ser “piadoso” y la industria agropecuaria a ser “agradecida”.

¡Estás hablando con el Imperio y sus alcahuetes, estúpido! El primero tiene el territorio y los recursos; y los segundos tienen la legitimidad legal. Sólo queda para el pobrerío el mote de “campeones morales” de una idea irrealizable porque “no dan las relaciones de fuerzas”.

No alcanzará muchachos con el estudio detallado de las cadenas de valor. Los datos otorgarán panorama pero no soluciones políticas que repercutan en lo económico y se transformen en soberanía.

Ya lo enunciaban nuestros guerreros de la Independencia: “si ellos cobran con sangre, nosotros pagaremos con libertad”.

No es momento para tibios en Abya Yalha, América Latina o como les guste llamarla. El Imperio sabe bien que no alcanza con ser grande y torpe como Brasil; o noble y pura como Bolivia; chiquita y valiente como Cuba; terca y negra como Venezuela; o bicha y distraída como Argentina.

Lo que el Imperio sabe, es que todo eso junto nos hace invencibles. Para ganar, hay que dejar de hacerse los boludos.