La psicología es una gran desobediencia institucional, social y cultural


A propósito del Día nacional de la Psicología conmemorado el domingo 13 de octubre. “Desde el inicio, desobeder era un acto de justicia y una necesidad utópica”. Columna de Yago Di Nella.

Desde siempre -casi- supe que la psicología y la desobediencia fueron de la mano. Recuerdo las explicaciones de antaño (años 60 y 70) sobre la legitimidad de ejercicio y la persecución legal a la práctica de la profesión. Desde el inicio, desobeder era un acto de justicia y una necesidad utópica.

Puedo verlo con claridad en mi historia profesional, pero supongo todo psicólogo podría verla (o no) en la suya y en la de muchos, muchos colegas. Desobediencias institucionales, desobediencias del buen pensar, y académicas, esas en las que uno/a se niega a repetir el dogma. que lo cuestiona y se lleva las consecuencias, en las que se hace cargo de no repetir y lo paga con costo, pero con orgullo. La psicología debiera contraindicarse para estudiantes olfas, Podrá irles bien, pero no serán buenos profesionales luego.

La psicopedagoga que me hizo el estudio vocacional me recomendó Sociología, por mi supuesta vocación social de los 16 años de vida, pero la desobedecí. Llegue a La Plata a los 17 años, año 88 en su último mes, con mi amigo de convivencia posterior, ingeniero él, en plena hiperinflación, recorrí las calles, derechas y diagonales, me perdí por su puesto, pedí ayuda como cualquier pueblerino en la gran polis, y reencontré el camino, pasando por los mismos edificios donde habían desaparecido a mis tíos, estudiantes de la UNLP ambos, fui a la Facu de Humanidades (en ese entonces) y me anote en psico.
En primer año, la primera materia psi, me obligó a seguir esa misma senda. La mina que nos daba los trabajos prácticos de psicología 1 (una tal Alejandra, de la cual me acuerdo el apellido y hasta el peinado, pero les evito el mal recuerdo a quienes la conocieron) me dijo que deje la carrera, porque no podía enojarme porque Piaget usaba de experimento a sus hijos, que si me indignaba eso, mejor estudie otra cosa. Me puso un rasposo 4 y seguí mi carrera, recordando la escena.
En tercer año tuvimos de profesor de psico social al tipo que hizo la fundamentación psicológica de la ley de obediencia debida (es preciso resaltar que eran muchos los profesores que provenían de pasados inconfesables, llenos de sangre estudiantil, algo que nunca se revió, en la democracia universitaria, renga, chicata, sorda y muda). El tipo era un denso, estudioso de Milgram y sus experimentos con seres humanos. Flor de HdP apañado por la UNLP, en ese momento. Ahí entendí que no hay modo de ser psicólogo sin ser desobediente a los mandatos. Luchamos sin pausa, hasta que logramos que lo sacaran al tipo, unos años después, entre unos cuantos, todos con visiones disimiles, pero todos desobedientes académicos.
Al año siguiente fuimos a un congreso de la AUAPsi, la organización nacional de carreras de psico que se hizo en Rosario, la primera de la historia, donde nos juntamos 200 estudiantes y fuimos en 4 micros repletos desde La Plata. Nos miraban como se mira a un grupo compacto de locos. Nos indignamos con el jefe de la carrera que cursábamos, al ver cómo funcionaban otras, y le armamos una asamblea en un aula magna de psico Rosario, lo llevamos, le cantamos las 40 y el tipo al regreso del viaje, renunció. Lo que vino fue peor, me dirán los sabiondos de ese tiempo, puedo escucharlos decir por debajo de la mesa, pero eso que pasó nos hizo creer que siendo aún estudiantes, esa la desobediencia al régimen lo que nos hacia dignos, fuertes, libres.
Al poco tiempo, año 1994, se nos ocurrió otra desobediencia. Creamos una revista “científica” (que arrogantes, no?) coordinada por un grupo amorfo de estudiantes. Su consejo editorial (por así llamarlo) se reunía en una aula libre de la facu, segundo piso, la que estuviera desocupada, los martes a las 20 horas, o sea, un casual encuentro de fugitivos de diversas cursadas…. Se llamó La Horda y llegó a sacar 1000 ejemplares, de los cuales guardo como tesoro un ejemplar de sus 5 volúmenes. Florecieron las voces de propios y extraños que nos decían que eso no se podía hacer, que no era viable (muchos de ellos, estudiantes, olfas y envidiosos y ambos, hablados por docentes aterrados). Pero en el inviable emprendimiento estuvieron Silvia Bleichmar, Emiliano Galende, Fernando Ulloa, Armando Bauleo, el viejo Klimovsky, por solo citar algunos.
Allí hicimos las primeras entradas al tema salud mental y manicomios, y llevamos al entonces equipo de Río Negro a dar una conferencia. Apareció Hugo Cohen y equipo y llenamos un aula magna de la Facu de Derecho (que ni me explico cómo nos la prestaron los obedientes de saco y corbata, seguro les mentimos, mandamos alguna bella señorita a pedirla, o algo así). fue un impresentable momento de la semana, un lunes a las 10 de la mañana. No iba a ir nadie, nos dijo la Jefa de la Carrera que ni fue a saludar a Cohen. Repleto de 250 personas, hasta en el piso, escuchando sobre atención más humana de la locura y el no al encierro. Entonces nos decidimos, insisto, siendo aún estudiantes, y armamos fiestas y torteadas y otras actividades menos confiables aún para juntar guita y nos fuimos a Río Negro a conocer eso que hablaban los desmanicomializadores. Desobedientes crónicos eramos 100, en dos micros que partieron de la ciudad de La Plata, pagado por pelagatos estudiantes que habían hecho una suma inconfesable de acciones para bancar los gastos de estar presentes de cuerpo y alma en la 1ª Conferencia Nacional de Salud Mental, realizada en Viedma. Esa desobediencia al destino, el de ser un triste estudiante más o menos freudiano, o más o menos lacaniano (para marcar la discusión de esa neoliberal época de mediados de los 90 en las carreras de psico del país) terminó por morir en ese evento, impresionante, sencillamente conmovedor. Volvimos a La Plata otros sujetos.

Desobediente fue en ese contexto iniciar la profesión con la práctica comunitaria de la misma en el mismísimo momento que el Estado era entregado -con aplausos del orden establecido- al dios Mercado. Ser un psi obediente era en el segundo quinqueño de los 90 ser un profesional liberal de alguna Escuela, me entienden no? La inscripción del psi en algún grupete de sub-dogma, era su muestra de obediencia al régimen. En ese momento, iniciamos un recorrido que sabíamos perdido. Al fin de cuentas, el ejercicio liberal de la profesión también colapsaba por la incapacidad de la clase media de aportar a su mantenimiento. Era morir vendiéndose o morir con los desposeídos de todo, no había mucho para pensar… El Gobierno impulsaba una ley nacional de arancelamiento universitario y elitización de la universidad. La nueva ley de Educación Superior (eufemismo, si los hubo), nos arreciaba. Un grupo inconforme y sobre todo desobediente de estudiantes y graduados recientes de psico nos sumamos a una pelea en la que estaban los de siempre, compañeros de filosofía, arquitectura, socio, trabajo social, historia, comunicación social, etc., por convencer a congresistas ya banelqueados (diríamos hoy). Ya tenían los votos, lo sabíamos, era para perder dignamente, nada más, entonces se inició esa epopeya de abrazar al Congreso de la Nación todos los miércoles para que no sesione. Funcionó más de dos meses. Luego, ya sin el respaldo de la FUA que había arreglado, solos, o casi solos, aguantamos lo que pudimos y finalmente los tipos entraron y votaron una ley, que no incluía el arancelamiento sino en potencia, al menos no como era el proyecto original. Perdimos y ganamos, así es cuando se lucha desde la dignidad de sostener-se.

Ese día hicimos nuestra primera intervención psi en catástrofes. aunque parezca mentira. Decenas de chicos, pibes universitarios y algunos de colegios secundarios, ya de noche, llorando en plaza Congreso, aún sin rejas en ese momento. Nos enteramos por los móviles de los canales de aire. Atendimos los que estábamos más enteros, pero algunos comenzaron a proponer entrar a la fuerza al Congreso y romper todo. Momento de tensión, si los hubo en mi profesión y mi militancia. Prácticamente eramos sólo los de La Plata. Sin cobertura, sin donde esconderse frente a la infantería, algunos ya eran retenidos por la policía, cuando quisieron voltear las vallas. Dictaminamos que era preciso hacer una asamblea, Sí, ahí mismo. Cortamos el tránsito, no metimos en el medio de la plaza, juntamos la gente y participamos de la asamblea más caliente y menos aparateada que haya visto. Y votamos, luego de un debate corto, las dos opciones: entrar y romper todo o irse. Votamos varias veces, porque entre todas las manos levantadas no se podía notar si había diferencia de voluntades. Era todo muy parejo… Y finalmente nos volvimos y trabajamos todo el viaje de regreso en el tren, generando en los vagones espacios de palabra, de debate, sobre lo ocurrido y sobre lo por hacer. Nunca escribí antes sobre esta experiencia y no puedo evitar emocionarme de nuevo. Cuando la conté, ocasionalmente, lloré. Así es lo traumático. Y lo emocionante, lo verdaderamente emocionante. Porque ahí tuvimos que sobreponernos a los que querían víctimas, a los que querían producir mártires, que era sin duda alguno/a de nosotros. Los desobedecimos, pensamos, votamos, salió triunfante (por poco, es cierto) “volver” y nos fuimos a casa. Al otro día, una nueva asamblea ya en los salones de la UNLP y a seguirla y así fue nomas., cuando se tuvo que reformar el Estatuto de la UNLP al año siguiente (que tuvo sangre y balas, como lo recuerda bien el notero Julio Bazán, quien fuera golpeado y baleado en el bosque platense, como tantos pibes, en manos de la policía bonaerense de Duhalde, garante del acto aberrante), nada del tema arancelamiento o del cupo pudo entrar, a pesar de la enorme presión que hubo.

Desobediencia.

Los psicólogos que desmanicomializan lo son o no lo logran, porque siempre tendrán quien les dice que eso o lo otro no se puede hacer. Desmanicomializar es desobedecer 120 años de asilamiento Estatal como modelo de gestión pública. Lo decía Ana María Fernandez cuando nos contaba que -ya a fines de los años 60- todas las mañanas cortaban la luz, para que el psiquiatra de la sala del Melchor Romero donde hacían prácticas no pudiera aplicar electricidad a las personas allí alojadas. Es que el electro era más barato que las pastillas, ahorraban así.

Nosotros seguimos esa senda y vaciamos con la batuta de una psicóloga (una tana dura y desobediente que se había por ello ganado el mote de la-loca, por cierto), y un montón de pibes recién graduados y muchos estudiantes desobedientes, salas romeristas de gente que ya no podría estar afuera, según los obedientes… Mirá que no! Entre el año 1996 y el 2001 (por citar un período, porque esto siguió con avances y retrocesos parciales, hasta hoy) vieron la calle nuevamente decenas de personas asiladas -supuestamente- “para siempre”. Esto lo lograron una manga de desobedientes que tenían en contra al mismísimo hospital y la indiferencia del Ministerio de Salud. Y la sorna de la Universidad, que le llamaba a eso trabajo social, porque era un trabajo que no podía calificarse como psi, según una eminente psicoanalista profesora de la alta casa de estudios. Si me lo permiten diré con toda la desobediencia al buen gusto, que la psicoanalista que nos decía que no hacíamos trabajo psi se puede ir bien a donde hay olor…

Desobedientes… eso somos l@s psicólog@s, cómo no serlo sino, al trabajar con lo repetitivo? con lo que insiste…? Hablando de insistir, con un grupo de sátrapas, como dice un amigo de estas desobediencias y crónico desobediente (pero tan digno el tipo!), creamos una cátedra libre, en una reunión inaugural le buscamos un nombre y elegimos el de Mimí Langer. Alguien conoce un psi más desobediente que ella? claro, nos representaba. En los años 40, era mujer, judia, de izquierda, médica, las tenia todas decía ella misma. Siempre nos alentaban en la Facu, los próceres de la carrera a que no hagamos nada. Invitamos a la apertura de la cátedra Marie Langer a su amigo personal Armando Bauleo, y a su otro amigo del alma Fernando Ulloa, nos dijeron que nos iban a clavar… Nada. Les fallaron, porque Armando vino y les dijo de todo en la cara y Fernando mandó una linda nota, y se vino después en otro escenario y ocasión.

En esa cátedra hicimos todas las cosas que no se deben hacer desde una cátedra libre. Nos lo hacían saber, sin dudas. Pero coordinamos proyectos comunitarios, hicimos investigación y dictamos seminarios de psicología política y de psicología comunitaria. Se llenaban todos esos espacios de nuevos pibes, otros desobedientes 10 años menores en promedio a los que marchaban al Congreso Nacional. Cuando armamos el primer proyecto de voluntariado para ir a 3 hospicios a trabajar con pacientes psiquiátricos graves, vinieron 150 pibes. Es solo un ejemplo; desobedientes nacen todos…

A la par, creamos con otros locos psi, un programa nacional desde la Secretaría de DDHH de la Nación. Nos bancó una jefa que entendía mucho del tema, es cierto. Eso ayudó mucho. Pero siempre me endilgaba mi desobediencia y me la hacia sufrir. A pesar de tantas desavenencias tengo un buen recuerdo de ella, otra psicóloga que al fin y al cabo es de las psicólogas que digna la profesión con su desobediencia al régimen. Pero la hice enojar mucho, no cabe duda.

Desobedientes unidos por la desmanicomialización fundamos un injerto indescifrable que se llamó Mesa Nacional de Salud Mental Justicia y Derechos Humanos (luego le cambiamos lo nacional por lo Federal). Un entramado interinstitucional aparentemente inofensivo… Pero preguntale a la corpo psiquiátrica si fue o no inofensivo ese esperpento. Iban al principio delegados gubernamentales, agentes manicomiales, agentes de las corporaciones, familiares, locos sueltos, asociaciones civiles de defensa de los pacientes y hasta un organismo internacional, no faltaba “naides” para completar el maso. Desobedientes, transitamos el país haciendo foros que parecían no conducir a nada. Pero, zas… Otra loca, desobediente, pero por loca nomás, y siendo de los cuervos, convenció sobre la necesidad de crear un organismo más fuerte que empujara el proyecto de ley nacional de salud mental. este era el enésimo, pero a diferencia de los anteriores tenia dos características distintivas: había logrado media sanción unánime en diputados y su principal mentor esa otro loco desobediente, un psicólogo. Y se creó la Dirección Nacional con Decreto Presidencial y allí fuimos. Al segundo día allí vinieron de la corpo y me dijeron en la cara y habiéndoles servido un rico café, que felicitaban a la presidenta por crear el organismo, pero que lamentaban que su titular no fuera médico psiquiatra. Lindo encuentro como ven, linda presentación además. Me salió una bravuconada como respuesta, de la cual a veces me arrepiento y otras no tanto: “Ustedes llevan 100 años a cargo de la salud mental y miren cómo está… ” . Y eso que mandaron lo más presentable que tenían. Los tipos se ofendieron, un poco nomás, porque tenían algo más importante que plantear, que no apoyásemos el proyecto de ley, que ellos nos podrían ayudar con la gestión… El resultado está a la vista de todos.

Hoy esa Mesa es un espacio consolidado y con ya 8 años funcionando, espacio intersectorial siempre vigente, sobre todo cuando las papas queman.

Les ahorro el sin-número de locuras ocurridas en esos días. Sólo dos comentarios: Mientras los corporativos y platudos de los laboratorios y sus amigos médicos viajadores de tours y cruceros por el mundo, visitaban despachos de senadores en sus trajes caros, nosotros movilizábamos en la plaza, con gente de los hospicios, organismos de la sociedad civil y ex internados de asilos y sus familiares. Era desigual. En efecto, era otro el momento, no eran los 90, teníamos toda la de ganar… Ya no eran los tiempos de la banelco, los tipos atrasaban… Así, un día abrazamos, simbólicamente esta vez, el Congreso. Ellos tenían la plata, nosotros la razón (antimanicomial).

Lograron atrasar un año la partida del 2009, pero ya en el 2010 con la Dirección Nacional funcionado, la mayoría de las provincias apoyando y movilizadas en torno a presionar sus propios senadores, organismos de todo tipo, la fuerza inconmensurable de los familiares y ex-pacientes, espacios abogadiles, médicos del mundo, de familia y aledaños, trabajadores sociales unidos, terapistas ocupacionales, equipos hospitalarios, universidades, estudiantes, el INADI y la Sec. de DDHH metiendo presión con los compromisos internacionales asumidos, los antecedentes de las cusas en las que ya había dictaminado la Corte Suprema de Justicia, más el apoyo internacional de OPS-OMS y otros organismos, etc etc etc; y con la movilización sobre el tema de tanta gente, al año siguiente fue una fruta madura. La ley se volvió a votar unánimemente, salvo una abstención infundada de Nito Artaza (¿sería paciente psiquiátrico? ¿quién sería el psiquiatra que lo atendía?).

Al fin y al cabo sólo separan 3 días el de la salud mental y el día nacional de la psicología. Hagamos como los pibes que cumplen la misma semana el cumple y lo hacen juntos. Y listo. Porque trabajar en Salud Mental es de por sí ser desobediente al mandato de marginalidad que impone el sistema de salud de cualquier lugar, o no?

Pero no todo es color de rosa, aunque estemos de festejo por nuestro día, los psicólogos debemos aceptar que tenemos colegas demasiado obedientes. Colegas que los gobierna el miedo. Que tienen tal temor, que le preguntan al lobo si pueden salir de la casita; o al Censor, si pueden ser libres de decir lo que quieran. No hay que culparlos. Debemos entenderlos, comprenderlos y -eso sí- alejarse rápidamente de ellos, porque pueden venderte para la trata o entregarte a un manicomio y firmar la orden de internación (por suerte, ahora, ley mediante, necesitan otra firma de otra profesión). Mucha gente no tolera el grito. Y ante el atisbo del reto, obedecen incluso sin que medie una orden. Hacen lo que consideran que el Otro ordenaría, según sus propias pre-juiciosas ideas sobre el pensamiento del Censor.

Y digo, comprenderlos sí, pero salir rajando también, porque en verdad son peligrosos, aunque sean colegas… Un cagón psi, es más peligroso que ningún otro sujeto, disculpen lo poco elevado del discurso. Cuando el psi piensa y opera desde el cagazo, su conciencia moral lo gobierna, su yo ideal se atrofia con las ideas inoculadas por su Censor y su funcionamiento superyoico colapsa, por erosión. Lo erosiona la culpa, por el miedo y su consecuente, el renunciamiento. De ahí sólo se sale con ese andar por el mundo desde la indiferencia por el sufrimiento del otro que tan bien definió Ulloa como Indolencia. Qué capo el viejo! el principal riesgo entonces del psi cagón es que se hace una coraza superyoica con un escudo de indolencia. Le vende su dignidad en tanto ser humano (y en tanto profesional, claro) a la evitación del miedo. Pero en esa transacción entrega su yo ideal a cambio. Ya no soñará con cambiar nada, ni nada más para sí, perderá toda ambición, ya no. Le bastará cambiar el auto, viajar a algún lugar bonito o juntarse a tomar algo, pero ya no buscará (ojo, ganando o perdiendo, es cierto) su destino digno… renunció.

Pensé entonces, que esta hermosa profesión tiene en su seno un montón de desobedientes soñadores y un número inestablecible de otros colegas que renunciaron ser, ante el miedo -supuestamente inminente- al Censor.

Qué paradoja, no? El tipo /la tipa/ que estudió para liberar, para hacer florecer los sueños de los otros, para desamarrar ataduras, puede bien encerrar sus ideales, enterrarlos si es necesario, y tirar la llave al barro, enlodarse a sí mismo/a y esconderse en la obediencia (debida?), mascando culpa… qué destino profesional no?

Por suerte, estos momentos, distintos a los 80 o los años 90, son menos aptos para los grises y entonces aquellos que me recomendara el viejo Ulloa es más claro y preciso que en esos tiempos: “podrás tener este o el otro trabajo, un jefe severo, malo o sabio; o no, eso puede variar, pero su posición profesional ante su propia mirada y ante la de los otros, eso, es lo importante”.

Me hice muchos amigos soñadores en este tiempo, dentro y fuera de la profesión, qué alegría saber que están por ahí practicando sus desobediencias! sobre todo, las institucionales, qué bien que existan … Cuando nos juntamos, las recordamos, e inmediatamente soñamos otras, y cuando se cumplen, qué placer…!!!!

Este mundo se caería a pedazos con los obedientes, no ven eso? Con los obedientes no ocurre nada. Y si encima los psi fueran todos obedientes? qué sería del psicoanálisis y de Freud mismo si hubiera sido obediente? nada… Entonces qué aprendieron los psi obedientes de la enseñanza freudiana, como se gusta decir… Nada. Los obedientes confesos es que desconocen la obra del maestro? O solamente es que son cagones? Habría que preguntarles, claro que pueden no aceptar ese estatuto. Es parte de la obediencia el alo de seguridad del tipo : “eso no se debe hacer…” En vez de decir. “estoy cagado en las patas… le tengo miedo al Censor”. Entonces, insisto, si fuera por los psi obedientes, no ocurriría nada nuevo. No existiría ni Freud, ni Martín-Baró, ni Pichon Riviere, ni una Marie Langer, ni un carajo. Tampoco hubiera existido una Beatriz Perossio, es cierto. Nuestra más ilustre desaparecida, pero no la única.

Alguien se imagina a alguno de estos desobedientes ilustres diciendo “tal cosa no la puedo hacer (o no la puedo decir), porque me rajarían, quizá, del laburo”. Si hasta da risa imaginarlos en ese entuerto. Es imposible. Al revés, usaban su creatividad, para avanzar sobre la potencial (auto)censura, no para retroceder (como perrito faldero) frente a ella.

El maestro que supe tener en la primera parte de mi vida profesional decía que el principal mal de los que enseñan psicología es que dicen que “la guitarra no sirve”, sólo porque no la saben tocar… o sea, le echan la culpa al instrumento, por su impericia o desconocimiento. Bien, los obedientes psi le cargan a la circunstancia un “no se puede”, simplemente porque no quieren o no pueden dar un paso hacia adelante. Temerosos, sigilosos, cagados en las patas, renuncian a todo crecimiento, en vez de saltar hacia adelante, se meten debajo de la cama.

Los psi desobedientes en cambio aman más su profesión, la honran peleando por lo justo y su ocasional trabajo o tarea es un instrumento… no un objetivo. Conviven su recorrido profesional con la incertidumbre, lo acepto. Pero así, arriesgando su momentáneo bienestar, se hacen dignos, éticos. Porque el Sistema, y sus alfiles los censores, siempre les enrrostrarán la amenaza de la expulsión. Al fin de cuentas, es lo único con lo que cuentan para doblegar al psi y hacerlo obediente. Los que perecen y entran en renunciamiento, se los ve derrotados, cansados, peleados con la vida.
En cambio da tanto orgullo profesional ver al colega digno y entero, luchando, sin mayor pretensión que respetar ese sentido ético de ser y estar en la senda sin renunciamientos. Cuando los veo, me dan ganas de darles un abrazo, de acompañarlos, pero están tan bien parados en su vida – profesional- que ni eso necesitan. Andan por ahí, repartidos por el mundo, dándole vida a la profesión, creando intervenciones, diseñando atenciones novedosas, investigando problemas nuevos, abriendo campos y creando otros, todo eso. De los obedientes no se puede esperar mucho, en cambio, claro. Solamente miran y dicen… eso no se puede…

Este día entonces, nos encuentra con las cuentas claras… tenemos ley (y su reglamentación), tenemos nuestro día, estamos en democracia, somos profesionales libres e iguales ante la ley, hay trabajo abundante ( a no ser que busques trabajar en CABA, donde hay una tasa de un psi cada 125 personas, pero créanme, hay un país afuera del color amarillo), tenemos un país que recurre a nuestros servicios, en múltiples demandas (y por lo tanto, en incontables inserciones posibles) y tenemos en consecuencia oportunidades múltiples: tengamos dignidad.

Feliz día desobedientes colegas!!!

Yago Di Nella