América Latina sangra por sus pueblos


Por estas horas, resulta complicado realizar una descripción acertada y pormenorizada de los hechos que están aconteciendo en la Patria Grande. Los estallidos en Chile, Ecuador y Haití, son sólo muestras de un proceso que data de más de cinco siglos a esta parte.

Los hechos no denotan solamente el “colapso neoliberal”, la “explosión del subsuelo”, o la mera desobediencia civil. Sin embargo por alguna parte debemos dar cuenta de ellos.

Dada la urgencia de la hora, esperamos sean ilustrativos los siguientes tres artículos sobre la situación chilena. Sólo son una muestra; no la totalidad. Ésta última está siendo escrita por los pueblos latinoamericanos.

La explosión del subsuelo chileno o la explosión desde abajo

No se trata solo del abuso de las AFP, ni de los problemas del agua chilena privatizada, ni de la existencia una contaminación clasista, ni de la medicina o la educación o la vivienda. No se trata únicamente de las condiciones laborales. Se trata de millones de vidas a crédito o de las inexistencias de vidas jóvenes que habitan en la periferia.

Por Diamela Eltit para El Desconcierto.

Veo imágenes de la explosión social de los últimos días en Santiago que permiten precisamente concentrarse en las imágenes y sus signos. Veo los tanques. Experimento el toque de queda en la memoria. Mientras en Estados Unidos el debate se centra en la continuidad de Trump por los costos de un estilo presidencial inaudito, recorrido por múltiples incapacidades, surgen las imágenes santiaguinas provocadas por una furia, a la vez, presente y, a la vez, acumulada.

No se trata solo del abuso de las AFP, ni de los problemas del agua chilena privatizada, ni de la existencia una contaminación clasista, ni de la medicina o la educación o la vivienda. No se trata únicamente de las condiciones laborales. Se trata de millones de vidas a crédito o de las inexistencias de vidas jóvenes que habitan en la periferia.

Este momento ya tiene su imagen y su escritura. El incendio me parece que hay que leerlo como una temperatura social que subió y subió porque el conjunto de las fuerzas políticas ha sido incapaz de controlar la avidez empresarial tan absolutamente ganancial que recorre el sistema.

La política se transformó en cupos, elites, transacciones. El Congreso en un sitio ambiguo, con reelecciones interminables, plagado de amistades equívocas, recorrido por diversos intereses, sin la menor “aura” en el sentido que acuñó Benjamin.

Los partidos de izquierda (es posible que una excepción formal sea el Partido Comunista) regidos por el deseo de poder (y de dinero) de sus dirigentes, dejaron atrás a sus bases ciudadanas y la pobreza quedó relegada a la sospecha y homologada al crimen.

La desigualdad forma parte de la realidad neoliberal mediante una naturalización vergonzosa que considera que efectivamente existen (pocos) ciudadanos que valen frente a multitudinarios cuerpos marcados por el desvalor.

Los robos de “cuello y corbata” o con “uniformes” resultan ser menores, casi un detalle del sistema. La iglesia es hoy un foco de escándalos sexuales. Así se fue profundizando una planicie institucional extrema, pero lo central es la mega falla de los partidos a lo largo de   décadas, absortos en la disputa por cargos o representaciones en medio de votaciones cada vez menos representativas.

El metro fue la exacta gota que rebalsó el vaso. Se desató una especie de “Instituto Nacionalazo” que se extendió por los subsuelos de la ciudad, atravesando túneles con una velocidad imparable.

Una velocidad aumentada por la falta de líderes y de voces autorizadas porque las periferias no tienen relato ni interlocución ni futuro. La clase media pobre y la clase media muy pobre y los “condenados de la tierra” (como diría Fanon) viven tan distantes de los centros de administración de poder como si habitaran en un desconocido planeta-bloque.

Mientras Santiago ardía, el presidente tocaba su cítara en Vitacura.

El Desconcierto


El gran chiste

No hay lugar por el que transite, en las tres comunas de Santiago que he cruzado, donde la fiesta, la protesta y el reclamo no estén encendidos. Pero sé lo que pasará en unos momentos. Lo adivino porque mi memoria es tozuda y hace de oráculo en este déja vù autoritario en el que circulamos. Nos culparán. Nos dirán otra vez que la responsabilidad es nuestra. Condenarán la violencia como si no fueran ellos con su brutalidad sistematizada los que la incitan.

Por Nona Fernández para La Tercera.

Escribir con la ropa pasada a lacrimógena. Intentar procesar el latido de la calle cuando aún eres parte de ella, cuando los pies siguen ahí, huyendo de los carros lanza-agua, avanzando sin certezas, refugiándose en el resto, que son otras y otros como nosotros, un grupo de más nosotros que marchamos haciéndole el quite al humo y los carabineros. Es una fiesta, una protesta y un reclamo. Nadie lo organizó, es una explosión callejera. Y hay gritos, y cantos, y cacerolas, y fuego, y golpes. Y frente a La Moneda, junto al teatro en el que trabajo, un hombre le dice a un carabinero que no comprende por qué protege los privilegios que a él nunca le corresponderán. Desclasado, le dice, y una mujer le grita que nos estamos matando, nos estamos suicidando por tanta desigualdad. Así dice.

Camino desde Morandé, en el centro de Santiago, hasta mi casa en Ñuñoa. Horas de caminata. Veo jóvenes con la cara pintada como el Joker que gritan que este es un mejor remate para el gran chiste. Pienso cuál es ese gran chiste. ¿El alza del pasaje del transporte público? ¿Las posteriores declaraciones del ministro a propósito? ¿Las pensiones de nuestros jubilados? ¿El estado de nuestra educación pública? ¿De nuestra salud pública? ¿Nuestra agua que no nos pertenece? ¿La ridícula concentración de los privilegios para un grupo minoritario? ¿La constante evasión de impuestos de ese mismo grupo minoritario? ¿La constitución ilegítima que nos rige? ¿Nuestra pseudodemocracia? Las posibilidades son infinitas, y mientras veo que se acerca un camión lanza-aguas, mi cuerpo, instintivamente, con una sabiduría escondida en él por años, corre, se esconde, se cubre la cara, y logra sortear la situación una vez más. Igual que ayer. Igual que anteayer. ¿Cuántos años llevo escondiéndome del agua sucia de un guanaco? ¿Cuántos seguiré haciéndolo? Avanzo entre caceroleos, bocinazos, barricadas. No hay lugar por el que transite, en las tres comunas que he cruzado, donde la fiesta, la protesta y el reclamo no estén encendidos. Pero sé lo que pasará en unos momentos. Lo adivino porque mi memoria es tozuda y no sólo me salva del agua sucia, también hace de oráculo en este déja vù autoritario en el que circulamos. Nos culparán. Nos dirán otra vez que la responsabilidad es nuestra. Condenarán la violencia como si no fueran ellos con su brutalidad sistematizada los que la incitan. Y nos golpearán en nombre del orden público y la paz ciudadana. Y nos dispararán mañana igual que hoy. Igual que ayer. Igual que siempre.

Llego a mi casa luego de tres horas y media de caminata. Desde afuera escucho el ruido insistente, estrepitoso y tenaz de las cacerolas. En las noticias veo que el presidente Sebastián Piñera ha decretado Estado de Excepción Nacional. Los militares saldrán a la calle una vez más. Como ayer. Una nueva línea para el gran chiste. Ojalá el remate no nos duela tanto.

La Tercera

Chile: Colapso neoliberal y el fin de la postdictadura

Por Paul Walder, para Nodal

Chile ha vivido jornadas de protestas ciudadanas que no tienen antecedentes en la memoria colectiva inmediata. Es posible hallar momentos parecidos durante la dictadura, aun cuando todos responden a estrategias canalizadas y ordenadas con objetivos políticos más acotados y visibles.

Las protestas que sacuden todas las ciudades chilenas en estos días, gatilladas por un asunto aparentemente tan menos como un alza de 30 pesos en la tarifa del Metro de Santiago, estallaron de la noche a la mañana con una intensidad pasmosa.

El ritmo de incidentes se suceden de forma acelerada. Primero en Santiago, con escolares que evaden de forma masiva el pago del Metro, seguido por barricadas, enfrentamientos con carabineros en el centro de la ciudad para dar paso el viernes 18 a una noche de fuego.

Cientos de establecimientos comerciales incendiados, millares de barricadas, saqueos a supermercados que se extienden a toda la ciudad, con énfasis en los barrios más alejados y empobrecidos y caceroleos masivos por todos los sectores de la ciudad. Durante la madrugada, el gobierno de Sebastián Piñera decreta el estado de emergencia y le entrega el manejo del orden público a un general de Ejército.

El sábado por la mañana es continuidad amplificada. En plazas, esquinas, estaciones de Metro de Santiago grupos de vecinos golpean sus cacerolas, millares de automovilistas hacen sonar sus bocinas y hacia la tarde piquetes de jóvenes arman barricadas incendiarias para interrumpir el tránsito.

Pese al despliegue de la policía y de los 500 soldados la ciudadanía sigue con sus protestas de forma masiva. A esas horas lo que había comenzado en Santiago se extiende a otras ciudades del país. Desde Concepción a Valparaíso y desde Arica a Punta Arenas. La tarifa del Metro de Santiago había sido solo la chispa.

Piñera, después de muchas horas desaparecido (una foto recorrió las redes sociales que lo mostraba en una pizzería del barrio alto mientras la ciudad ardía) dijo que revocaría el alza de 30 pesos en el ferrocarril metropolitano. Pero lo anunció demasiado tarde, cuando las protestas ya estaban no solo desbocadas sino el fuego en plena expansión.

esa hora y con más intensidad horas más tarde ardían centenares de estaciones del Metro, vehículos, sucursales de bancos, supermercados, farmacias de cadenas, gasolineras, plazas de peajes, delegaciones de ministerios y alcaldías. Todo aquello que representa el poder político y, en especial, el económico. Porque el estallido social, que es político, tiene su origen en el control económico.

La masividad de las protestas han llevado al caos y al saqueo. Y ante ello, nuevamente la respuesta del gobierno ha sido el control con el decreto del toque de queda en Santiago desde las 22:00 a las 7:00 que posteriormente se replica en Valparaíso. Pese al aumento de la dotación militar en las calles y a la prohibición de circular, la población permanece en las calles hasta la madrugada. Una desobediencia que expresa también un enfrentamiento, un repudio, contra un ejército hasta el día de hoy identificado con las violaciones de los derechos humanos.

La actuación del gobierno ha sido tardía e inútil. De partida, Piñera ha demostrado que no sabe en qué país vive. Hace pocos días hablaba, sin humor ni ironía, sino tal vez por el cinismo propio de su clase o por sincera ingenuidad, que Chile era un “oasis” en Latinoamérica.

La portavoz del gobierno declaraba que el gobierno estaba preocupado por la celebración de la cumbre del Apec en noviembre y la COP25 en diciembre en tanto reafirmaba el “liderazgo” del presidente e insistía que el país debe volver a la normalidad a la brevedad.

Pero es por aquella comprensión de la “normalidad” que los chilenos se han levantado. De una normalidad basada en un orden que ha entregado la vida cotidiana, el presente y futuro de generaciones a las grandes corporaciones y su lucro desmedido.

Es el alza del transporte público, pero es también la educación con fines de lucro, la salud como negocio, los bajos salarios y las extenuantes horas laborales, las deudas masivas e imposibles, las pensiones de miseria, la corrupción política, las injusticias evidentes expresadas en las diferencias sociales, los robos millonarios realizados por oficiales de carabineros y las fuerzas armadas.

Es la exclusión social y económica, la educación deteriorada, el consumo como único horizonte y sentido de vida. Ante todo ello, las protestas son en contra de esta maldita “normalidad” impuesta por las elites. Ante este glosario de miserias la pregunta es por qué esta explosión se tardó tantos años.

Chile es un país que ha sido construido para la fruición de los grandes capitales. Con una legislación realizada por políticos corruptos comprados por las grandes corporaciones, las enormes ganancias han sido por décadas a costa de la explotación de los ciudadanos, como trabajadores y consumidores, del mismo modo como se explotan los recursos naturales.

Piñera no es el único responsable. Tal vez a la brevedad tendrá que responder con su cargo, pero esta evaluación política es muy prematura aun cuando probable. Los responsables son todos, absolutamente todos los gobiernos y políticos que han gobernado Chile desde la dictadura. Desde la “justicia (a los violadores de derechos humanos) en la medida de los posible” de Patricio Aylwin, a Ricardo Lagos, con la entrega final de todos los servicios públicos a la codicia de los grandes inversionistas.

Esta clase política está hoy en pleno silencio. Y es mejor que siga en silencio. Porque es la que hace solo una semana aprobaba una reforma tributaria para beneficiar a los más ricos, control preventivo de identidad a menores de edad o una reforma a las pensiones de las privadas AFP gatopardista.

El gobierno de Piñera insiste en la normalidad en tanto apoya la mantención del régimen que tantos beneficios les ha dado a las corporaciones y tanto dolor a los chilenos. Hasta el momento no quiere escuchar o es incapaz de comprender que esto es una rebelión que expresa el colapso neoliberal, es un choque de grandes proporciones, que no acepta reformas, postergaciones ni modificaciones tramposas. Chile ha despertado.

Este es el clamor por el fin.

Fuente: Nodal Cultura y Nodal Am.