Familia, comunidad indígena y asentamientos populares por ocupación


Por: Dino Di Nella

 

Las familias monoparentales de identidad mapuche puede ser entendida como el grupo de convivencia formado por una persona adulta que ejerce de manera principal los cuidados personales de como mínimo una persona menor de edad civil no emancipada legalmente. Asimismo, se incluye en la definición, a aquella configuración nuclear formada por una persona menor de 18 años y mayor de 12 años, progenitora y responsable principal de la gestión de los cuidados y contención de como mínimo una persona menor de edad civil que sea su hijo/hija. A estos efectos, se considera familia monoparental independientemente de: a) el nivel de ingresos y el patrimonio de los miembros del grupo; b) la percepción o no de pensión alimentaria por parte del/la adulto/a no conviviente; c) la convivencia de la familia monoparental “con otras personas” en el mismo hogar, exceptuando la de una pareja estable de la persona adulta que gestiona la familia. Asimismo, es indiferente la existencia o no de pareja estable (siempre que sea no conviviente) del/la adulto/a responsable principal de la gestión familiar. Respecto a la de identidad mapuche, se asume la autoidentificación de la persona adulta de la familia monoparental.

El análisis y estudio desde las familias monoparentales ha ido evolucionando sostenida pero lentamente, desde los años sesenta hasta finales del siglo XX, principalmente en el mundo anglosajón, si bien en los noventa empieza a ser significativo también en muchos países europeos y en algunos países de América, sobre todo en los análisis sociodemográficos, las políticas públicas y las trayectorias de vida de mujeres que encabezan familias monoparentales. No obstante, es a partir de la primera década del siglo XXI, que este abordaje “desde la monoparentalidad” se ha expandido acelerada e intensamente en casi todos los países del entorno occidental.

Desde esta producción académica, puede afirmarse que la monoparentalidad nos permite visualizar la íntima conexión existente entre el sistema patriarcal, los regímenes de bienestar y su unidad de consumo básica. Pese a la diversidad interna y el abanico de grupos familiares que se encuentran dentro de los grupos de convivencia monoparentales, se ha constatado cualitativamente -y en muchos casos cuantitativamente- en los diversos estudios realizados, que todos estos colectivos familiares conllevan, entre otras consecuencias, tres grandes desafíos y/o retos (independientemente de si los propios grupos son o no conscientes de que los están provocando).

En primer lugar, los grupos familiares monoparentales socavan de raíz el modelo de control social patriarcal tradicional, son transgresores de las normas familiares, y especialmente aquellos que están encabezados por mujeres, retan directamente la familia nuclear burguesa, basada en la división sexual del trabajo, con la que se sustenta la mayoría de las sociedades actuales.

En segundo lugar, las familias monoparentales están desafiando a los regímenes del bienestar y las políticas públicas –y a las políticas sociales en particular-, ya que éstas están mayoritariamente pensadas para familias con un único sustentador/hombre, y basadas en un modelo biparental, heterosexual y patriarcal.

Finalmente, y en tercer lugar, los diversos grupos familiares monoparentales son un reto al modo de producción capitalista, por sus diferentes modelos de división del trabajo y por cuestionar la propia unidad de consumo que presupone la modalidad biparental, tenga o no ésta doble ingreso, y sea o no de distribución simétrica de los roles.

Por su parte, las familias monoparentales en extrema vulnerabilidad social -gestionadas principalmente por mujeres adultas- están retando a los Estados de Bienestar y a las políticas públicas en general, evidenciando las contradicciones de poder conciliar los tiempos personales, de trabajo remunerado y no remunerado y familiar.

Por esto, desestabilizan las bases de la sociedad y su dinámica, obligando a redefinir las relaciones entre Familia y Estado, y entre Familia, Mercado y Comunidad.

Pero además, y muy especialmente, obligan a reconsiderar el rol que las redes sociales y comunitarias entre miembros de identidad predominantemente mapuche ejercen en el bienestar de estos grupos de convivencia y crianza.

De acuerdo a estudios precedentes del equipo de investigación que he dirigido (por ejemplo, en el proyecto de investigación PI-UNRN-40-C-318), podemos conjeturar sólidamente que hay una alta proporción de este tipo de familias monoparentales en los asentamientos por ocupación del territorio, que procuran autogestionarse el efectivo acceso al suelo, la vivienda y el hábitat urbano en Viedma. Más aun, serían las “familias monomarentales” que han integrado comunidades indígenas las que, resignificando antiguas estrategias y sentidos de la ocupación del territorio, se constituirían en sus grupos de crianza y desarrollo predominantes. Especialmente a la hora de permanecer y sostener el asentamiento durante los meses más críticos.

Pero las nociones de familia y comunidad indígena, a la luz de las auto-identificaciones mapuche, no parecen ser guardar mucha congruencia.

Tras varias décadas de políticas indigenistas, las formas de autoidentificación como colectivos de los pueblos originarios ofrecen una gran diversidad, que recién está comenzando a ser sistemáticamente registrada y analizada como parte de dinámicas más interconectadas. Y uno de los efectos de esa diversidad, es que pobladores de procedencia mapuche que usualmente se definían como paisanos o pobladores rurales han empezado a auto-identificarse públicamente como integrantes de “familias” y “comunidades indígenas”. Algunos sospechan que se debería a los beneficios que conlleva, según la forma en que los lenguajes jurídico-políticos habilitados entienden el concepto. Sin embargo, ello no se corresponde con las propias y tradicionales formas de organización en las que se entrecruzan las diversas configuraciones vinculares, territoriales, étnicas, generacionales y de género (referenciadas, en mapudungun, en las nociones del Lof, Lofche y/o Pu Lof, entre otras).

En cualquier caso, es recién a inicios del siglo XXI cuando se han podido detectar en nuestra zona, una serie de cambios, circunstancias y/o hechos específicos, que tomados no aisladamente sino en su conjunto, posiblemente hayan provocado un vuelco en la situación de estas configuraciones vinculares. Con ello se ha incrementado de manera notable su visibilidad y –tal vez- su legitimación social, a la vez que cambiando su realidad y percepción respecto a lo ocurrido anteriormente.

Esta realidad, que está siendo estudiada desde Copolis-Adalquí específicamente para el valle inferior del río Negro, se mantiene aún muy desconocida, especialmente respecto de las políticas de acceso al suelo, la vivienda y el hábitat urbano.

De lo que ya no tenemos dudas, es del trascendente papel que juegan las redes y dinámicas de diversidad familiar y género -relacionadas con catástrofes naturales, procesos de desplazamiento forzoso, nuevos emplazamientos por razones económicas, estrategias de resistencias frente a su criminalización, etc,- en la comprensión de las formas en que se concretan y sostienen los asentamientos por ocupación en Viedma.