Hacer semilla


Una semilla no es una cosita más en el plano de la agricultura. Es el elemento clave y fundante junto con el suelo, de la forma en la que se producen los alimentos, de lo que se come en una sociedad, y – para el caso Argentino – de lo que se comercia con el resto del mundo. La genética de las semillas determinan cuándo y cómo se siembran, el manejo, la cosecha y procesamiento del cultivo. Por lo tanto, las semillas son elementos estratégicos, y factores de soberanía alimentaria y productiva. Por Chasqui Federal.

Las empresas multinacionales vinculadas a la producción agropecuaria, comprendieron a fines de la década del ’80, que la industria semillera era algo más que un buen nicho de negocios. Hay dos hitos de concentración que dibujan el proceso y nos ayudan a entender el funcionamiento de éste tema en Argentina. Para el año 2005, cinco empresas habían adquirido a otras 130 a lo largo y a lo ancho de todo el planeta, y nuestro país no fue la excepción: Monsanto compró 27; Bayer 21; Dow a 12; Dupont adquirió 51; y Syngenta 20.

Trece años después, en 2018, se dieron tres o cuatro operaciones que volvieron a reconfigurar el tablero: Bayer compró a Monsanto; ChemChina adquirió a Syngenta y a la argentina Nidera; y Dow y Dupont se fusionaron. Así, tres empresas concentran más del 60% de las ventas y patentes de semillas, y el 70% de los agroquímicos que se comercializan en el mundo.

Una de las formas en las que se presenta la problemática en nuestro país, es la legislación alrededor de las semillas. Valga la redundancia, la Ley de Semillas vigente en Argentina (N° 20.247) data de 1973. La misma entre otras cosas, no contempla la biotecnología, los transgénicos, y ni mucho menos los diversos paquetes tecnológicos derivados de la combinación de ellos con la industria química.

Una docena de proyectos de reforma de la mencionada ley están dando vueltas en los distintos bloques del Congreso Nacional. Todos tienen algunos factores comunes. El más significativo el es casamiento forzado con la Ley de Patentes; y el argumento principal en ésta línea es el de quitar a los productores la potestad histórica del derecho al “uso propio”.

En criollo, el mecanismo es sencillo: un productor compra un lote de semillas para sembrar y paga por ellas; las siembra; y más tarde cosecha la producción que básicamente consiste en más semillas. Lo habitual, es que el productor guarde una cantidad determinada de esas semillas para volver a sembrarlas y así sucesivamente. El punto central de los proyectos en ciernes es que el productor, cada vez que vuelva a plantar, pague derechos se uso de patentes y propiedad intelectual.

Usura pura y dura, que se quiere tapar con el trillado argumento de que no adaptar la legislación nacional en la materia, implica poner obstáculos a la llegada de “inversiones” internacionales y “tecnología de punta” en materia agropecuaria al país.

No más allá de treinta años atrás, Argentina contaba con variedades propias, desarrolladas y perfeccionadas soberanamente en el país a lo largo de décadas. Sólo mencionaremos algunos ejemplos: 30 variedades de algodón; 27 de trigo duro y 11 de trigo candeal, 8 tipos de maní, 12 de maíz, 7 de girasol. Hoy nuestros campos son sembrados por un puñadito de cada cultivo, y sobre los cuales no existe control autónomo e independiente. Mismo análisis podríamos hacer respecto a cepas y variedades de frutales, cítricos y hortalizas.

Los tres monstruos multinacionales no requieren de variedad de materiales, porque con apenas uno solo controlan y monopolizan la producción y su comercialización. Seamos concretos: el grueso de la estructura productiva de la Argentina en materia agropecuaria, está armada a necesidad y conveniencia de la ecuación económica que precisan Bayer/Monsanto, ChemChina y Dow/Dupont.

Esa es la forma mediante la cual el capital internacional se ha apropiado del territorio, del producto y de la mesa de los habitantes del suelo argentino. No necesitan ya de una invasión militar.

Para finalizar daremos algunas cifras para graficar el por qué la disputa por la sanción de dicha ley es tan grande.

Entre los cuatro cultivos principales destinados a la exportación (trigo, girasol, maíz y soja; los denominados “commodities”), el negocio “perdido” por parte de las multinacionales a partir de que el país no sanciona la legislación deseada, asciende a 75 mil millones de dólares anuales. Más otros 900 millones de dólares que formarían parte de un subsidio nacional de compensación a las empresas, por pérdidas causadas por el lucro cesante que generará la puesta en práctica de todos los mecanismos que contempla la iniciativa.

La sanción de alguno de los proyectos en ciernes – o su unificación -, es el moño que resta ponerle a la estandarización de la producción de alimentos en nuestro país, a conveniencia y semejanza del requerimiento de las multinacionales.

En el otro extremo del espectro, se encuentran las propuestas de producción basadas en una supuesta agroecología que guíe el trabajo en ese campo, a recuperar los “orígenes” cuasi artesanales del mundo agropecuario. Mirada que, salvo para pequeñas comunidades o grupos de familias, es impracticable es el siglo XXI.

Hay que decirlo; ambos extremos son partes del mismo problema. La agroecología carece de escala y posibilidades de maniobra, para abastecer los requerimientos de una población de 45 millones de habitantes. Juega de “hermano bueno” de todo lo descripto anteriormente.

La solución posible a todo esto, es reconfigurar la producción agropecuaria en Argentina, a partir de la red logística y la industria de cercanía. Debemos terminar con la idea pensar a las economías regionales de cara a la exportación. Éstas en realidad, son las naturalmente destinadas a abastecer el mercado interno de todo lo necesario para el abastecimiento de las poblaciones. La pequeña industria hará el resto.

En cuanto a los “grandes cultivos”, la clave pasa por agregarle valor a la cadena productiva. Que dejen de ser commodities para el resto del mundo. La clave está entonces, en pensar cómo nos conviene producir esos granos en función de las necesidades alimentarias de la población, del trabajo genuino que debe generarse en Argentina, y de las posibilidades reales y perpetuables del uso del suelo.

El tema abordado es de largo desarrollo y lo iremos desmenuzando en sucesivas entregas. Pero si bien quedan muchos años por delante para seguir destruyendo el país por la senda que ahora se está transitando, también estamos a tiempo de dar vuelta la situación. La riqueza de nuestro suelo, aún nos da la posibilidad de poder recuperarnos en pocos años.

Sólo se trata de voluntad política para hacerlo.