Esta lucha de las memorias sociales indígenas


Por: Dino Di Nella y Elisabet Almeda

Tanto las nuevas como las antiguas demandas para hacer presentes las memorias de los diferentes grupos sociales de identidad mapuche,forman parte del proceso memorialístico (la visibilización de las memorias sociales) de los grupos más desventajados de la sociedad. Su reconstrucción y emergencia, permite que entren a disputar la memoria oficial, que los sectores sociales privilegiados lograron coronar como “la” memoria colectiva de nuestra comunidad.

Esta lucha de memorias sociales por hegemonizar la memoria colectiva, se constituye en una de las principales formas de legitimación social y política para que se cumplan o denieguen todos los derechos humanos individuales y colectivos del pueblo mapuche-chewelche.

Hay diversas razones que pueden explicar su devenir, desde diferentes factores estructurales y coyunturales de nuestras sociedades.

Podemos agrupar éstas razones en tres grandes ejes:

  1. a) la pérdida de referencias temporales, espaciales e identitarias en el marco de la actual fase del sistema de mundialización;
  2. b) las políticas de la memoria llevadas a cabo durante las diferentes dictaduras, las “transiciones a la democracia” y las democracias representativas; y
  3. c) la coyuntural situación política y social valorada como inminente finalización de un “tiempo histórico” -y el correlativo nacimiento de otro-. Analicemos cada uno de éstos.a) La pérdida de referencias temporales, espaciales e identitarias en el marco del sistema global
    Un entorno de profundos y acelerados cambios experimentados en un periodo muy corto de tiempo nos remite a la necesidad de mirar hacia el pasado y de buscar anclajes para reflexionar sobre el significado histórico de estos cambios. Se trata de lo que Zygmunt Bauman ha denominado como la modernidad líquida -y más específicamente los tiempos líquidos (2007) -: la incertidumbre, la fragilidad, la inseguridad, la fluidez, la volatilidad, la precariedad del cuerpo y del tejido social. Es una posmodernidad marcada por la desubicación de los parámetros de tiempo y de la disolución de la confianza y la fe en el porvenir y el vértigo del presente: “Vivir, aquí y ahora”. En este contexto, también cabe destacar la desaparición, derivada del proceso de modernización, de los canales tradicionales de transmisión de identidades culturales que habían sido estables y permanentes durante varios siglos, hasta bien entrada la primera mitad del siglo XX.Por otro lado, y como parte del mismo proceso de la fase neoliberal de mundialización, la integración de estados y de naciones en un proyecto global homogeneizadora que ha cuestionado la propia conservación de las identidades nacionales y de los pueblos. Todos estos canales de producción y de referenciación temporales y espaciales, íntimamente internalizados, se han ido perdiendo, y han generado como mínimo una repentina fragmentación de las identidades tradicionales. Además, ante los cambios tecnológicos, las transformaciones de los entornos naturales y urbanos o los nuevos patrones de consumo, no es de extrañar que haya un deseo de otorgar un aura histórica a los objetos y sujetos que, de lo contrario -en la complejidad de sus trayectorias vitales- estarían condenados a ser rechazados por el sistema hegemónico dominante. No sorprende, entonces, que en este contexto emerja “la seducción” por el pasado, la necesidad de hurgar en los pliegues de nuestras identidades, y en el sentido de la conformación cultural de nuestros pueblos originarios (por cierto, no solo en el ámbito latinoamericano; vg. Rodrigo, 2006: 10).b) Las políticas de memoria oficiales durante las dictaduras, las transiciones político-institucionales y las democracias representativas.
    La mayoría de los regímenes autoritarios son básicamente, un proceso de reconfiguración de una memoria colectiva. Este proceso es básico, sobre todo, para construir una legitimidad de origen que no se tiene. Para ello, se apela a la construcción mitológica de la simbología social, a la propaganda oficial, y a la opresión y/o la represión de toda resistencia organizada. Por este motivo, toda su ingeniería logística, ideológica y propagandística intentan no sólo el control político, económico y social de “sus vencidos”, sino, además y sobre todo, el control de la reproducción de una memoria colectiva de legitimación de su ejercicio de poder.

    Este control de la memoria colectiva se desplegará no sólo con la imposición de una “memoria oficial”, sino principalmente con la puesta en marcha de la maquinaria de terror del estado para “vaciar de contenido” y de espacios físicos y simbólicos cualquier rememoración y conmemoración del sistema anteriormente existente. Y todo, con la expresa finalidad de que este silencio y negación sea el olvido de su ilegitimidad de origen. Es lo que Primo Levi conceptualizó como “memoricidio”; el elemento central de la actual configuración jurídico-social del concepto de genocidio y etnocidio cultural. Pero, tal como sostiene Rodrigo respecto del régimen franquista para el caso de las naciones de la península ibérica (2006: 13-14), la instigada por las dictaduras latinoamericanas han sido sin embargo, un memoricidio fracasado, ya que esta memoria oficial empezó a tener grietas incluso antes de la finalización de esos regímenes.

La política de memoria oficial generada para y durante las transiciones hacia democracias representativas en la región se caracterizaron, fundamentalmente, por querer silenciar el pasado, por “mirar hacia un futuro” lleno de concordancia, democracia y progreso. Esta es la tesitura de “Civilización o Barbarie” de Sarmiento y de la “Conquista del desierto” del Roquismo. Pero hay diferencias importantes con los modelos que los ganadores tenían de referencia. Porque los países del norte europeo “transitaron” desde los regímenes totalitarios hacia los parlamentaristas, dando un amplio espacio a las políticas públicas para la memoria -referenciando sus guerras, lugares, simbologías y víctimas-, a fin de estimular la elaboración y la representación social del pasado. En cambio, en las dictaduras latinoamericanas las transiciones político-institucionales excluyeron del imaginario social la realidad vivida por los perseguidos/as de las dictaduras argentinas, incluidas las del siglo XIX.

 

Varias cuestiones han conducido hacia el hecho de que este tipo de “gestión” se consolidara durante las democracias como la memoria delas dictaduras latinoamericanas. Entre otros, el miedo generado por los largos años de agresión y de represión, la especial estrategia de aterramiento social que representa la desaparición forzada de personas, la debilidad de los primeros años de democracia representativa, con partidos políticos debilitados tras décadas de resistencia a diferentes procesos de opresión social, y las amenazas reales a la plena recuperación democrática que se cristalizaron en diferentes alzamientos y proclamas militares cuando ya existían constituidas las autoridades y poderes constitucionales (Di Nella, Yago, 2007: 85 y sig.).

Por otro lado, también reforzaron la consolidación de esta memoria las relaciones de fuerza de cada momento, los frágiles equilibrios que existían y existen, la negociación y la transacción de libertad a cambio de olvido y de impunidad que establecieron los “acuerdos de paz” y los leyes de las políticas indigenistas, los temores de amplios sectores sociales a reproducir las tensiones políticas que anteriormente supusieron la excusa para el inicio de terrorismo de estado,  y sobre todo, una falta sistemática de información popular sobre la realidad y el destino de las personas de los pueblos originarios detenidas-desaparecidas, asesinadas, torturadas y/oreprimidas, durante todo el siglo XIX y XX.
No obstante, a lo largo de este tiempo surgen diversas maneras de plantear las necesidades de hacer presente la memoria social del pasado. A veces serán “reivindicaciones”, otras “devoluciones” o incluso reclamaciones de “recuperaciones” de la memoria y “conocimiento” de la verdad. Todas estas manifestaciones piden un espacio en la memoria colectiva del tiempo presente, para todas las personas excluidas del “pacto fundacional” de legitimidad institucional que supusieron las transiciones hacia las democracias representativas del Estado argentino desde mediados del siglo XIX.

Es, en definitiva, la necesidad de “existir” en este presente, no como “vencidos” ni “desaparecidos” sino como protagonistas de un pasado que tiene la capacidad de dar un lugar físico y simbólico, o sea una identidad social no solo para las personas que se autoidentifican como parte de un pueblo originario, sino para todos y todas en nuestra sociedad.

 

Citas:

Bauman, Zygmunt (2007) Tiempos líquidos; Tusquets Editores: Barcelona.

Di Nella, Yago (2007) Psicología de la dictadura. El experimento argentino psico-militar; Koyatun Editorial: Buenos Aires.

Rodrigo, Javier (2006) “La Guerra Civil: “memoria”, “olvido”, “recuperación” e instrumentación” Hispania Nova. Revista de Historia Contemporánea. Número 6 (2006)  Dossier.