Saltar el laberinto (una propuesta para encontrarle el agujero al mate)


Columna de Chasqui Federal. En Argentina se avecina la renovación de un nuevo periodo presidencial a partir del 10 de diciembre del corriente. Asimismo, todo indicaría que asumiría un gobierno de nuevo signo; que a su vez, postularía otro encuadre económico. ¿Para qué andar con vueltas y especulaciones? Sentemos postura al respecto. Hablemos de, y propongamos lo que conviene para los destinos del país en materia económica y política.

Falsamente y hasta aquí, Argentina se viene debatiendo en los últimos cuarenta años en modelos económicos que han fracasado ante los problemas de fondo: la exclusión social y su contracara, la concentración de la riqueza en pocas manos. De ellas derivan -entre otras-, la constante crisis de desocupación y/o precarización del empleo, y la extranjerización + primarización de la estructura productiva nacional.

Lo anterior compone la base de la problemática estructural del país. Ésta se hamaca como un péndulo entre las loas hacia la liberalización de todas las aristas económicas y la integración al mundo –como lo postula el actual Gobierno en funciones-; y las odas hacia la construcción de una sociedad de consumo con un fuerte mercado interno –tal como lo enuncian las principales figuras del gobierno que asumiría a fin de 2019.

Tal dilema es a la vez, el fundamento de la alternancia entre gobiernos de signos “más liberales” como los fueron en las últimas cuatro décadas la dictadura de Videla-Martínez de Hoz, Menem, De la Rúa y Macri; y las gestiones de sesgo “más keynesiano” como las de Alfonsín, Néstor Kirchner y Cristina Fernández. Valga aquí la redundancia: falso dilema sin solución de continuidad para el pueblo argentino; y trampa del capitalismo que sólo intenta perpetuarse.

La salida a la situación no vendrá de la mano de soluciones mágicas, sino de poner en funcionamiento algunas pistas que nos brinda el sentido común. Seguir buscándole el agujero al mate por el camino de tratar de contrarrestar la denominada “restricción externa”, utilizando siempre los mismos métodos, no nos otorgará otros resultados que los ya conseguidos por liberales duros (los neoliberales), o liberales blandos (los keynesianos).

Lo mejor es enemigo de lo bueno

¿Y cómo o por dónde arrancamos para cambiar? Asumiendo la enfermedad y eligiendo el tratamiento conveniente para la curación que se desea.

Argentina es para el mundo, sólo un importante productor de commodities. La conversación internacional pasa por otra parte y corre por otros carriles.

¿Le conviene al país tener ese rol? Claramente no. ¿Es fácil salir de la actual posición? Sí; si se toman las decisiones políticas adecuadas en lo inmediato y se opta por un tratamiento que requerirá de no menos de dos décadas, aunque los saludables resultados podrían verse en la mitad de un lustro. Para ello habrá que invertir las prioridades. ¿Las nuevas medidas serían las adecuadas? Sí, aunque no necesariamente las ideales. Las enfermedades complejas no se curan en un abrir y cerrar de ojos. Habrá que tener constantemente a mano el siguiente adagio: “lo mejor es enemigo de lo bueno”.

En las últimas cuatro décadas, el país condicionó su organización y estructura productiva en función de la ya mencionada restricción externa; y en función de eso favoreció y perjudicó al mismo tiempo a los distintos sectores políticos-económico-sociales que pugnan permanentemente sobre nuestro territorio. Para empezar entonces, una de las claves deberá ser la de quitarle relevancia a la restricción externa, y darle fundamental importancia a la organización y estructura productiva.

Algunas definiciones caseras

Se denominan “commodities”, a aquellas mercancías con bajo valor agregado, que se obtienen a partir de procesos de producción internacionalmente estandarizados, con la aplicación de paquetes tecnológicos y precios finales impuestos por el mercado global. Los casos argentinos de éste tipo de mercancías son de conocimiento público: los cereales y oleaginosas (trigo, maíz, girasol y soja); carnes (parámetros de Cuota Hilton por ejemplo y la metodología feed-lot para el caso de los vacunos); la denominadas manufacturas de origen agropecuario (aceites y pellets –residuos que se utilizan en las industrias del alimento balanceado y textil-); las explotaciones de hidrocarburos y mineras con destino de exportación entre otros. Los commodities también pueden ser industriales como el aluminio o algunos derivados químicos básicos.

Asimismo, su producción requiere necesariamente “escala global”. Por tanto el proceso por el cual se obtienen dichos volúmenes de materias primas, requiere de la aplicación de métodos basados en el capital intensivo en detrimento de la cantidad de trabajo humano. De allí su estandarización, su automatización y su lógica extractivista.

En cuanto a la “restricción externa”, podemos decir que consiste en la mucha o poca dificultad de acceder a las denominadas divisas internacionales. Para el caso argentino, fundamentalmente, se trata del camino recorrido por el país para acceder al dólar. Argentina no fabrica dólares pero posee una economía definitivamente dolarizada. Por tanto, la restricción externa está condicionada por la estructura productiva; que a su vez, está condicionada por la restricción externa.

Éste oxímoron – la enfermedad -, conforma el laberinto por el cual de debate Argentina en los últimos cuarenta años; y ante el cual debemos encontrar una salida adecuada y conveniente.

Los cantos de sirena

En 2015, sorprendió incluso a los propios que el tronar de las trompetas del llamado neoliberalismo accediera al poder en el país nuevamente y por intermedio de las urnas. Demasiado frescos – se pensaba – estaban en la consciencia colectiva la década del 90, los acontecimientos de diciembre de 2001, y el amague de restauración liberal-conservadora de 2008 con el conflicto entre el Ejecutivo y las patronales agropecuarias ligadas al mercado internacional, apoyadas por las fuerzas de la izquierda partidaria tradicional. Sin embargo, el liberalismo conservador (o neoliberalismo) ganó las elecciones, y he aquí hasta el 10 de diciembre a Mauricio Macri al comando del país.

No repasaremos en esta oportunidad las consecuencias a la vista de su gobierno. Sólo pondremos en el tapete tres parámetros para continuar con nuestro objetivo: más allá de la desocupación oficialmente reconocida por el Gobierno Nacional (10% según INDEC), entre el desempleo, el precario cuentapropismo y el trabajo en negro, la problemática toca de cerca al menos a la mitad de la población económicamente activa. Segundo dato; la capacidad industrial instalada real en el país está funcionando a menos del 40%. Tercer dato; no ha quedado uno sólo de los sectores productivos nacionales, que no haya quedado a merced del mercado externo y la banca privada. Ésta por acción (tasas usurarias) u omisión (insolvencia del cliente) ha cortado todo acceso a los acostumbrados salvavidas crediticios: no hay financiamiento para nadie ni lo habrá, mientras las actuales reglas estén vigentes.

La casi inminente llegada de un Gobierno de corte keynesiano, da un respiro anticipado a las paupérrimas condiciones de la mayoría de los sectores económicos (y a las personas que los realizan). El alivio no actúa en términos reales pero sí esperanzadores: si se aguantó hasta acá, podemos hacerlo tres meses más.

Sin embargo, y suponiendo que todo sale de maravillas, ¿cuánto tiempo podría durar la bonanza? ¿Diez o quince años? Nada está indicando que la futura gestión de Alberto Fernández se pueda llegar a correr de los tradicionales métodos keynesianos: potenciar el mercado interno a partir del consumo; impulsar líneas de crédito “blandas” para que la pequeña y mediana empresa vuelva a producir a partir de la demanda que se va a generar mediante el consumo (cosa que implicará generación de empleo directo e indirecto); poner frenos a la importación; establecer nuevas reglas de juego con los sectores exportadores y con la banca; contener el tipo de cambio y alguna que otra medida típica más. Luego, todo lo que el mercado no vaya equilibrando por sí mismo en ése nuevo marco, será afrontado por el Estado: planes sociales, subsidios e incentivos a sectores productivos, salvatajes a las provincias, etc.

Ahora bien; todo eso tiene un techo. Recordemos el segundo semestre de 2012, cuando los deslumbrantes números de la economía a diciembre de 2011, comenzaron a caer y desquebrajarse. Además de la campaña de Clarín, aquella situación tuvo algunos motivos que enumeraremos brevemente.

La capacidad productiva instalada en algún momento alcanza su máximo potencial de funcionamiento, no pudiendo abastecer a la demanda de la población de los bienes que esas empresas fabrican. La alternativa de solución es que dicho empresario incorpore capital para agrandar su capacidad de producción. Frecuentemente ocurre que no se encuentren las condiciones de financiación adecuadas a los ojos del empresario; y dadas las posibilidades de acceso crediticio, la PyMe comienza a evaluar seriamente la variante de convertirse en exportador de productos industriales. Disparate Made in Argentina: no existe en ninguna parte del mundo alguna pequeña o mediana empresa -es decir, con facturaciones máximas anuales de 50 millones de dólares- que pueda convertirse en proveedor internacional de determinado bien o servicio. Imposible; pero dos por tres se escuchan esas cosas por estos lares.

Luego que no suceden ninguna de las dos cosas – ni chicha ni limonada -, comienzan a “relajarse” por parte del Estado, algunas restricciones a la importación, para ese bien que es altamente demandado en el mercado interno, pero que las PyMES no son capaces de abastecer por sí mismas. Dado que el Estado no incentiva en ese estadio la formación de nuevos fabricantes internos, o menos aún fabrica por sí mismo dichos productos, la llegada del producto extranjero condiciona al local, y comienza la puja de precios que escala el conflicto.

No necesariamente porque el precio suba, sino porque el productor argentino siempre pierde en esas condiciones. Al ser derrotado, despide personal. Al generarse desocupación comienza a desandarse el espiral hacia abajo, porque los sectores alcanzados por esa crisis se van incorporando paulatinamente.

Mientras tanto, tienen lugar las crisis inflacionarias, las cambiarias, las cinco tapas de Clarín, el descontento de la clase media – primera perjudicada en la baja de condiciones de acceso al consumo, porque eso mismo es lo que la define en si misma -, y la crisis cíclica del pobrerío mayoritario.

De repetirse nuevamente el proceso, para 2030 tendremos nuevamente las trompetas que mencionamos algunos párrafos antes. ¿Es necesario que pase otra vez?

Los cantos de Wallkirias

Las sirenas no son los únicos seres del espectro. Hay otros. Acá comentaremos dos. El primero, totalmente funcional al liberalismo conservador aunque nunca puesto en práctica en Argentina, pero que cada tanto comparte escenario por la oligarquía más rancia, son los llamados hacia el control estatal y obrero de todas las aristas de la sociedad.

No funcionaría en nuestro país. Por un lado si todos los pliegues de la vida política y social se estatizan, el obrero libre deja de serlo: o se burocratiza o se automatiza. Su propia condición lo encarcelaría; la equidad postulada se convertiría en la zanahoria que persigue el burro. La dictadura del proletariado no andaría en Argentina; sería el mismo laburante el que la derribaría.

El otro ser escandinavo que suele vagar por nuestro territorio, es el que se denomina “economía social” o “economía popular”. Flaco favor le hace ésta al liberalismo conservador; juego que la Ministra de Desarrollo Social Carolina Stanley comprendió de entrada: entretener al pobrerío en actividades sin posibilidades de progreso económico, por su falta de estructura, escasa financiación, carente de escala de proximidad, y nula articulación con el territorio inmediato.

En Argentina, esa fue la suerte de los microemprendimientos productivos. De los miles impulsados en casi tres décadas de implementación, fueron contados los casos que pudieron prosperar. Sólo aquellos que tuvieron un verdadero respaldo estatal -porque éste le compraba la producción y financiaba abastecimiento de insumos- pudieron trascender la cota del entretenimiento.

Las otras experiencias, fueron las que se desarrollaron en pequeños círculos de usuarios o clientes; generalmente vinculados a productos alimenticios o a servicios de exclusividad temporal. Consumo que quedó restringido a sectores de clases medias: productos orgánicos -¿ecológicos?- o servicios vinculados a la estética o el entretenimiento.

Muchos menos aún, fueron aquellos emprendimientos que quisieron “saltar” de pequeños círculos de consumo y darse una escala comercial de alcance local/comunitario: la competencia o la incapacidad de adaptarse a la demanda creciente, les trabó el progreso. Con las sucesivas crisis, el empobrecimiento de su clientela “natural”, los arrojó al abismo.

Todo lo dicho además, no contrarrestó en absoluto a los procesos económicos, políticos y sociales descriptos en los apartados anteriores: no se apropia ni distribuye la riqueza a las mayorías; ni generan o reparten excedente a la sociedad.

Para cerrar ésta parte, nos queda una pregunta: ¿tiene sentido para una sociedad que la organización económica no sea verdaderamente social o popular?¿No significa una verdadera trampa la diferenciación en “la Economía” y la “economía social o popular”? Piénselo.

Saltar el laberinto

A ésta altura, el lector que llegó hasta aquí debe preguntarse “¿y ya que saben tanto, cómo sería lo que plantean ustedes?

Simple. A nivel macroeconómico y con la sola decisión política de Gobierno, puede arrumbarse el problema de la restricción externa. La sola declaración de la inconvertibilidad del peso argentino – tal como hiciera Inglaterra con su libra esterlina -, cambiaría las reglas del comercio exterior con el resto de los países. Las relaciones comenzarían a ser bilaterales y mediante las denominadas balanzas compensadas. Una relación ganar-ganar y no joder-no joder con los los países con los que se construyan acuerdos convenientes. Argentina no es un país imperialista; no necesita acaparar el intercambio mundial de determinados bienes o servicios.

De la mano con esta medida, irán la nacionalización del intercambio comercial con el mundo – será el Estado argentino el que realice las transacciones -, y la nacionalización de los depósitos bancarios y su conversión a pesos. Al que no le guste puede irse. La verdadera libertad y reconocimiento al esfuerzo personal, viene por ésta vía y no por las que propuso hasta aquí el liberalismo conservador, que cada tanto se “come” los depósitos y no los devuelve. Aquí lo que se propone, es que los depósitos serán sólo en pesos y estarán en bancos nacionales.

El arrumbamiento de la restricción externa viene de la mano de la transformación de la estructura productiva. La sustitución de importaciones por medio de la industrialización deberá ser dirigida y organizada por el Estado en sus sectores estratégicos: acero, hidrocarburos, plásticos, electrónica, drogas y productos químicos, industria pesadas y medianas, serán producidos, determinados y gestionados por el Estado; junto al manejo, control y organización de los recursos naturales. A ello se sumarán la nacionalización de los servicios públicos: electricidad, gas natural, agua potable, cloacas, redes pluviales, forestación, telefonía, comunicaciones, mercados concentradores locales y regionales, seguros, certificaciones y calificaciones de calidad, transporte multimodal, salud, educación, vivienda, artes y deportes.

Con los resortes que garanticen la no enajenación de la propiedad social de los recursos y los medios de producción, es el Estado nacional quién podría paralelamente desarrollar la cadena de proveedores a bienes y servicios necesarios. Éstos proveedores no deberán ser otras que las las pequeñas y medianas empresas tanto industriales como agropecuarias.

Son éstas las que dinamizarían el 70% de la actividad productiva y laboral del país. Con amplio acceso al crédito, posibilidades de financiación, y horizontes de desarrollo sostenido a largo plazo.

Serían las pequeñas y medianas empresas además las que desarrollarían sus propios proveedores en las economías de cercanía: pequeños talleres, y chacras de producción agropecuaria de baja escala, servicios y comercio de proximidad.

La organización productiva, conveniente y armónica con el entorno natural que debe resolver un Estado con ésta impronta, se convierte en ésos tiempos en una urgencia prioritaria. Sólo ella podrá amalgamar el crisol cultural y la plurinacionalidad que constituye nuestro territorio

Argentina produce alimentos anualmente en cantidades suficientes para once veces su población. Sus recursos naturales están enajenados al capital privado y mayoritariamente vinculado directa o indirectamente con el extranjero.

Argentina es un país hambreado a propósito; comida aquí es lo que sobra. Los pedidos en torno a las declaraciones de emergencia alimentaria, sólo son formas de justificar el despojo y llaman a una redistribución más eficiente de la partecita que nos queda.

En materia industrial, Argentina domina las artes y técnicas más avanzadas y con reconocimiento internacional al respecto. Incluso el desguace sistemático de las últimas cuatro décadas, no ha podido disipar la potencialidad productiva que el país posee.

Argentina es un país donde todavía está casi todo por hacerse; y al igual que la comida, trabajo es lo que sobra. Sólo falta voluntad política. Esa que no han demostrado en cuarenta años, ni liberales ni keynesianos.

Hay que saltar el laberinto, será la única forma de encontrarle al agujero al mate.